Esa frase sintetiza doscientos años de improvisación de los gobiernos en América Latina en la administración de la cosa pública y la búsqueda de soluciones a los problemas de nuestras sociedades.
Hace cien años escribía Pedro Henríquez Ureña en el ensayo “El descontento y la promesa” (La Nación, Buenos Aires, 29 de agosto de 1926) esta frase lapidaria:
"Haré grandes cosas: lo que son no lo sé." Las palabras del rey loco son el mote que inscribimos, desde hace cien años, en nuestras banderas de revolución espiritual.
¿Venceremos el descontento que provoca tantas rebeliones sucesivas? ¿Cumpliremos la ambiciosa promesa?
Apenas salimos de la espesa nube colonial al sol quemante de la independencia, sacudimos el espíritu de timidez y declaramos señorío sobre el futuro.
Mundo virgen, libertad recién nacida, repúblicas en fermento, ardorosamente consagradas a la inmortal utopía: aquí habían de crearse nuevas artes, poesía nueva. Nuestras tierras, nuestra vida libre, pedían su expresión.
Han pasado, entonces, 200 años del fin de la independencia formal de los países de América Latina y todavía no sabemos qué hacer con nuestras repúblicas.
Cada cuatro años, luego de que la democracia formal haya sido instituida en la mayoría de los países, nuevos equipos gobernantes toman las riendas de la administración de la cosa pública repitiendo la fórmula de aquel rey loco de Pedro Henríquez Ureña:
"Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Cada presidente de la República llega al poder cargado de promesas y preguntándose qué hará.
Y los ministros y los directores generales de las instituciones repiten en coro: qué haremos.
Y cada uno da por hecho que su capricho e improvisación es lo mejor para el país.
Hoy, una reforma aquí, un método de lectura allá, un programa de enseñanza del inglés desde primaria más allá, una receta para enfrentarse al desafío de la IA por acá, del uso de los celulares por los estudiantes en las escuelas por ahí, qué hacer con los motoristas y el feminicidio, acullá… y quién sabe más, dónde y cómo más…
Ese es el gran síndrome de nuestros países desde hace doscientos años. Ese mal se acrecienta cada día con tantos aspirantes a presidentes de la República y funcionarios sin vocación ni formación.
¿Qué harán una vez en el poder? Lo mismo que han hecho hasta ahora todos los presidentes. Solo acertarán a pronunciar:
"Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Entonces, si queremos saber la verdadera causa de nuestros males, no vayamos más lejos: está en el síndrome que, como la maldición de Colón, encierra la expresión de Pedro Henríquez Ureña: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Si no lo creen, pregunte:
Al ministro de Educación acerca de la educación de los dominicanos al asumir el cargo: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Al ministro de Cultura acerca de la cultura dominicana: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Al ministro de la Juventud acerca de la juventud dominicana: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Al ministro de Hacienda sobre la economía del país: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Al ministro de Salud acerca de la salud de la gente: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
A la ministra de la Mujer con respecto a nuestras mujeres y, particularmente, a los feminicidios: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
A la ministra de Interior y Policía sobre la seguridad de las calles y los barrios del país: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Así llegan todos los funcionarios a sus respectivos cargos. A la dirección de la Policía, de Intrant, de Edesur, de Edeeste, de Edenorte, de Inposdom, de Indotel…
Todos parecen haber leído el pensamiento del rey loco:
"Haré grandes cosas: lo que son no lo sé."
Y asimismo sucede con la Feria del Libro, las escuelas de Bellas Artes, los museos y las Casas de la Cultura en cada administración que instala su tienda en la Plaza de la Cultura:
"Haré grandes cosas: lo que son no lo sé".
Nota: El “hace cien años” de Pedro Henríquez Ureña se refiere a 1826, dos años después de la batalla de Ayacucho (Perú, 9 de diciembre de 1824), que suponía la conquista de la independencia de los países del continente americano, con la derrota militar de la dominación española.
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