En este 2026, los obstáculos que lastran la nacionalidad haitiana nada tienen que ver con un pretendido racismo sistémico o una mítica aversión del «Occidente blanco» hacia el pueblo negro de Haití. No hacen falta títulos prestigiosos ni análisis interminables para comprender por qué el titular de un pasaporte haitiano es tratado con tal suspicacia en las aduanas. Pero jamás olvidaré la atención, la cortesía y aquella taza de café del embajador dominicano José del Carmen Acosta, que me abrió las puertas de la embajada y de los servicios consulares un sábado por la tarde. Sucedió hacia finales de los años ochenta.
A finales del verano de 1990, de regreso de La Habana, me encontraba en el aeropuerto de Las Américas. Por puro azar, mi compañera de entonces había deslizado su pasaporte cubano en el bolsillo de mi guayabera, ocultando el mío. Para el resto del viaje hacia Puerto Príncipe, ella utilizaría su pasaporte español. Antes del embarque, un empleado de la aerolínea solicitó cortésmente a todos los pasajeros haitianos que le entregaran sus documentos. Al tomarme por cubano, no me interpeló. Supe más tarde que aquella «medida de prudencia» buscaba evitar que ciertos nacionales haitianos permanecieran clandestinamente a bordo del aparato para intentar llegar a Miami sin visado.
Ya en 1990 —mucho antes de la era de la «diplomacia de los negocios» del régimen de Martelly (2011-2016)— nuestras estructuras diplomáticas se desviaban de los estándares internacionales. Desde la caída de los Duvalier en 1986 y el ascenso de gobiernos de dudosa integridad, Haití parece haber roto con las normas. Hoy, para el ciudadano común, viajar con un pasaporte haitiano exige tanto de vigilancia como de resiliencia.
Es cierto que Haití no es todavía un Estado patrocinador del terrorismo, pero la amenaza criminal y el poder de las bandas son tales que cualquier control migratorio serio debe auditar cada pasaporte haitiano. Mis idilios con diversas naciones de la región fluyen con ritmos desiguales, marcados por una familiaridad que se revitaliza tras más de medio siglo de historia compartida. Sin embargo, bajo esos mismos cielos, como en cualquier otra latitud, uno aprende a ser cauto; prefiero ahorrarme sobresaltos con el documento de identidad de un Estado que, sencillamente, se desmorona. Es el drama de habitar geografías donde el afecto por la tierra choca frontalmente con el colapso de sus instituciones, obligando al viajero a mirar con recelo incluso aquello que le es más querido.
Que un país esté catastróficamente representado en el exterior es un drama; el otro drama son los problemas conocidos por todos, incluyendo la dudosa fiabilidad de los documentos emitidos por sus autoridades. A lo largo de esta última década, he aprendido a evitar invitaciones, a esquivarlas y a saber explicar a mis amigos más cercanos los motivos de mi ausencia.
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