"Su voz no busca el aplauso, busca el eco en la conciencia". Víctor Hugo
Asistimos hoy, amigos lectores, para recordar al Lic. Carlos Rafael Goico Morales con el alma transida por la melancolía del tiempo que todo lo devora, a una obligada cita con la memoria histórica de la República. Nos convoca la evocación ferviente de un varón insigne, de una figura de perfiles próceres cuya andadura terrenal semeja un cantar de gesta en el que la elocuencia y el servicio público se fundieron en un abrazo indisoluble. Elevo hoy mi voz, conmovido por el fervor de las grandes causas, para esculpir en el mármol de mi memoria al Licenciado Carlos Rafael Goico Morales, el inolvidable “Gran Orador del Faro de Hicayagua”, quien viera la luz en las tierras heroicas y solariegas de Santa Cruz de El Seibo aquel lejano 10 de octubre de 1909.
Emergido de vetustas y honorables estirpes que cruzaron el Atlántico para sembrar sus sueños en el alma feraz del Este dominicano, Licenciado Carlos Rafael Goico Morales personificó desde su juventud la más alta expresión del humanismo jurídico. Sus años mozos, consagrados al estudio de los clásicos y al rigor de la jurisprudencia, coronaron con gloria el 14 de julio de 1931, cuando la Tricentenaria Universidad de Santo Domingo le otorgó la borla de Licenciado en Derecho. Desde ese instante, su destino quedó sellado: su verbo, vibrante y broncíneo, cortado con el filo de la más pura lengua cervantina, no sería un simple instrumento de litigio, sino un torrente de luz destinado a conmover las fibras más sensibles de la colectividad nacional.
El destino, que suele entrelazar los hilos de los hombres con los períodos más complejos de la historia, lo llevó a transitar con gallardía senderos procelosos. Como Gobernador civil de su amado El Seibo, como Diputado de la grey altagraciana, y como Secretario de Estado en las carteras de Interior y Policía, y de Agricultura, Pecuaria y Colonización, dejó en cada rincón la impronta de su decoro y su capacidad organizativa. Pero fue en las horas de la reconstrucción institucional cuando su figura alcanzó la plenitud del civismo, al asumir con mano firme y pulcritud diamantina la Procuraduría General de la República entre 1968 y 1969.
La providencia, que une a las almas afines en los momentos de gran definición patriótica, fundió su destino con el nuestro en la fragua del Partido Reformista Social Cristiano. Fuimos testigos de su lealtad inquebrantable, de su patriotismo encendido y de su desprendimiento absoluto cuando el pueblo dominicano, en las históricas jornadas electorales del 16 de mayo de 1970 y de 1974, lo ungió como Vicepresidente de la República. Durante casi una década de vertiginoso desarrollo y pacificación nacional, Don Carlos Rafael fue el fiel de la balanza, el consejero prudente, el tribuno elocuente que con su oratoria deslumbrante adornaba las tribunas públicas, conmoviendo los corazones con metáforas que parecían arrancadas de las páginas del inmortal manco de Lepanto.
¡Ah, pero el poder secular es veleidoso y la gloria terrenal es tan efímera como el rocío de la mañana! Tras descender de las cumbres del solio senatorial en 1978, Don Carlos Rafael conoció la dolorosa amargura del ostracismo político y el injusto silencio de una sociedad que suele olvidar a sus más preclaros servidores. Esa caída en la penumbra, lejos de empequeñecerlo, agigantó su dignidad excelsa. Vivió sus últimos años con la hidalguía de los caballeros andantes, hasta que el 11 de abril de 1992, en la quietud de Santo Domingo, entregó su alma al Creador, dejando un vacío sideral en el panorama intelectual de la nación.
Hoy, es propicia la ocasión para rescatar su nombre de las brumas del olvido a través de justicieros reconocimientos póstumos; reafirmamos que su legado permanece invicto. Don Carlos Rafael Goico Morales no fue un político de paso fugaz; fue el faro espiritual del Este, el guardián de la ley, el orador de la concordia. Su memoria nos convoca a la unidad, al cultivo de las letras y al amor incondicional por esta tierra. Que su ejemplo de elocuencia y dignidad siga iluminando, desde el firmamento de los héroes anónimos, los senderos del porvenir de nuestra amada patria.
SANTA CRUZ DEL SEIBO: LA TIERRA DE LOS HOMBRES INMORTALES DE LA REGIÓN ESTE
Atravesar los umbrales de la solariega y milenaria provincia de Santa Cruz de El Seibo es adentrarse en un santuario vivo donde la historia dominicana ha esculpido sus más preclaros monumentos espirituales, y donde la tierra misma parece exhalar un aliento de perenne hidalguía. No nos hallamos ante una demarcación geográfica cualquiera; nos encontramos ante una comarca de perfiles heroicos, un suelo bendecido por la providencia que ha servido de crisol para moldear el alma misma de la patria y para parir hombres y mujeres de una estirpe tan excelsa que sus nombres ya pertenecen, por derecho propio, al parnaso de la inmortalidad.
Es El Seibo, por antonomasia, cuna sagrada del intelecto, de la fe, del civismo y del patriotismo más puro. De sus entrañas provino la silueta augusta y venerada de Doña Manuela Díez Jiménez, la madre amantísima del patricio Juan Pablo Duarte; matrona excelsa que en la quietud de este suelo absorbió la dignidad que más tarde transmitiría al fundador de la República, convirtiéndose así El Seibo en el vientre espiritual de nuestra propia independencia. En esa misma estirpe de gigantes se inscribe la figura prócer de su exvicepresidente, Don Carlos Rafael Goico Morales, el inolvidable “Gran Orador del Faro de Hicayagua”, cuyo verbo broncíneo, cortado con el filo de la más pura lengua cervantina, resonó en los salones del Estado como un torrente de luz y decoro institucional.
De ese mismo solar nativo emergió la silueta augusta y providencial del Cardenal Octavio Antonio Beras Rojas, primer príncipe de la Iglesia Dominicana, quien con su magisterio pastoral y su mansedumbre evangélica pastoreó la fe de la nación con la sabiduría de los antiguos doctores eclesiásticos. Y en una simbiosis perfecta de la gracia y el genio popular, esa misma tierra abonó el talento irrepetible de Freddy Beras Goico, adalid de la comunicación y filántropo inclaudicable, quien hizo de la tribuna pública un apostolado del bien social y del ingenio humano, conmoviendo hasta las lágrimas el corazón de su pueblo.
Pero la grandeza de esta provincia no se agota en la verticalidad de sus próceres ni en la solemnidad de sus templos; se manifiesta también, con idéntica finura artística, en las delicias de su acervo vernáculo y su gastronomía ancestral. El Seibo es el cofre sagrado donde se custodian secretos que deleitan el espíritu y el paladar, como el legendario e inimitable Dulce de Tula, manjar que condensa en su dulzura la tradición más pura del hogar seibano, o el místico y efervescente Mabí Seibano, néctar de la tierra cuya receta centenaria semeja un sortilegio de frescura que desafía el curso de los tiempos. Entrada esta noble villa en los anales del honor dominicano, este preámbulo no hace sino rendir un tributo de estricta justicia a una tierra que es, a la vez, madre de la libertad, faro de la inteligencia, baluarte de la fe y reserva moral e histórica de nuestra amada República Dominicana.
Compartir esta nota
