Francesca Albanesa Frente al genocidio, la impunidad y el silencio de las potencias occidentales.
Hay momentos en la historia en que guardar silencio deja de ser una posición neutral. Frente a la destrucción de Gaza, el asesinato de civiles, la devastación de hospitales, escuelas y viviendas, el desplazamiento forzoso de una población y la utilización del hambre y la privación como instrumentos de guerra, la humanidad está obligada a tomar posición.
La jurista italiana Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en el territorio palestino ocupado, ha asumido una de las voces más firmes dentro del sistema internacional para denunciar lo que considera un proceso genocida contra el pueblo palestino.
Su conclusión no surge, según ha explicado, de una consigna política ni de una preferencia ideológica. Se fundamenta —afirma— en la observación de los hechos y en la aplicación del derecho internacional a esos hechos. En su informe presentado en marzo de 2024, Albanese sostuvo que existían fundamentos razonables para considerar que se estaban cometiendo actos comprendidos dentro de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. (OHCHR)
Y aquí comienza la responsabilidad de la conciencia universal.
No son solamente cifras: son seres humanos
Detrás de cada número hay un niño que no volverá a la escuela, una madre que perdió a sus hijos, un padre sepultado bajo los escombros, un médico que intentó salvar vidas mientras su propio hospital era destruido, una familia expulsada de su hogar y una comunidad entera sometida a una tragedia de dimensiones históricas.
Albanese ha señalado como elementos centrales de su análisis los asesinatos, los daños físicos y mentales y la imposición de condiciones de vida calculadas para provocar la destrucción física de la población palestina de Gaza. Su informe documentó también la destrucción masiva de viviendas e infraestructura indispensable para la supervivencia de la población. (OHCHR)
No estamos, por tanto, ante una discusión semántica sobre la palabra “genocidio”. Estamos ante una discusión sobre el significado de los hechos y sobre la obligación de la comunidad internacional de impedir que se repitan los crímenes que la humanidad juró impedir después del Holocausto.
¿Dónde está la llamada comunidad internacional?
La pregunta que debe hacerse el mundo no es únicamente qué está ocurriendo en Gaza.
La pregunta es también:
¿Quiénes están permitiendo que ocurra?
Porque ninguna potencia puede presentarse como defensora de los derechos humanos mientras suministra armas, protección diplomática, asistencia militar o apoyo político a quienes son acusados de cometer graves violaciones del derecho internacional.
Las propias comunicaciones de procedimientos especiales de Naciones Unidas han expresado preocupación por transferencias de armas a Israel y por el posible vínculo de empresas armamentísticas y financieras con graves violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. (SP Comm Reports)
Esto coloca a gobiernos y corporaciones frente a una responsabilidad que no puede ser escondida detrás de contratos comerciales, alianzas militares o discursos de seguridad nacional.
La complicidad también puede tener uniforme diplomático, traje empresarial o asiento en un consejo de administración.
El negocio de la guerra
Hay otra dimensión que no puede ser ignorada: la guerra también produces ganancias.
Mientras Gaza es destruida, existen empresas que producen armas, instituciones financieras que invierten capital, corporaciones que participan en cadenas de suministro y gobiernos que autorizan transferencias militares.
Las Naciones Unidas han advertido que las empresas tienen responsabilidades propias en materia de derechos humanos y que, en contextos de conflicto, deben realizar una diligencia reforzada para evitar contribuir a violaciones grave. (SP Comm Reports)
Por eso resulta legítimo preguntar:
¿Cuánto dinero produce la guerra contra Gaza?
¿Quién fabrica las bombas?¿Quién las transporta?¿Quién las financia?¿Quién las asegura?¿Quién obtiene beneficios de la reconstrucción de aquello que primero fue destruido?
Cuando la muerte de seres humanos puede convertirse en una línea de ganancias, el capitalismo de guerra muestra una de sus expresiones más brutales.
También quieren silenciar la denuncia
Pero existe otra batalla: la batalla por la verdad.
