A las 2:35 de la madrugada de hoy, descubrí “Haití: liberar al Estado”, un texto que lleva la firma de don Alfredo Vargas Caba. El autor sabe muy bien de lo que habla; por un azar profesional de la vida, fue uno de los pocos dominicanos que presenció en directo las largas horas de la transición de poder de François Duvalier a Jean-Claude Duvalier en abril de 1971.

Para este joven pionero de la verdadera modernización del gran turismo dominicano, el acontecimiento marcaba la partida de uno de los últimos aliados de Rafael Trujillo (fruto del encuentro y pacto entre François Duvalier y Trujillo en diciembre de 1958) y la llegada de un sucesor que no supo encauzar a Haití en las vías del progreso continuo, tal como ocurrió en la República Dominicana por esa misma época.

Cuando don Alfredo Vargas Caba habla o escribe, lo hace con una honestidad tan precisa que puede llegar a asustar a los no iniciados. Su estilo me recuerda a las conferencias del doctor Radhamés Mejía en Puerto Príncipe sobre las realidades universitarias regionales: el oyente se convierte en académico a fuerza de aprender mediante una secuencia lógica e increíble de ideas.

Con total justicia y acierto, los dominicanos de este calibre participan activamente en la construcción de un Haití que ni siquiera figura todavía en la agenda de la mayoría de nuestros intelectuales.

En términos realistas, ¿qué podría significar “Haití: liberar al Estado”?

Me acuerdo de 1994, en Puerto Príncipe. Era la Operación Uphold Democracy (Defender la Democracia). Veinte mil hombres, tal vez veinticinco mil, desembarcaron una mañana de septiembre bajo el uniforme estadounidense, flanqueados por siluetas más lejanas llegadas de Polonia o Argentina. Caminaban por las calles para restituir a un hombre, el presidente Aristide, borrado tres años antes por un golpe de Estado militar.

Luego el tiempo se fue deslizando, cambiando de nombre como quien cambia de identidad para escapar de un acreedor. En la primavera de 1995, la fuerza multinacional se fundió en la MINUHA. Seis mil cascos azules y novecientos policías de acentos dispares, encargados de mantener una estabilidad precaria y de inventar, sobre los escombros, una Policía Nacional. Un año más tarde, en julio de 1996, el contingente ya se había reducido. La llamaban la MANUH. Ya no eran más que mil trescientos militares y trescientos civiles recorriendo las avenidas, como espectros en uniforme que intentaban apuntalar el país con un simulacro de profesionalismo.

Los acrónimos se deshilachaban a medida que pasaban los años, como números de teléfono que uno olvida anotar. En agosto de 1997, llegó la MITNUH: doscientos cincuenta soldados y la misma cantidad de policías, una presencia que se encogía a ojos vistas bajo el sol del verano. En diciembre de ese mismo año, los últimos fusiles del ejército se marcharon. La MIPONUH tomó el relevo, un asunto puramente civil: trescientos hombres de azul para encuadrar a una policía local todavía frágil. Al alba del nuevo siglo, en el mes de marzo de 2000, la MICAH no era ya más que un murmullo de observadores civiles y asesores técnicos, inclinados sobre expedientes de derechos humanos en oficinas demasiado calurosas. La calma aparente de un intermedio.

Pero la historia de esta ciudad siempre vuelve sobre sus pasos. En febrero de 2004, el presidente Aristide se marchó de nuevo y la violencia recuperó sus fueros. Ante la urgencia, desembarcó una Fuerza Multinacional Interina: tres mil seiscientos soldados franceses, estadounidenses, canadienses y chilenos, siluetas familiares apostadas en las encrucijadas estratégicas. En junio, le pasaron el testigo a la MINUSTAH. Ese nombre iba a resonar durante trece años, una eternidad a escala de una vida. Llegaron a ser hasta nueve mil militares y cuatro mil policías al día siguiente del gran terremoto de 2010; una inmensa maquinaria de cascos azules que buscaba estabilizar un suelo que se había desmoronado.

Cuando se marcharon, en el otoño de 2017, la MINUJUSTH tomó el relevo: una presencia difusa de mil doscientos policías internacionales sin armas pesadas, que intentaba consolidar la justicia antes de extinguirse a su vez dos años más tarde. Desde octubre de 2019, la BINUH no es más que una oficina, una dirección administrativa donde expertos civiles redactan informes sobre gobernanza y seguridad, como archivistas del presente. Y hoy, desde los días oscuros de junio de 2024, una fuerza nueva e híbrida, llegada de Kenia, Jamaica y El Salvador, intenta arrebatarle las calles a las bandas armadas. Cinco mil quinientos hombres, según me dicen, bajo el cielo de Puerto Príncipe. Los rostros cambian, los uniformes se suceden, pero a la orilla del mar, la misma espera permanece.

Mientras tanto, las élites haitianas no han construido prácticamente nada. Y hoy, los haitianos verdaderos, honestos y de gran corazón —que bien podrían llamarse Alfredo Vargas Caba o Radhamés Mejía— nos invitan a reflexionar de otra manera sobre la tragedia de “Haití: liberar al Estado”…

Gilbert Mervilus

Historiador

Nacido en Puerto Príncipe en el año 1963, Gilbert Mervilus es especialista en historia, pintura y literatura haitiana. Tras realizar sus estudios en la capital del país, se especializó en Gramática, Historia de la Lengua Española y Literatura de España y América Latina en diversos cursos de formación. Posteriormente ha realizado estudios avanzados en Literatura y Arte francés. Inicia sus actividades como profesor de español en 1986, a las que siguieron las de Traductor e Intérprete en 1988; Traductor de Corresponsales Extranjeros en Prensa; Profesor de Español en la Universidad de Quisqueya (1998–2001); traductor en el Ejército de la E.U.A. de 1993 a 1994; traductor e Intérprete Oficial del Ministerio de Salud Pública (2001–04). Es autor de numerosas publicaciones y conferencias [ La Historia de la Pintura Haitiana ,Costa Rica, 1988; La Pintura Moderna,1993; Una Nueva Cotización del Arte Haitiano,octubre1994]; y traductor jurado.

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