“Luchar por la democracia, aunque sea injusta, vale la pena”. Pepe Mujica
Tras décadas de práctica democrática y atentos a lo que ocurre en otras latitudes, las dominicanas y los dominicanos hemos acumulado suficiente experiencia electoral como para reconocer las señales. A dos años y medio de los próximos comicios, todo indica que asistiremos a un gran espectáculo de masas: brillo mediático, despliegue propagandístico y una competencia centrada en exponer lo ilegal, lo deshonesto o lo corrupto del adversario.
Se hablará de todo, menos de política en sentido sustantivo. Se venderá el “prototipo” de candidatura capaz de renovar la esperanza, mientras el debate programático quedará relegado a un segundo plano.
En este momento las pugnas internas por la nominación presidencial atraviesan prácticamente a todas las organizaciones y la mayoría de aspirantes debería formularse las preguntas elementales de toda estrategia electoral: ¿quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿cuál es mi objetivo político?
Quienes nos asumimos progresistas sabemos que la falta de unidad ha sido el gran escollo para que las fuerzas de izquierda sostengan el poder y hoy, en un país donde las ideologías parecen diluidas y donde izquierda y derecha gestionan con lógicas cada vez más similares, la fragmentación interna y el personalismo revelan un liderazgo de corto alcance, más preocupado por la acumulación de recursos y la perpetuación en el cargo que por la construcción de un proyecto nacional.
Ese barco llamado país navega sin rumbo estratégico claro.
La política es, en esencia, vocación de servicio y compromiso colectivo, es solidaridad, fraternidad y organización; pero también, cuando se desnaturaliza, puede convertirse en vehículo de ambición y egoísmo.
Como advertía José Francisco Peña Gómez, a quien le mueve únicamente el dinero debería dedicarse al comercio, no a la política, que existe para servir a la gente. El interés público, no el beneficio particular, debe ser su principio rector.
El bienestar social no debe ser una consigna vacía, ya que implica garantizar acceso efectivo a salud, educación y vivienda; promover la participación comunitaria; fortalecer la empatía social; asegurar estabilidad económica y entornos seguros con espacios públicos funcionales. Se sustenta en la conexión humana y en la igualdad de oportunidades.
Sin embargo, en nuestro contexto, con demasiada frecuencia el bienestar se reduce a una transacción electoral cada cuatro años: el voto intercambiado por una ración de comida y unos cientos de pesos. Una práctica que degrada la ciudadanía y erosiona la dignidad democrática.
Vivimos formalmente en democracia, pero ¿cuántos comprenden su alcance? Desde la ciencia política, la democracia no es solo un método de selección de autoridades; es una forma de organización social basada en la igualdad, la participación y el Estado de derecho.
Sus pilares ,libertad, justicia e igualdad, requieren, además, valores cívicos como honestidad, reciprocidad, lealtad y solidaridad. Sin esa ética pública, la arquitectura institucional se vacía de contenido.
Nuestra democracia, como ocurre en buena parte de América Latina, atraviesa una crisis multidimensional: populismo, fragmentación partidaria y persistente desigualdad, factores que debilitan las instituciones y minan la confianza en el sistema.
La alta abstención electoral es un síntoma inequívoco de que amplios sectores han perdido la fe en la clase política. Crecen el desapego ciudadano, la percepción de corrupción y la desconfianza en las élites.
Como ciudadana consciente, me inquieta que este deterioro abra la puerta a tentaciones autoritarias que, como ya se observa en algunos países de la región, restrinjan libertades y recorten derechos.
No puede analizarse la democracia sin considerar a los partidos políticos, aún principales intermediarios entre sociedad y Estado. Pero cabe preguntarse: ¿qué proponen los 34 partidos y movimientos que integran el sistema dominicano?, ¿cuál es su agenda estratégica?, ¿dónde están sus visiones de país?, ¿quiénes son sus cuadros dirigentes y qué representan?
A la distancia, la percepción dominante es que muchos compiten más por el control del presupuesto nacional que por la defensa de ideas y el manejo de un erario que se concibe como botín político; el debate programático, se vislumbra como una reliquia del pasado que hoy despierta nostalgia cuando evocamos a ciertos liderazgos históricos.
En un discurso, el expresidente uruguayo Pepe Mujica advirtió que una de las desgracias de la política contemporánea ha sido abandonar la filosofía para convertirse en un mero recetario económico y sin restar importancia a la economía, recordaba que la humanidad debe hacerse preguntas de fondo: ¿hacia dónde vamos?, ¿cuál es nuestra responsabilidad con la vida?, ¿qué futuro queremos construir?
Recuperar la profundidad ética y el sustento filosófico de la política no es una opción secundaria: es, sin quizás, el desafío más urgente, una necesidad impostergable para la salud de nuestra democracia.
Si renunciamos a esa base de principios y reflexión, quedaremos reducidos a campañas vistosas y discusiones superficiales, gestionando el día a día sin visión estratégica ni proyecto de nación.
Sin valores que orienten el rumbo, solo administraremos coyunturas, incapaces de construir, con audacia y responsabilidad, el país al que aspiramos.
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