Recientemente se han presentado varios casos de feminicidios y de amenazas de muerte hacia mujeres que impactan en la opinión pública. Estos no son los únicos casos de feminicidios; la mayoría de los casos, al igual que ocurre con la violencia de género, quedan en el silencio, el anonimato y la desolación de una población infantil y adolescente en orfandad.
El feminicidio en varios países se ve como un problema nacional. Por ejemplo, en Kosovo la muerte de una mujer se convierte en duelo nacional con suspensión de las actividades festivas y culturales. En ese país la muerte de una mujer a manos de su pareja es tratada como un problema de Estado; el país enlutece porque no se le dio a esa mujer la protección debida y fallaron los mecanismos de prevención de la violencia de género en términos institucionales y societales. Una diferencia significativa con la República Dominicana.
Lamentablemente en nuestro país el tratamiento del feminicidio es distinto. No pasa de unos cuantos días de expresiones de escándalo y lamentaciones en la opinión pública, acompañadas de otras vertientes que culpabilizan a las mujeres de no saberse proteger. Se entiende que son las mujeres quienes deben evitar que su pareja o expareja termine con su vida. El fenómeno se ve así como un problema individual, no estructural, con una alta responsabilidad en la mujer: "ella sabía que la iba a matar y se quedó ahí", "a las mujeres les gusta que les den golpes y las maten porque no se van". Expresiones frecuentes en las corrientes de opinión mediáticas que niegan e invisibilizan la realidad de una mujer que hizo todo el esfuerzo por romper el círculo de violencia y precisamente cuando está transitándolo, la matan.
La presencia del feminicidio en nuestra sociedad debe ser un llamado de urgencia. Una sociedad con estructuras de poder sostenidas por hombres que lideran las decisiones fundamentales, pero no demuestran que el feminicidio ni la violencia de género es una prioridad de Estado.
Los hombres agresores demuestran en los estudios que se han realizado sobre violencia de género y/o feminicidios (Rodríguez y Paulino, 2020), (Monegro, 2021), (Vargas/Profamilia, 2021) que no actúan solos. Los crímenes ejecutados son una respuesta de un tejido social masculino con una complicidad y silencio que lo sostienen y favorecen su reproducción. Esto incluye no solo a los hombres agresores, amigos, familiares y pares, sino también a quienes se encuentran en el sistema de justicia —policías, fiscales, entre otros—, que interactúan con hombres con expedientes feminicidas y muchas veces negocian con los agresores y no actúan para evitar que el hecho se produzca.
A esta estructura de complicidad que favorece y promueve que el hombre agresor tome decisiones de actuación criminal se le suma el silencio y la indiferencia de otros que, si bien no alientan la producción del hecho, permiten que suceda sin acciones directas para frenarlo. Igualmente, la aceptación social de la violencia de género y el feminicidio como castigo a la mujer que pretende romper con las estructuras sociales de dominación machista y de reproducción de la desigualdad de género.
El feminicidio cuenta con permiso social. El estudio con la niñez y juventud huérfana de feminicidios muestra cómo dentro de las mismas familias de la víctima y/o del victimario se justifica el hecho y se despoja al agresor de su responsabilidad criminal.
La intervención contra la violencia de género y el feminicidio no debe reducirse a respuestas individuales; debe ser una respuesta estructural con impacto en la población masculina que mantiene la violencia como parte de su cotidianidad y cuenta con el miedo y/o la aceptación de mujeres en distintos ámbitos que así lo permiten.
En nuestro país debemos aprender de Kosovo: la muerte de una mujer es una derrota del Estado dominicano y debe ser un día de luto nacional.
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