Albanese y otros mecanismos de Naciones Unidas han denunciado restricciones y represalias contra quienes expresan solidaridad con Palestina y cuestionan las acciones de Israel. Las comunicaciones de expertos de la ONU han advertido sobre censura, criminalización y efectos intimidatorios sobre la libertad de expresión y de reunión pacífica. (SP Comm Reports)
Es particularmente preocupante que, mientras las imágenes de muerte y destrucción procedentes de Gaza estremecen al mundo, algunos gobiernos y plataformas digitales intenten convertir en sospechosos precisamente a quienes protestan contra esas atrocidades.
Se pretende censurar la protesta mientras se normaliza la barbarie.
Pero la solidaridad no es un delito.
Denunciar la muerte de niños palestinos no es antisemitismo.
Exigir el respeto al derecho internacional no es terrorismo.
Oponerse a la ocupación y reclamar los derechos nacionales del pueblo palestino no significa justificar los crímenes cometidos contra civiles israelíes.
Una posición verdaderamente humanista debe condenar los crímenes contra civiles, independientemente de quién los cometa.
El doble rasero de Occidente
Lo más escandaloso de esta tragedia es el doble rasero.
Las potencias occidentales hablan constantemente de democracia, derechos humanos, libertad y derecho internacional. Pero cuando esos principios deben aplicarse a Palestina, aparecen las excepciones, los silencios, las justificaciones y las interminables declaraciones diplomáticas.
La pregunta es inevitable:
¿De qué sirven las convenciones internacionales si solamente se aplican a los adversarios de las grandes potencias?
El derecho internacional no puede ser un arma utilizada selectivamente.
Si existe un orden jurídico internacional, debe proteger al palestino igual que protege al europeo, al estadounidense, al ucraniano, al israelí o a cualquier otro ser humano.
La vida de un niño palestino tiene exactamente el mismo valor moral que la vida de cualquier niño del planeta.
La historia juzgará a los silenciosos
Francesca Albanese ha puesto sobre la mesa una acusación que las potencias occidentales preferirían mantener fuera del centro del debate: no solamente debemos preguntar quién dispara; debemos preguntar quién proporciona las armas, quién financia, quién protege y quién calla.
Porque el silencio frente a una atrocidad no siempre es neutralidad.
A veces es cálculo político.
A veces es interés económico.
A veces es subordinación geopolítica.
Y otras veces es miedo a enfrentarse al poder.
Pero la historia tiene una particularidad: tarde o temprano termina preguntando dónde estaba cada cual cuando ocurrieron los grandes crímenes de su época.
El pueblo palestino no necesita discursos de condolencia después de la tragedia. Necesita justicia.
Necesita que termine la ocupación.
Necesita que se respete su derecho a la autodeterminación.
Necesita protección para su población civil.
Necesita que los responsables de crímenes internacionales respondan ante la justicia.
Y necesita que el mundo deje de contemplar la tragedia desde la distancia mientras continúa proporcionando los medios materiales para perpetuarla.
Gaza nos obliga a tomar partido
No se trata de escoger entre pueblos.
Se trata de escoger entre la vida y la muerte, entre la justicia y la impunidad, entre el derecho internacional y la ley del más fuerte.
La denuncia de Francesca Albanese nos recuerda algo elemental: cuando los hechos muestran una tragedia de semejante magnitud, la humanidad no puede limitarse a observar.
Hay que investigar.
Hay que denunciar.
Hay que exigir responsabilidades.
Hay que detener el suministro de medios que puedan contribuir a crímenes internacionales.
Hay que proteger la libertad de quienes denuncian las atrocidades.
Y, sobre todo, hay que impedir que Gaza se convierta en otro nombre para la indiferencia humana.
Frente al genocidio, real o presunto, no puede existir neutralidad cómoda.
Porque cuando las bombas caen sobre los niños, cuando los hospitales son destruidos, cuando una población es desplazada y cuando quienes protestan son silenciados, la pregunta ya no es solamente qué está ocurriendo en Gaza.
La pregunta definitiva es:
¿Qué estamos haciendo nosotros para impedirlo?
Y mañana, cuando la historia juzgue esta época, no solamente preguntará quién ordenó las bombas.
También preguntará quién pudo detenerlas y decidió no hacerlo.
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