El derrumbe de la discoteca Jet Set y las más de 230 muertes no pueden explicarse sin incluir, al menos, la desidia y la negligencia. Ninguna persona común y corriente esperaría años viendo cómo cada día el techo de su inmueble se desmorona, aduciendo que “es polvo de los plafones”, deseando luego la indulgencia de la sociedad.
Ninguna persona podría alegar que la inocencia se puede concluir de “no haber deseado que pasara” e, incluso, de la hipótesis de “yo mismo podría haber estado ahí”. La inmensa mayoría de las 1,994 personas muertas en accidentes de tránsito en República Dominicana en 2025 no falleció en crímenes intencionales e, incluso, los causantes de muchas de esas muertes perdieron la vida, y no por eso dejan de ser responsables.
Lejos de una tragedia o desastre inesperado, la singularidad del caso Jet Set es hasta dónde puede llegar la relación nociva entre negocios, poder y desprecio por la vida en República Dominicana. Eso es lo que logró retratar el poeta nacional Pedro Mir en su obra “Hay un país en el mundo” cuando sentenció: “Un dólar! He aquí el resultado. Un borbotón de sangre. Silenciosa, terminante. Sangre herida en el viento. Sangre en el efectivo producto de amargura. Este es un país que no merece el nombre de país. Sino de tumba, féretro, hueco o sepultura”.
El poema de Mir fue publicado en 1949, hace 77 años, y el acierto al captar esta forma de golpear la muerte en República Dominicana, vigente hoy, no fue capacidad de adivino, sino poder captar la esencia del dominio de los ingenios sobre las familias campesinas en las tierras azucareras, y el régimen de abuso, represión y desprecio por la dignidad humana que impuso Trujillo para lograr hacer del país un negocio a escala nacional. Un país que funciona como “sepultura”.
¿Acaso no es aquello lo mismo que hacen valer las empresas mineras que han explotado las tierras y ríos de Cotuí y han buscado hacer en Loma Miranda y ahora en la Cordillera Septentrional?
¿Acaso no es lo que se ha hecho en SENASA al convertir los recursos para la salud y la vida de las personas “sin apellido” en medios de enriquecimiento?
¿No es lo que está detrás de dejar en el abandono a quienes necesitan tratamientos de alto costo y que su vida dependa de la suerte en encontrar caridad; dejar morir a personas por no poder asegurar un pago; normalizar 1,819 muertes infantiles en 2025 que, en su mayoría, son de las familias pobres en los hospitales públicos?
¿Qué tiene de distinto con lo que hicieron las ARS privadas a inicios de 2021, cuando amenazaron con dejar sin cobertura a los pacientes de COVID-19 si no se les garantizaba el pago por parte del Estado?
El caso de Jet Set es la exaltación del principio que Pedro Mir retrató: el “dólar”, la más insignificante ganancia económica, evitar el menor de los costos, es superior a proteger y defender la vida humana, haciendo del país “una tumba”. Y que el poder está para asegurar que esa “ley” no será cuestionada, prevaleciendo siempre el más fuerte.
El proceso judicial en este caso tiene relevancia histórica. Para sus familias y sus seres queridos. Para todos los dañados y afectados. Y para una nación que debe dejar de ser “un hueco”, y que la vida valga más que un techo, que el poder, que el dólar.
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