La dominicanidad no es mangú, merengue, apellido ni una bandera desempolvada durante las elecciones. También es memoria, gratitud y respeto por quienes abrieron el camino.
En muchos hogares dominicanos ocurre una escena curiosa: el padre trabaja, paga la casa, el internet y la tableta; el hijo pasa horas deslizando un dedo por la pantalla y, después de tres videos y dos consignas, concluye que el atrasado es el padre.
Todavía no sabe quién pagó el WiFi, pero ya tiene una teoría sobre cómo debió vivir el viejo.
Algo parecido ocurre en el Distrito 13 de Nueva York.
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Durante décadas, la comunidad dominicana trabajó, levantó negocios, organizó instituciones y conquistó espacios políticos donde antes apenas nos permitían asomarnos. De esa lucha surgió Adriano Espaillat, primer dominicano estadounidense elegido a la Cámara de Representantes.
Adriano no apareció dentro de una aplicación. Pasó por la Asamblea Estatal, el Senado de Nueva York y llegó al Congreso. No es un santo ni una estatua: se le puede cuestionar, exigir resultados y, llegado el momento, reemplazar. Pero a una trayectoria no se le da delete como si fuera un archivo viejo.
Entonces aparece Darializa Ávila Chevalier: una carajita virtual, de herencia dominicana puesta en contradicción por sus propias ideas, respaldada por Zohran Mamdani y presentada como el gran relevo político.
Chevalier ha realizado trabajo comunitario. El invento consiste en vender ese activismo como preparación automática para el Congreso. Se toma una causa, se agrega juventud, indignación digital y varias consignas, y aparece una candidata supuestamente lista para gobernar.
La política moderna convierte seguidores en currículo y rebeldía en experiencia. Una alquimia fabulosa: se entra activista por una puerta y se sale estadista por la otra.
Cabe preguntarse si esta candidatura nació de una necesidad real del distrito o de la masturbación ideológica de un movimiento demasiado enamorado de su propia rebeldía.
La duda aumenta con sus publicaciones eliminadas. En una de ellas escribió que «ese maldito nacionalismo» era la razón por la cual no colocaba la bandera dominicana en su perfil.
Una cosa es cuestionar el nacionalismo ciego. Otra es tratar la bandera como una vergüenza que debe esconderse para no incomodar a la ideología de turno.
Si la bandera dominicana no cabe en su perfil, ¿cómo pretende que la comunidad dominicana quepa en su proyecto?
Ser hija de dominicanos no basta. La sangre explica de dónde venimos, pero no demuestra qué respetamos.
Mamdani debería comprenderlo. Adriano lo respaldó cuando aspiraba a dirigir Nueva York y ahora él apoya a quien pretende sacarlo del Congreso.
La política no exige gratitud eterna. Pero entre la independencia y la amnesia todavía existe una distancia llamada decencia.
Su respaldo a Chevalier es una desconsideración hacia la comunidad dominicana y una humillación simbólica a décadas de lucha, participación y conquistas en Nueva York. Nuestra comunidad existía antes de su ascenso y abrió caminos antes de que él descubriera que podía recorrerlos.
Mamdani ha confundido popularidad reciente con autoridad histórica. Parece creer que puede utilizar el Distrito 13 como laboratorio, a Chevalier como muestra y a los dominicanos como ratones electorales.
Lo ha hecho y, a la vez, está cometiendo su primera gran estupidez política.
Esa arrogancia recuerda lo que sucede en algunas familias: hijos que heredaron la casa, cambiaron los muebles y ahora quieren expulsar a quienes colocaron los bloques.
Chevalier no es responsable de toda esa fractura generacional, pero su candidatura la representa: reclamar una herencia sin demostrar que se comprende, utilizar el origen como credencial y borrar la memoria cuando estorba en el perfil.
Adriano, por moderno que sea, no sabe enrolar como Chevalier. Ella es un viaje de consignas, agravios, contradicciones y humo político.
El problema es que en el Congreso uno no se pone high: legisla, negocia y responde.
Adriano ha demostrado experiencia, resultados, vínculos y decencia suficientes para continuar. Chevalier debe demostrar que detrás del empaque de carajita insurgente existe una congresista y no solamente el producto experimental de una corriente política.
La comunidad dominicana acepta el relevo. Lo que no tiene obligación de aceptar es la hipocresía, la improvisación disfrazada de futuro ni la humillación vendida como progreso.
La sangre se hereda, pero el privilegio de utilizar nuestro gentilicio se conquista.
Y para quienes nos toman por ilusos, nuestra memoria siempre cuestionará quién pagó la tableta, quién abrió el camino y por qué la bandera dominicana no cabe en su perfil.
EN ESTA NOTA
Rafael Corporán Quezada
Rafael Corporán Quezada es un distinguido profesional con más de 20 años de trayectoria en el ámbito de las comunicaciones y marketing. Destacado por sus habilidades estratégicas, capacidad de negociación, liderazgo efectivo y excelencia en comunicación corporativa. Su carrera se ha desarrollado en una variedad de sectores, tanto a nivel local como internacional, donde ha sido galardonado por sus contribuciones innovadoras y soluciones creativas.
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