Dentro de un vehículo, una niña de seis años aguarda atrapada, rodeada de los cadáveres de sus familiares. Asustada, se comunica con una central de asistencia humanitaria para pedir socorro, mientras a su alrededor se escuchan disparos y un tanque militar se dirige hacia ella. Durante horas, los operarios intentan coordinar el salvamento, pero como se trata de una zona militarizada, se requiere de una compleja red de interacciones y permisos hasta que, finalmente, una ambulancia pueda acudir al rescate sin ser atacada.
Luego de un desgastante proceso psicológico, los integrantes de la unidad de asistencia reciben el permiso para que la ambulancia tome la corta ruta donde se encuentra la niña. Al llegar frente al auto, las voces de los paramédicos se pierden en las líneas de comunicación. Tampoco se escucha la voz de la niña. Durante dos semanas no se sabe nada de su destino hasta que, finalmente, se descubre que han sido asesinados por una ráfaga de más de 300 disparos, a pesar de que los asesinos sabían que atacaban civiles.
Ojalá fuera la sinopsis de una ficción, pero es la síntesis de una historia macabra que constituye tan solo una nota en el concierto de la crueldad política de nuestro tiempo. La niña asesinada, Hind Rajab, murió el 29 de enero de 2024 en la ciudad de Gaza. Su historia fue contada por la directora tunecina Kaouther Ben Hania en la producción cinematográfica franco tunecina titulada La voz de Hind Rajab, ganadora del premio León de Plata del Gran Premio del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Venecia y nominada al Oscar a mejor película en lengua no inglesa del 2026.
El guion, responsabilidad de la misma directora, se nutre de las declaraciones de testigos, así como de la voz real de la niña, grabada a través de las llamadas telefónicas que Hind Rajab realizó a la central en Gaza de la Media Luna Roja Palestina, una organización humanitaria de asistencia médica integrante del Movimiento Internacional de la Cruz Roja.
Kaouther Ben Hania logra transmitirnos el clima de violencia psicológica, política y física sufrido por las víctimas sin necesidad de mostrarnos ninguna escena de violencia militar explícita. A través del encuadre de los rostros, vemos el deterioro físico y psicológico de los que deben mantener la calma. (Como muestra de ello, el proceso de cómo el impecable rostro maquillado de la actriz principal, Saja Kilani, se va desdibujando de manera paulatina mientras avanza su angustia y desesperación por no poder ayudar a Hind Rajab).
Ante la ausencia de la violencia explícita, las interpretaciones de todo el reparto encabezado por Saja Kilani y acompañada por: Motaz Malhees, Amer Hlehel y Clara Khoury expresan todos los registros necesarios para transmitir la ira, el miedo, la angustia y todas las emociones que constituyen la atmósfera deshumanizante de la guerra. Estas actuaciones son reforzadas por la banda sonora de Amine Bouhafa que, al incorporar audios reales de la tragedia, dan un matiz de autenticidad y expresividad que articula el trabajo artístico de todo el elenco.
Al mismo tiempo, la directora nos lleva a ser testigos de los abismos emocionales generados por las situaciones límite: esos momentos en que toda elección puede implicar la condena de cualquiera, donde los protocolos sirven de escudo para proteger de las posibles implicaciones negativas de una decisión compasiva, pero antirreglamentaria, donde la confianza queda socavada lacerando las relaciones de amistad, y donde la herida sufrida por una niña se convierte en un agravio a la humanidad y una denuncia contra los poderes fácticos de este mundo.
“El cine puede preservar la memoria, puede resistir la amnesia”, sentenció en una entrevista la directora Kaouther Ben Hania. La voz de Hind Rajab logra con creces este propósito, erigiéndose en un documento audiovisual que preserva una memoria de la crueldad.
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