El ser de la Iglesia es un Misterio. Es decir, lógicamente se entiende, pero no comprendemos el cómo de su identidad, de su ser. Sabemos que es fundada por Jesús. Sabemos que es continuadora universal de la obra de salvación de Jesús. Sabemos que Jesús es la cabeza y que el Nosotros es el cuerpo. Sabemos que la debilidad solidaria y la fuerza de Dios son los recursos para vivir en misión salvadora. Sabemos que el Espíritu Santo es su acompañante animador y defensor, así lo dijo Jesús a los apóstoles (Jn 14, 15-17): «Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ustedes…»

Pero… ¡Es verdad! Somos quienes somos y no estamos conscientes del poder que tenemos, y buscamos apoyarnos en recursos que, a nuestros ojos, creemos que son más efectivos que aquel a quien tenemos por donación: «…para que esté siempre con ustedes», sí, con Nosotros…

Y Nosotros nos ilusionamos con el internet, con Zoom, Google, Twitter, WhatsApp…, las redes sociales, y con vivir en la seguridad económica. Sin embargo, descuidamos el Espíritu de Verdad que está a nuestra disposición, porque el Yo reclama seguridad y quiere ponerse en primer lugar: «yo primero y el otro después».

La incoherencia nos lleva a construir estructuras de servicio al empobrecido que no responden a lo que Jesús nos dijo. El Yo nos hace incoherentes y nos impone un estilo de vida apoyado en exigencias modernas y posmodernas que desfiguran nuestra misión e identidad.

Sacramento Universal de Salvación. Lo primero que tenemos que clarificar en nuestra mente es: ¿cómo vamos a formar y mantener las nuevas vocaciones si no nos entendemos nosotros mismos?

Porque nos ofusca lo siguiente: ¡Necesitamos personal y recursos!

¿Quién le pagó la formación a Íñigo de Loyola? ¿Quién pagó la formación de los cofundadores de la Compañía de Jesús? Y así cualquier otro fundador o fundadora… Todos y todas, fundadores y fundadoras, captan personas adultas formadas con los recursos de sus familiares o autoganados; y la formación propia del carisma comunitario se adquiere en el servicio solidario generado por fidelidad creativa al valor originario personal o al carisma institucional fundante del Nosotros. En este sentido, lo que necesitamos es calidad en el personal, no cantidad.

¿Y la sostenibilidad personal y comunitaria? La Providencia sabe cómo actuar en esos casos… Además, para la educación del pueblo existe el Estado de derechos. Estamos en el siglo XXI.

¿Y la seguridad personal en la tercera edad? El Estado de derechos tiene instituciones para esos servicios subvencionados con los recursos del pueblo…

Tenemos que hacernos conscientes —cada persona e institución— de cuál es su responsabilidad. Hoy, en el siglo XXI, tenemos que comenzar por nosotros mismos a cumplir con nuestra responsabilidad de evangelizadores y renunciar a la seguridad en que vivimos…

En la actualidad, en la Iglesia católica y la Vida Consagrada, hemos venido lavándoles la cara a los gobiernos ofreciéndoles a la población servicios que corresponden al Estado de derechos. ¿Quién debe ofrecer a la población vulnerable esos servicios básicos que ofrecemos las personas de Vida Consagrada? Los servicios que necesita la población vulnerable deben pagarse con los millones que se roban los políticos.

En parte, en la subsidiariedad de las iglesias está la raíz de la corrupción e impunidad de la oficialidad, porque lo que se debe emplear en servicios a la población se lo roban los funcionarios del Estado de derechos sin que se les exija cuentas… Nos hemos acostumbrado a la corrupción. La hemos hecho cultural, por un lado; y por otro, el «Nosotros», la Vida Consagrada, viviendo de un servicio financiado por quienes pueden pagar o de un subsidio del gobierno, somos cómplices de la corrupción, la impunidad y el empobrecimiento estructural, porque los legitimamos con nuestro silencio…

Hablar de «Sacramento Universal de Salvación» tiene sus exigencias, y más aún vivirlo, porque el sujeto eclesial —sea cual sea: evangelizador, docente o administrador, laico, religioso/a, jerarquía…— tiene un perfil muy específico que tenemos que saber calibrar, porque fácilmente podemos confundir al evangelizador con un profesional de la enseñanza o un administrador eficiente; asumidos como tales no están mal, pero no equivalen a «Sacramento Universal de Salvación»… (Cfr.: «Raíz de la Comunidad Apostólica», P. Regino Martínez, sj.).

Si aplicamos lo dicho anteriormente a la Vida Consagrada de hoy, tendríamos que iniciar un proceso tal como el que seguimos para llegar a la situación de seguridad que disfrutamos hoy. El proceso a seguir es cuestión de generaciones porque incluye «conversión personal»; pero tenemos que iniciarlo en algún presente. No podemos continuar relegando o delegando en otros la responsabilidad del inicio. El servicio solidario y el servicio financiado son visiblemente diferenciados; cada uno tiene su meta bien definida, como hemos reflexionado.

Ser Sacramento Universal de Salvación tiene sus riquezas, pero también tiene sus exigencias.

¿Que en nosotros hay limitaciones humanas? Cierto; pero esas limitaciones no impiden que iniciemos el proceso adecuado para mantener la fidelidad creativa al valor originario personal e institucional y la libertad radical de la entrega que nos exigen los consejos evangélicos.

A nosotros corresponde hacer posible que la Iglesia sea Sacramento Universal de Salvación. Así florecerá la Comunidad Apostólica y Profética…

Ni lamentándonos, ni acusando, ni llorando, ni asegurándonos la vida…, vamos a cambiar, sino haciendo lo que está a nuestro alcance. Siendo fieles y creativos en la debilidad solidaria, con la fuerza de Dios, es como recuperaremos y daremos Vida Nueva a nuestra misión: «Sacramento Universal de Salvación», aquí y ahora, personal e institucionalmente.

Las vocaciones continuadoras de esta misión universal aparecerán porque eso depende de Dios. Él es quien llama e invita… Jesús realiza la voluntad del Padre, por el Espíritu Santo, mediante la Iglesia, para toda la humanidad. La Providencia de Dios es parte de nuestro cómo vivir siendo Sacramento de Salvación.

Iglesia, Sacramento Universal de Salvación. Sacramento es una acción, no un concepto; una acción que salva a toda la humanidad. La salvación trasciende el género y el estatus social…, y todo lo que pueda diferenciar a las personas…

Ser Sacramento Universal de Salvación exige de nosotros coherencia personal y comunitaria. Nos exige trascender el Yo para hacer realidad el Nosotros, teniendo a Cristo como cabeza y al Espíritu Defensor como acompañante. Aquí está el cómo de ser «sacramento de salvación», de ser Iglesia.

Regino Martínez S.J.

Sacerdote

El sacerdote Regino Martínez es el coordinador del Servicio Jesuita para los Migrantes Refugiados en Dajabón.

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