Le conocí en el año 2018, al poco tiempo de asumir la dirección de la Escuela de Historia y Crítica de Arte de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Me lo presentó mi amigo, el escritor y profesor universitario Odalís Pérez. Me habló de un amigo suyo empresario que tenía un hijo artista visual muy bueno y que estaba interesado en promover proyectos de cooperación mutua con la Facultad de Artes. Así nació una relación de amistad sincera y colaborativa de ocho buenos años que la muerte se encargaría de interrumpir.
Desde el momento de conocerle el ingeniero Hugo Francisco Suriel Vargas se convirtió en amigo personal y colaborador de la escuela y la facultad. Pasó a ser un asiduo asistente a los distintos eventos y actividades que allí celebrábamos, apoyando de varias maneras los simposios anuales de las distintas escuelas -los de historia y crítica de arte, los de artes visuales, los de cine y medios alternativos, los de artes escénicas-, y de manera especial aquellas memorables “Tardes de la crítica”, el evento de extensión cultural que fundé en octubre de 2018, a inicios de mi gestión al frente de la escuela, y que casi llega al medio centenar de ediciones.
La suya era una presencia habitual y entusiasta. Recuerdo sus gratas visitas a las oficinas de la facultad, en el octavo piso del Edificio Administrativo de la UASD, en particular las visitas que me hizo en diferentes momentos de mis funciones mutua, primero como director de escuela y luego como vicedecano. Entraba y se quedaba parado en la puerta, mirándote con su sonrisa luminosa y su mirada pícara como diciéndote “¿a qué no sabes lo que te traje?”, siempre vestido con su camisa blanca; luego avanzaba hacia ti para darte un fuerte abrazo, armado de su sonrisa amable. Te hablaba con su voz ronca y bajita, y te contaba de lo nuevo que traía (siempre traía algo nuevo), de los proyectos futuros, de las colaboraciones mutuas, de las exposiciones del “artista” (así le llamábamos a su hijo HRSuriel), y a uno le resultaba imposible no dejarse contagiar de su entusiasmo y su alegría de vivir y sus ganas de hacer cosas.
Son numerosos los eventos compartidos por ambos, algunos nuestros, otros suyos, en distintos espacios institucionales -la UASD, la Biblioteca Nacional, el Museo de Arte Moderno, la Galería Nacional de Bellas Artes: exposiciones, puestas en circulación de libros, proyecciones con video-fórum, coloquios, conversatorios. Nos apoyábamos mutuamente: nosotros a él como autoridades académicas y él a nosotros como gestor-mecenas. Era una verdadera alianza estratégica.
En abril de 2019, con los auspicios de investigación y diagramación del Banco Popular Dominicano, presentó un nuevo proyecto editorial: la revista Artelia, una publicación de arte, literatura y cultura que el historiador y crítico de arte Danilo De los Santos concibiera y dejara pendiente antes de fallecer, en julio de 2018. La revista se imprimió en la editora Amigo del Hogar y la Escuela de Crítica e Historia del Arte tuvo el honor de presentarla al público en el auditorio Manuel del Cabral de la Biblioteca Central de la UASD, hoy llamada Biblioteca Pedro Mir. Curiosamente, el ingeniero Suriel había sido el constructor de esa moderna edificación. Dados los frecuentes errores de atribución que circulaban en el ciberespacio y para dejar claro de una vez por todas la verdad sobre la autoría de ese proyecto de ingeniería civil, un año antes del evento de la revista Artelia había publicado un libro titulado Biblioteca Central de la UASD. La verdadera historia y real historia de su construcción, prologado por Odalís Pérez.
A Hugo Suriel se le conoció en vida en el mundo de los negocios como empresario constructor, gerente de la firma Constructora del Sur (CONSUR). Sin embargo, hay una faceta de su personalidad mucho menos conocida: la de gestor cultural y mecenas. Porque en vida lo fue y de manera muy personal. Lejos de las definiciones tradicionales, ejerció de forma innovadora la gestión y el mecenazgo cultural, sin necesitar permisos institucionales, sin reconocimientos oficiales, sin que su nombre sonara o saliera a la luz pública. Le respetábamos por su natural sencillez y su discreta modestia. Cuando nos colaboraba en algún proyecto o alguna iniciativa, nos pedía que no le mencionáramos en público. Era así: un ser generoso y noble, alejado de la publicidad y del ruido mediático, un mecenas anónimo, dispuesto siempre a apoyar y promover lo mejor del arte y la cultura nacional, a menudo en alianza con la academia. De ahí que me atreva a decirlo: en la historia cultural dominicana de las últimas décadas, Hugo Suriel pertenece por derecho propio a la categoría de los más relevantes gestores-mecenas. Y me atrevo aún más: sin saberlo, sin pretenderlo, con su estilo original y novedoso de hacer las cosas, inauguró en nuestro medio cultural un nuevo modelo de gestión y mecenazgo acorde con los tiempos que vivimos.
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