Encontrar al profesor Guerrero era tarea fácil, pues su habitad natural eran las aulas y los tribunales. Así, el discurrir de sus días se centraba, de manera casi invariable, en esas tres nobles tareas: estudiar, trabajar y enseñar. Especialmente enseñar.
Juan Manuel, contaba con un don admirable para transmitir sus ideas mediante una metodología que combinaba ciencia, paciencia, sencillez y genialidad, algunas de las muchas razones por las que sus alumnos le adoraban. Su capacidad para condensar cátedras enteras y bibliotecas completas en ejemplos concretos, así como en jocosas anécdotas e ideas críticas, daba cuenta, tanto de su vasto conocimiento cultural como de su dilatado acervo en la ciencia del Derecho.
Guerrero, quien durante un tiempo se desempeñó como juez en materia laboral, continuaba impartiendo justicia aun sin vestir birrete morado. Recuerdo que solía decir que el Derecho, al no ser una ciencia exacta, era a la vez sencillo, pero potencialmente peligroso, pues daba margen a que cualquiera manipulase el concepto de justicia y su aplicación a los casos concretos, circunstancia que le preocupaba profundamente. Por esa razón —sospecho — se empeñaba con tanto rigor en estudiar y promover incansablemente la formación de todos: para evitar a toda costa actuar sin conocimiento y, sobre todo, porque era especialmente sensible a los dilemas sociales y los conflictos entre los particulares y el Estado. Probablemente temía fallar por no intentar conocer lo suficiente para actuar conforme el auténtico Derecho.
Prueba de ello era su modo de abordar la academia. En las ocasiones en que coincidimos como evaluadores de tesis de grado en la carrera de Derecho de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), no se limitaba a evaluar el problema jurídico planteado por el alumno, sino que también exploraba el trabajo desde interrogantes filosóficas, indagando más allá del texto, en el ser humano que había escrito. Esto le permitía brindar observaciones sofisticadas y profundamente humanistas, sustentadas sólidamente en la doctrina así como decidir con una sabiduría que bien puede calificarse como salomónica.
Quienes le conocieron, saben que sugería y obsequiaba libros, era desprendido. Compartía ensayos si le recordaban a un tema de interés académico ajeno y disfrutaba a la vez de la buena conversación, en la que citaba con precisión a los autores que recordaba con prodigiosa memoria, completando sus ideas con reflexiones propias, siempre brillantes. Gustaba de compartir con sus alumnos y amigos, era auténtico y sin poses. Fue mi profesor en varias materias y uno de esos maestros gracias a los cuales se aprender a amar el Derecho Público, en particular el Derecho Administrativo. Tenerlo como asesor jurídico era un privilegio; disponer de sus consejos, una bendición.
Higüeyano de creencias firmes y particulares, hombre de familia, buen amigo, noble y carismático, abogado “todoterreno”, fue por encima de todo, maestro. Te despedimos en un día en que tu partida nos ha sorprendido, coincidente con la conmemoración de la Virgen de la Altagracia, tan ligada a tu pueblo y a tus raíces que nunca olvidabas. Esa coincidencia no deja de ser particular, mística, simbólica y especial, como lo eras tú.
Has sido tendencia a nivel nacional en las redes sociales, algo que, conociendo tu humildad, te sorprendería, jamás habrías imaginado cosa igual. Pero dejaste huellas en tantas personas que, recordarte es naturalmente lo propio y lo merecido. Y aunque nos embarga la tristeza por tu partida, la alegría, la bondad y el don de servicio fueron siempre tu bandera; por ello, te extrañaremos siempre.
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