A cinco años del inicio de la llamada operación especial, calificada así por la Federación Rusa, he podido construir algunos análisis, persiguiendo sistemáticamente la evolución de esa confrontación, que más bien se comporta como una guerra focalizada, con repercusiones que desbordan sus fronteras.

Lo que comenzó como un interés de la OTAN por expandir su influencia hasta el borde de los límites de la seguridad de Rusia, que había advertido que no acercaran sus armas y soldados al espacio territorial de seguridad y supervivencia de su integridad y soberanía. Vladímir Putin, con firmeza, se lo comunicó en repetidas ocasiones a los adversarios de la OTAN, quienes no hicieron caso a los dictámenes de Rusia y, con Ucrania como proxy, plantaron sitios más allá del río Dniéper.

De conformidad con los procesos que ya se habían gestado históricamente, cuando Rusia era la Unión Soviética, que asumió su forma con la gran Revolución bolchevique de 1917, consolidando su estatus en la Segunda Guerra Mundial, convirtió, con sus tanques y armas de modelos soviéticos, a Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Albania y Hungría en países de su órbita; prácticamente, la mitad de Europa estuvo bajo el modelo comunista. Con esos países se configuró el Pacto de Varsovia frente a la OTAN. Esta estructura político-militar servía estratégicamente para detener cualquier avance, como mecanismo de disuasión frente a Estados Unidos y Europa occidental, lo que devino en la llamada Guerra Fría. Durante esta guerra hubo algunas escaramuzas entre ambas organizaciones; se amenazaban ocasionalmente, blandiendo las armas nucleares que poseían, sin usarlas, porque esas ojivas nucleares simbolizaban, más bien, la disuasión, dado que su empleo produciría una inevitable catástrofe de dimensión global: todos perderían y se autodestruirían.

Cuando emergió el desgaste del modelo comunista soviético, entre 1989 y 1991, se produjo inevitablemente una catástrofe o colapso que transformó todo el mapa geográfico de Europa. En ese contexto de transición y de tensa y obligada transformación, Estados Unidos, los países europeos antes sometidos y el presidente de la entonces Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, se comprometieron a respetar las fronteras soberanas de la emergente Federación Rusa y a eliminar la OTAN, en vista de que desaparecía el Pacto de Varsovia. Cuestión que no cumplieron los países de Occidente, con la idea de que debían aprovechar esa oportunidad, partiendo de la convicción de la inminente debilidad de la Federación Rusa. Expertos y analistas occidentales abrigaron el supuesto de que era la ocasión para conspirar e impulsar estratagemas orientadas a la desintegración del monstruo geográfico y apoderarse de su inmensa riqueza.

Pasemos a los términos geopolíticos actuales, que tuvieron entre sus principales exponentes a generales, estrategas y geopolíticos, muchos de ellos académicos y escritores retirados del estamento militar, tales como Henry Kissinger, Carl Ritter, F. Ratzel, Rudolf Kjellén, K. Haushofer, Halford Mackinder y Zbigniew Brzezinski. Este último, en su clásica obra El gran tablero mundial, advirtió a Estados Unidos, su país, aunque de origen polaco, que evitara estrategias que permitieran facilitar un acercamiento entre la República Popular China y la Federación Rusa. Tema al que hicieron caso omiso los países occidentales y la OTAN.

Hoy se intensifica el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. Desde luego, la gestación del grave conflicto se inició con la estrecha colaboración de la Unión Europea y Estados Unidos, a través de su brazo militar, la OTAN, cuya presencia amenazante en Ucrania incluyó la entrega de miles de millones de euros y armas sofisticadas a ese país hermano eslavo de la propia Rusia. Todo partió del golpe de Estado en Maidán, en 2014, contra un gobierno elegido democráticamente y de tendencia prorrusa, causa inicial del malestar que generó la reacción rusa.

Aquellos acontecimientos siguieron su curso y desembocaron en la intervención de Rusia en febrero de 2022, con el argumento de garantizar su seguridad existencial y la integridad territorial de su patria, cuando la OTAN ya estaba formalmente involucrada en el conflicto. Hoy día, la guerra regional focalizada constituye un auténtico enfrentamiento hostil entre la OTAN y la Federación Rusa. La OTAN aviva la guerra al desconocer los acuerdos alcanzados en Minsk, Bielorrusia, que fueron desatendidos por el ex primer ministro británico Boris Johnson, quien, en representación de la Unión Europea, habría abrigado la falsa perspectiva de que podían vencer a Rusia y apoderarse de sus territorios y de sus riquezas de petróleo, gas y tierras raras.

Al parecer, algunos expertos y geopolíticos occidentales entendían que había llegado la oportunidad estratégica de desintegrar el territorio ruso, replicando el modelo yugoslavo tras la desaparición del mariscal Tito. Los acontecimientos posteriores, hasta el presente, sitúan la guerra en un punto de inflexión que deja en una posición humillante a la Unión Europea, que no encuentra una estrategia válida para una salida honrosa del conflicto y, en consecuencia, ve acercarse la victoria rusa.

Así, el estado actual del proceso bélico apunta a un inminente acuerdo en el que Estados Unidos y Ucrania reconocerían los territorios de Lugansk, Donetsk y Járkov, y asegurarían su posición en el mar Negro con Odesa, con cierta complacencia del presidente Donald Trump, en esta etapa de graves problemas económicos provocados durante más de cuatro años de conflictos y de una virtual hostilidad de intereses con la Unión Europea.

Al punto de que presenciamos un acuerdo a las puertas del fin de la guerra, que deja mal parada a la Unión Europea, da la victoria a Rusia en su llamada operación especial y orienta al mundo hacia una imposición estratégica geopolítica multipolar y una acentuación del multilateralismo. Se trata de una transición que produce una ruptura del viejo orden hacia la conquista de un nuevo paradigma, marcado por un equilibrio de poder global entre la República Popular China, Rusia y Estados Unidos, con Irán como potencia intermedia.

Nolberto Luis Soto

Profesor

Embajador acreditado en Panamá, 86-87. Embajador acreditado en Ecuador, 2000-2002. Diputado al Parlacen, Director Gral. Biblioteca Nacional. Rector Uteco (Universidad de Cotuí). Vicedecano Facultad de Humanidades,UASD, Prof. Meritísimo UASD. Lic. en Filosofía y Letras, Posgrado en Diplomacia y Relaciones Internacionales, Maestría en Epistemología y Metodología (UNAM), México. Estudios Doctorales en Intervención Social, Universidad Oviedo, España. Escritor.

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