Mi proyecto original fue estudiar medicina para estudiar psiquiatría. Estudié Psicología en la UASD y estuve cerca de terminar la carrera, pero mi formación y mi trabajo han sido filosóficos, así que ahora no voy a hablar ni como psicóloga, menos aún como psiquiatra. Solamente quiero formular una reflexión respetuosa a quienes ejercen la psicología y la psiquiatría. De antemano les digo que no encuentro necesario invadir su campo profesional ni negar la importancia de diagnósticos, psicoterapia o medicamentos cuando corresponda. Parecerá risible, pero eso que quiero mostrar, es verdad que insegura, que el psicoanálisis existencial de Jean-Paul Sartre puede aportar preguntas valiosas sobre la persona vivita y coleando, oculta detrás de un diagnóstico.
El existencialismo, el sartreano y simoneano, ha tenido una fama que considero injusta. Se lo asocia con la angustia, la desesperación, el nihilismo y hasta con una filosofía de bajos fondos. Sin embargo, cuando se estudia cuidadosamente a Sartre, aparece una preocupación ética constante: qué hacemos con nuestra libertad, cómo combatimos la mala fe, al ridículo espíritu de seriedad, la rigidez y frialdad de los valores burgueses, qué hacemos con aquello que la familia básicamente y los otros han hecho de nosotros, con el qué dirán y qué responsabilidad asumimos frente a las demás personas. Esa preocupación aparece en el psicoanálisis existencial. Y, para mí, es claramente una preocupación ética, cuestión que investigo actualmente en sus más importantes obras y temas.
Todos sabemos que en El ser y la nada, Sartre propone comprender una existencia a partir del proyecto fundamental que da unidad y sentido a sus elecciones. Esto no significa que una persona sea absolutamente consciente de qué quiere en su existencia. El proyecto existencial es la orientación mediante la cual interpreta su situación, responde a ella y va construyendo una manera de estar en el mundo. Por eso no basta con preguntar en una consulta qué síntoma presenta una persona o dentro de qué clasificación puede colocarse. Me parece nodal profundizar qué significa esa conducta y qué relación mantiene con su historia, con los otros y con la manera como intenta vivir.
Esta perspectiva resulta útil para quienes trabajan con el sufrimiento psicológico, que parece ser la enfermedad de este siglo. Un diagnóstico puede ser necesario y una medicación puede ser indispensable. Sería irresponsable negar que existen trastornos graves en los cuales el tratamiento farmacológico cumple una función fundamental; lo veo correcto. Pero me preocupa, y he tenido decepcionantes experiencias reveladoras en esto, que, en ciertas prácticas aplicadas a conocidos, la consulta se reduce casi exclusivamente al diagnóstico y a la prescripción de medicamentos, y queda poco espacio para que el paciente hable de su vida, de sus conflictos, de sus relaciones y del significado de sus conductas.
Patentizo la expresión conversación dirigida al paciente, aunque dentro de la psicología y la psiquiatría existirán nombres técnicos más precisos. Me refiero a una conversación profesional, orientada, sostenida por la escucha y la empatía, donde la historia de la persona sea parte de aquello que debe comprenderse. Convertir al terapeuta en amigo y borrar los límites profesionales, a lo mejor, no es sensato; pero hay que evitar que el paciente desaparezca detrás del diagnóstico y se le vean solo las orejitas de su ansiedad y/o angustia, para tranquilizar al psiquiatra en su rol.
Por otro lado, no creo que toda conducta extraña, conflictiva o desadaptada deba ser considerada automáticamente una enfermedad que requiere medicación. Hay situaciones en las que una intervención psicoterapéutica, cognitiva, conductual o de otra naturaleza puede ayudar a una persona a comprender y modificar formas de relacionarse consigo misma, con los demás y con la sociedad. Incluso no hablo siquiera de adaptar, que pareciera ser el rol inadecuado del profesional: debemos tener cuidado con la palabra adaptación. No siempre el objetivo puede reducirse a adaptar a alguien a la sociedad, porque también existen familias, ambientes y sociedades que producen exclusión, humillación y sufrimiento. Y estoy convencida, quizás por mis muchas experiencias de socialización amistosa y de trabajo, de que una conducta desadaptada no es necesariamente patológica.
A propósito de patología, encuentro alucinante el análisis que Sartre hace de Jean Genet en San Genet, comediante y mártir (2005), publicado originalmente en 1952. En otra ocasión volveré con el tema general del psicoanálisis en Sartre y también con su opinión sobre el inconsciente. Conocía al poeta a través de otros; pero ahora leo por primera vez el San Genet de Sartre y estoy como si amamantara por primera vez a mis hijos: feliz y curiosa. Genet fue señalado desde muy temprano por la mirada de los otros, noción repetida en mis discursos. Fue nombrado ladrón, delincuente y maldito. Sartre intenta comprender qué puede ocurrir cuando una persona recibe desde fuera una determinada definición de sí misma y termina organizando su existencia en relación con esa mirada.
