“Cara o cruz” era y sigue siendo una manera simple de lanzar una moneda al aire para que dos personas independientes o representantes de grupos definieran un ganador o un perdedor.
Lo que se producirá en las elecciones del próximo 3 de noviembre en los Estados Unidos, lamentablemente, no se podrá definir de esa forma.
La disputa electoral entre el Partido Demócrata (o Partido Demócrata Socialista), y el Partido Republicano será mediante el voto participativo mayoritario de los ciudadanos estadounidenses, para saber quién se quedará con el poder congresual.
Los estadounidenses irán a las urnas a votar para renovar 435 puestos electivos en la Cámara de Representantes, y 35 de 100 escaños en disputa en el Senado.
Un proceso electoral que se realiza a medio mandato gubernamental, conocido como elecciones de medio término (Midterms, por sus siglas en inglés).
Igual estarán en juego 34 de los 50 cargos para gobernadores estatales para un período de cuatro años. No así en los estados de New Hampshire y Vermont que cumplen un período de solo dos años.
A nivel municipal también se elegirán nuevos alcaldes en algunos estados, y funcionarios gubernamentales.
Ha sido una tradición que para estos comicios de medio término el número de votantes sea bajo, en comparación con las elecciones presidenciales, y en la que la oposición generalmente gana nuevos escaños en el Congreso, por múltiples causas.
Las expectativas apuntan a que la votación del 3 de noviembre podría romper record en la participación de sufragantes, por varias coyunturas y circunstancias.
Para ambos partidos, estas elecciones son cruciales para el sistema político estadounidense.
No se trata de una confrontación política tradicional por el dominio del Congreso bicameral del Gobierno federal de EE.UU.
Es una batalla por la consolidación del sistema cristiano-capitalista tradicional estadounidense, o la entrega de ese segundo poder del Estado a politicos izquierdistas radicales dentro del Partido Demócrata, comprometidos con regímenes islamistas enemigos de Occidente.
El Partido Demócrata y el Republicano, con sus primarias internas han completado la elección de sus candidatos a los diferentes cargos electivos para ambas cámaras del Congreso, gobernaciones y alcaldías.
En las elecciones internas de los demócratas se escogieron a inmigrantes musulmanes nacionalizados estadounidenses, para convertirlos en aspirantes a cargos congresuales y estatales.
Esta acción ha encendido las alarmas no solo a los dirigentes del Partido Republicano, ardientes defensores de la fe cristiana, el sistema capitalista y la democracia, sino también a los nativos estadounidenses, acostumbrados a esos principios desde la fundación de los EE.UU. el 4 de julio de 1776.
Esta contienda de noviembre podría poner en jaque el esquema de poder del presidente Donald Trump y su partido, si pierden mayoría en el Congreso.
Los lideres republicanos vienen preocupados y trabajando duro por frenar la caída de la popularidad de Trump.
Las firmas encuestadoras Reuters e Ipsos, entre otras, coinciden en ubicar la popularidad de Trump en un 31% en este período de gobierno.
Según sus estudios de marketing, el descontento de los estadounidenses es por el alto costo de vida, los precios de la gasolina, renta de apartamentos y el manejo de la economía.
En las votaciones anticipadas actuales, más de 11 millones de electores a nivel nacional ya han votado, 51% a favor de los demócratas y un 32% para los republicanos, revelan datos preliminares no oficiales.
Si Trump y su partido pierden el control del Congreso se frenaría el impulso de sus políticas internas y externas, las que pondrían en peligro la reelección republicana en las elecciones presidenciales de 2028.
¿Qué circunstancias podrían favorecer a los republicanos para retener el control del Congreso? el miedo que reflejan millones de votantes estadounidenses de que el Congreso y las gobernaciones caigan en control de lideres demócratas izquierdistas y de musulmanes radicales enemigos de los EE.UU.
Han visto con pavor lo que está ocurriendo en las naciones europeas gobernadas por políticos globalistas de ideología socialista e izquierdista.
Esos que prefirieron abrir sus zonas fronterizas para que ingresaran ilegal y masivamente migrantes de todos los países, especialmente de Oriente Medio, África, sur de Asia y regiones musulmanes.
Los estadounidenses no quieren ver en las calles de EE.UU el caos y vandalismo que está sucediendo en Francia, Inglaterra y España, donde miles de protestantes ondeando la bandera de Palestina, saquean, destruyen y queman comercios, vehículos y edificios, reclamando reivindicaciones sociales.
Saben que los estados de Michigan, Illinois, Minnesota, California y Nueva York están casi en poder absoluto de los musulmanes y de izquierdistas radicales. Y eso les preocupa.
Es por ello por lo que Trump ha recrudecido su campaña visitando casi todos los estados de la Unión Americana, enfocando la violencia, el vandalismo y terrorismo que están viviendo naciones europeas.
Los votantes independientes e indecisos que le dieron su apoyo en las elecciones presidenciales de 2024 podrían obviar los problemas económicos internos y la guerra contra Irán, y votar en favor de los candidatos republicanos para asegurar el futuro del sistema político estadounidense.
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