El pasado 8 de abril cumplió un año la fatídica noche de la discoteca Jet Set. La sociedad dominicana recuerda el hecho como uno de los más funestos de la historia dominicana. Esa noche de baile, el techo de uno de los centros nocturnos más emblemáticos del ambiente artístico colapsó, sepultando a 416 personas.

El desplome del techo de la discoteca dejó 236 muertes y 180 heridos. Una funesta fiesta de abril que se mantiene fresca en la memoria. Cientos de historias sin narrar sobre el hecho forman parte del suceso. Sueños y esperanzas mutilados por las partidas inesperadas.

Y la impotencia que revive los segundos de urgencia de esa noche. Silencio, llanto, oraciones, historias y recuerdos encogen los corazones, el alma y el sentido de los familiares y amigos. A un año, entre llanto y duelo, todavía resuenan las coplas de la última canción: "Sobreviviré".

Las luces de las sirenas de emergencias homenajean al personal que estuvo como rescatista salvando el mayor número de vidas posibles. Móviles vibran, timbran e iluminan la oscura noche que, vestida de alegría, trajo la muerte. Celebraban, conmemoraban, disfrutaban, trabajaban y compartían sus últimos momentos de vida sin saberlo. Luego tuvieron que ver la caída y soportar el golpe y el peso de una estructura que les tendió una mala jugada.

Fui testigo de las ayudas y las manos que llevaron alivio e intentaron calmar el dolor. No fuimos, tal vez, lo suficientemente fuertes para mover esa carga de acero y concreto en minutos, pero se hizo lo indecible.

Hoy, un año después, recordamos el evento en honor a las vidas perdidas. A todos se nos fue alguien: un hijo, un hermano, un tío, un primo, una amiga, un padre, una madre, un nieto, un abuelo, un vecino, un compueblano, alguien… Sí, todos ellos partieron repentinamente y sus recuerdos van y vuelven, nos llaman y nos invitan a continuar el camino del reencuentro. En algún momento nos volveremos a ver.

Reconocemos la solidaridad de tanta gente buena que se volcó en ayuda humanitaria en esas horas de desesperación. A las manos anónimas que, llenas de bondad, colaboraron. A ellos, que ya no están, nuestras oraciones y paz a sus almas. A los familiares de los fallecidos, nuestro abrazo y comprensión.

Triste abril
en el pensamiento vive;
la partida aún comprime
los corazones heridos.

El manto oscuro de la noche,
brillante alegría consternó,
el recuerdo en la memoria,
el alma de la nación enlutó.

Ángeles volaron,
en estrellas se posaron,
lágrimas eclipsaron…
Sus ausencias extrañamos.

Bernardo Rodríguez Vidal

Psicólogo clínico

Subdirector Ejecutivo de la Defensa Civil Psicólogo Clínico, Maestría en Alta Gerencia y Especialista en Gestión de Riesgo de Desastres.

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