Sartre escribe que «la única manera como puede Genet recuperar su vida consiste en quererla tal como es» (Sartre, 2005, p. 104). Genet intenta apropiarse de aquello que primero padeció como condena. Si los otros dicen que es ladrón, convierte el robo en elección; si lo considera malvado, procura querer el mal. Cree recuperar así su libertad, pero lo hace mediante la identidad que los otros le habían impuesto.
En este punto, Sartre introduce una muy interesante referencia a Kant que resulta fundamental. Kant, como se sabe, había formulado el imperativo categórico como una exigencia moral incondicionada. Entre sus expresiones más conocidas está la obligación de tratar a toda persona siempre como un fin y nunca solamente como un medio, y actuar según máximas que puedan valer universalmente. Sartre muestra que Genet construye algo semejante en la forma, pero completamente invertido en su contenido. Habla de «una voluntad pura que se quiere incondicionalmente mala» (p. 104).
La inversión resulta evidente cuando Sartre formula para Genet esta máxima: «Obra de manera que la sociedad te trate siempre como un objeto, como un medio, y nunca como un fin, como una persona» (p. 105). Es justamente lo contrario del principio kantiano. También invierte la universalización cuando escribe: «Obra como si la máxima de cada uno de tus actos debiera servir de regla en la caverna de los ladrones» (p. 105). Genet construye así una especie de imperativo categórico al revés.
Lo más importante no es solo el juego filosófico con Kant, sino la contradicción que Sartre descubre en Genet. Él intenta liberarse de la mirada de los otros, pero continúa dependiendo de ella. Quiere convertirse voluntariamente en aquello que los demás dijeron que era y se hace, en cierto sentido, a la medida de la mirada que lo condenó. ¿Qué ocurre cuando alguien escucha constantemente que es incapaz, peligroso, incorregible, enfermo o anormal? Un diagnóstico realizado orienta un tratamiento; por lo tanto, no recomiendo que deba abandonarse. Mi preocupación es otra: ¿en qué momento una herramienta clínica corre el riesgo de convertirse en la identidad total de una persona? Y, ojo, hoy se levanta un diagnóstico para cualquier conducta.
También pienso en el suicidio de un joven que me impresionó profundamente. Sería irresponsable atribuir un suicidio a una sola causa o sugerir que podría haberse evitado simplemente hablando más. El suicidio es un fenómeno complejo en el que pueden intervenir múltiples factores. Por eso debemos preguntarnos cuánto conocemos del mundo de una persona cuando únicamente observamos síntomas desde fuera. Una medicación puede ser necesaria, pero por sí sola no puede decirnos qué significado tiene para alguien su propia existencia.
El psicoanálisis existencial no realiza protocolos clínicos; sin embargo, puede contribuir filosóficamente con los psiquiatras y psicólogos, no sustituir a la psicología ni a la psiquiatría contemporáneas. Su contribución es filosófica y estoy convencidísima de que la filosofía sana. Sartre recuerda que delante del profesional hay una persona peculiar, un individuo no una abstracción, que interpreta su mundo, responde a los otros, construye proyectos y busca una manera de existir. Por eso llega a afirmar en El ser y la nada, y de eso hablaré luego, que «el psicoanálisis existencial es una descripción moral». Esta formulación contradice la imagen de un existencialismo puramente nihilista, hipótesis que manejo actualmente en un trabajo del AGN, porque, si no existieran responsabilidad, valores ni relación con los otros, no tendría sentido hablar de una dimensión moral.
La mirada profesional forma también parte de esa relación. Quien diagnostica, interpreta y orienta asume una responsabilidad delicada: sus palabras pueden ayudar a una persona a comprenderse de otra manera, pero también pueden contribuir a encerrarla en una imagen de sí misma que agrave su sufrimiento y debilite su esperanza. Por eso, el diagnóstico exige rigor, escucha y prudencia: debe orientar el tratamiento sin convertirse en una sentencia sobre la identidad o el porvenir de quien consulta. Ante un sufrimiento profundo, que puede incluir pensamientos suicidas, cada palabra requiere especial cuidado. La responsabilidad profesional consiste también en reconocer ese riesgo y ofrecer una atención que ayude a la persona a encontrar posibilidades cuando siente que se le han cerrado todas.
Genet muestra el peligro extremo de una existencia organizada alrededor de la mirada que la condenó. Desde el psicoanálisis existencial de Sartre, preguntaría, pensando en el poeta maldito, a psicólogos y psiquiatras algo muy elemental: ¿qué mirada estamos devolviendo a la persona que tenemos delante?
Paradójicamente, una filosofía tan acusada de pesimismo conserva para mí una lección profundamente humana. Ninguna persona debería quedar encajonada en el nombre de su enfermedad, por una conducta desadaptada ni por la mirada con que los otros la han definido. Escuchar, comprender la historia, reconocer el proyecto de una existencia y utilizar con prudencia los instrumentos clínicos también puede ser una forma de responsabilidad ética.
Referencia bibliográfica
Sartre, J.-P. (2005). San Genet, comediante y mártir. Losada.
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