He leído con mucho interés el artículo de Fátima Portorreal, "Escribir historia es un acto de mala fe". Para mí es un honor poder decir que fui, y seguiré siendo, su alumno. Siempre he admirado su calidad intelectual, el respeto con el que trata a sus estudiantes y, sobre todo, su extraordinaria calidad humana. Precisamente por esa admiración y el profundo aprecio que le profeso, me permito compartir algunas reflexiones que surgieron a partir de la lectura de su artículo.
Comparto plenamente su preocupación por los silencios que, durante mucho tiempo, han marcado la producción historiográfica y por la necesidad de incorporar las voces de quienes fueron relegados de la narración histórica: las mujeres, los sectores populares, los migrantes, los grupos marginados y otros actores que permanecieron invisibilizados en la historia tradicional. Sin embargo, considero que la afirmación de que escribir historia es un acto de mala fe merece ser matizada a la luz de las reflexiones de Marc Bloch.
En Apología para la historia o el oficio de historiador, Bloch sostiene que el historiador no es un simple repetidor de documentos ni un coleccionista de datos. Por el contrario, afirma que toda investigación histórica comienza con preguntas y que los documentos "no hablan sino cuando se les sabe interrogar". Esto significa que la historia siempre implica selección, interpretación y un riguroso método crítico. En ese sentido, coincido con usted cuando advierte que ningún documento es inocente y que toda fuente debe ser analizada considerando el contexto en que fue producida.
No obstante, Bloch también nos recuerda que el objetivo del historiador no es justificar una ideología ni emitir juicios morales apresurados, sino comprender a los seres humanos en el tiempo. Su célebre definición de la historia como el estudio de "los hombres en el tiempo" amplía el horizonte de la disciplina y permite incorporar, precisamente, a aquellos sujetos que durante décadas permanecieron invisibilizados. Desde esta perspectiva, la tarea del historiador no consiste en sustituir unas exclusiones por otras, sino en ampliar continuamente el campo de observación histórica y enriquecer nuestras interpretaciones del pasado.
Otro aspecto que encuentro especialmente valioso en Bloch es su defensa de la interdisciplinariedad. Usted propone recurrir a la arqueología, la antropología, la literatura, la biología y el arte para profundizar en la comprensión del pasado. Esa propuesta coincide plenamente con el pensamiento de Bloch, quien insiste en que el historiador debe servirse de una diversidad de documentos, métodos y disciplinas, porque los hechos humanos son demasiado complejos para ser comprendidos desde una única fuente o perspectiva.
Sin embargo, encuentro una diferencia importante en la utilización del concepto de mala fe. Aunque Bloch reconoce que el historiador nunca alcanza una objetividad absoluta y que, inevitablemente, formula preguntas desde las preocupaciones de su propio tiempo, en ningún momento concluye que la historia sea un ejercicio inevitable de mala fe. Más bien, insiste en que el rigor metodológico, la crítica documental y la honestidad intelectual constituyen las herramientas que permiten aproximarnos responsablemente al conocimiento histórico. Para él, comprender es un ejercicio activo que exige seleccionar, ordenar e interpretar racionalmente las evidencias, no manipularlas para justificar intereses particulares.
Creo que el verdadero problema radica en que muchos de nuestros historiadores dominicanos sí han incurrido, consciente o inconscientemente, en ese acto de mala fe al que hace referencia Sartre y que usted traslada al campo de la historia. En numerosos casos, la historiografía nacional ha servido para legitimar proyectos políticos, construir héroes intocables, ocultar conflictos o silenciar actores sociales cuya participación resulta incómoda para determinadas narrativas oficiales. En ese sentido, su advertencia me parece pertinente, pues nos invita a revisar críticamente nuestra propia tradición historiográfica.
Recuerdo haber leído estos planteamientos en la conferencia El existencialismo es un humanismo, de Jean-Paul Sartre, cuando era estudiante de grado, en la asignatura de Ética impartida por el maestro Eulogio Silverio. En aquel momento me sentí profundamente identificado con sus reflexiones sobre la libertad, la responsabilidad y la elección humana. Sartre sostiene que el ser humano es responsable de sus decisiones y que la mala fe aparece cuando renuncia a esa libertad o pretende ocultar su responsabilidad detrás de excusas o determinismos.
Sin embargo, pienso que este concepto no puede trasladarse de manera absoluta al oficio del historiador. El historiador no escribe únicamente desde intereses personales; escribe sometido a un método, al análisis crítico de las fuentes y a criterios de validación propios de la disciplina histórica. Es cierto que toda investigación parte de preguntas formuladas desde el presente y que toda interpretación está condicionada por el contexto intelectual del investigador. Pero reconocer esta realidad no equivale a afirmar que toda escritura histórica sea, por definición, un acto de mala fe.
Tengo la convicción de que el verdadero desafío del historiador no consiste en eliminar por completo la subjetividad, algo humanamente imposible, sino en reconocerla, controlarla y someter sus interpretaciones al contraste permanente con la evidencia disponible. La objetividad histórica no significa ausencia de perspectiva, sino un compromiso permanente con la crítica, la confrontación de fuentes, la argumentación racional y la disposición a revisar nuestras conclusiones cuando nuevas evidencias así lo exijan.
Como suele decir el Dr. Edwin Santana, la ciencia se basa en la evidencia y en aquello que puede demostrarse. La historia no escapa a ese principio: aunque interpreta los hechos, sus interpretaciones deben sustentarse en evidencias, en la crítica de las fuentes y en un análisis metodológicamente riguroso. Esa es, a mi juicio, la mejor garantía contra cualquier forma de manipulación del pasado.
Por ello, más que afirmar que escribir historia es un acto de mala fe, prefiero pensar siguiendo a Marc Bloch que escribir historia es un ejercicio permanente de búsqueda, de crítica y de honestidad intelectual. Es reconocer que nuestras interpretaciones son siempre provisionales, que pueden y deben ser revisadas, y que el verdadero compromiso del historiador no es con una ideología, un gobierno o un grupo de poder, sino con la comprensión cada vez más profunda y humana del pasado.
Gracias, maestra, por escribir un artículo que invita al debate y a la reflexión. Si hoy me atrevo a dialogar con sus planteamientos es porque, en buena medida, usted me enseñó a cuestionar, a mirar la historia desde distintas perspectivas y a comprender que el conocimiento no avanza a partir de verdades incuestionables, sino mediante preguntas, argumentos y evidencias.
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