Tras varios días en París, me hacía ilusión volver a recorrer los Jardines de Luxemburgo y, de paso, por su cercanía, visitar el panteón y hacer el recorrido nocturno por el Sena hasta la torre Eiffel, previo a mi visita a la tumba de Napoleón, en los Inválidos. Así lo hicimos Marta y yo. Pedí un uber, temprano de mañana, que nos dejó en su puerta principal del Barrio Latino. Iniciamos la caminata, una fresca mañana de junio, antes de que el calor nos arropara. Nos tomamos fotos, frente a un lago, mirando los peces, los bellos veleros de juguete y los barquitos de papel, que alquilan. Paseamos mirando estatuas de dioses, heroínas y escritores (me tomé una ante la estatua de Baudelaire), y nos adentramos en sus jardines, de flores de distintas especies y colores. Caminamos debajo de sus árboles, en el parque frondoso y exuberante, ante los imponentes edificios del Senado francés, el Teatro Odeón, La Escuela Nacional Superior de Minas o el Teatro de Luxemburgo. En la caminata, vimos juegos infantiles y familias con niños que se montaron en un tiovivo: entraron a un quiosco y a un teatro de guiñol. Disfrutan un pasadía, montando en burros, contemplando actuaciones musicales gratis, sentados en mesas y sillas al aire libre o merendando en un restaurante o en un café. Hay huertos, actividades lúdicas y deportivas (juegos de tenis, baloncesto o artes marciales), invernaderos y viveros. Inmortalizado por Víctor Hugo en Los miserables, los Jardines de Luxemburgo fueron construidos durante el reinado de María de Medici, hacia el año 1614, pero se fueron extendiendo hasta 1631, y alcanzaron su extensión máxima, hacia 1792. Cuando se acabó la caminata, tuve la sensación de que su paisaje interior había cambiado, pues ya no estaban las mismas flores de colores variopintos, que vi hace once años.
Al salir del parque, llovía ligeramente. Caminamos hacia el Panteón, que se veía imponente, y daba la sensación de poca distancia. Nos dirigimos bordeando calles y aceras hasta la puerta de entrada. Lo encontré diferente a como lo vi en 2015. Esta vez había verjas y bloqueos. Pagamos las taquillas y penetramos a su nave interior, a ese templo de los inmortales y de los prohombres del parnaso de las letras y el pensamiento de la patria francesa. Es un monumento del arte neoclásico, mezcla de arquitectura griega y gótica, construido entre 1764 y 1790, situado en el Barrio Latino. Durante el siglo XIX fue un templo religioso y también un monumento patriótico. Su primer hombre ilustre, cuyos restos fueron depositados en una capilla, fue Víctor Hugo, durante la Tercera República.
Al entrar a su interior, nos deslumbramos por su majestuosidad e imponente belleza. Sobrecogen su monumentalidad y su decoración, sus columnas, estatuas y grupos escultóricos. Dentro de las estatuas de mármol de Voltaire y Rousseau, a ambos lados de su nave interior, están sus restos mortales. Aprovechamos la ocasión, como todos los turistas que lo visitan, para hacernos fotos, acaso buscando contagiarnos de su sabiduría e ilustración. En medio del recinto, se puede ver el objeto que más atrae las miradas y la curiosidad. Se trata del péndulo de Foucault, que consiste en una esfera metálica, que cuelga de un hilo casi invisible, desde el punto más alto de su bóveda interior, y que oscila en suspenso desde un cable de 67 metros de largo. Lleva su nombre porque fue León Foucault quien lo instaló, en 1851, para ilustrar la rotación de la tierra. Todos los visitantes observan su altura y movimiento, y se toman fotos, lo cual representa una experiencia fascinante, ilusionante e hipnótica.
El panteón fue concebido en el siglo XVIII para ser una iglesia que albergaría el relicario de Santa Genoveva, pero luego se destinó para honrar a los hombres ilustres de la Nación francesa. Inspirado en el panteón romano, en su fachada y en su cúpula, su decoración, diseño y construcción, así como sus símbolos e inscripciones interiores, representan la identidad del pueblo y la cultura francesa.
Procedimos a recorrer y contemplar su interior, sus espléndidas obras maestras de la escultura, y algunas exposiciones de pintura e instalaciones temporales o permanentes, de arte vanguardista. Luego, nos dispusimos a bajar las escalinatas para visitar las criptas donde están las tumbas de Víctor Hugo, André Malraux, Emile Zola, Jean Jaures, Jean Moulin, Louis Braille, Alejandro Dumas (llevado en 2002, por decisión del presidente Jacques Chirac, en un acto de justicia por corregir una injusticia cometida por tratarse de una escritor mulato), así como la de su arquitecto Soufflot, y el único negro: Aime Cesaire, el poeta surrealista martiniqueño, llevado en 2021 (de origen africano están Félix Eboue, Cesaire y Dumas). El panteón alberga los restos mortales de 75 hombres y 6 mujeres. Se decía que tenía un halo machista por la desproporción entre hombres y mujeres, por lo que las seis únicas mujeres son: Josephine Baker (llevada en 2021), Simone Veil (en 2018), Genevieve de Gaulle-Anthonioz (en 2015), Germaine Tillion (entrada en 2015), Marie Curie (en 1995) y Sophie Berthelot (en 1907, la primera mujer). De modo que, antes de 1907, ninguna mujer entró al panteón de los inmortales, y desde 1907 hasta 1995, tampoco. Hay combatientes franceses de la Segunda Guerra Mundial, placas de los escritores franceses muertos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, de las víctimas de la revolución de 1830 y de la revolución de 1848. En cambio, los restos de Marat y Mirabeau fueron retirados, en 1794: los del conde de Mirabeau, que habían sido llevados, en 1791 (el primer personaje en ser enterrado en el panteón), fueron retirados, en 1794, porque se descubrió que había tenido una correspondencia secreta con el rey Luis XVI, y por tanto, fue declarado traidor a la revolución. Y Marat, después de su asesinato, en 1793, sus restos, como es lógico, fueron llevados al panteón, pero, tras la derrota de los jacobinos, en 1794, meses después, sus restos fueron sacados porque fue repudiado como figura pública y, como tal, expulsado del mausoleo.
Al bajar, atravesamos laberínticos pasillos y esquivamos columnas de piedra. Caminar por esos espacios da la sensación de estar en una catacumba con pasadizos secretos y sentir el frío o el silencio, que produce pasearse por lápidas, bóvedas, criptas y tumbas. En las de Malraux y Víctor Hugo pude sostener un ramo de flores frescas y tomarlas para tomarme una fotografía al lado de sus sarcófagos. En 2015, había estado en el panteón y recorrido los mismos pasillos, pero volver me hizo sentir una sensación de plenitud y del deber cumplido.



Al salir del panteón paseamos por su alrededor: vimos la Plaza del Panteón, el Ayuntamiento, la imponente iglesia Saint Etienne du Mont, la biblioteca de Santa Genoveva, la Universidad París I (Pantheon-Sorbonne), la Universidad París II (Pantheon-Assas), y disfrutamos contemplando cafés, pizzerías y restaurantes de decenas de países. Nos detuvimos en un restaurante chino, y allí almorzamos, ya cansados de caminar y con los ojos duros de ver tantas maravillas arquitectónicas.
Ya por la tarde, visitamos la tumba de Napoleón, tras una larga travesía a pie, bordeando el Sena y luego de pasear por el patio del Museo del Louvre y tomarnos fotos (esta vez no entré, como en 2015, por la premura del tiempo). Al llegar, nos tomamos fotos en la puerta de entrada; entramos, y nos recibieron unos militares muy amables –y hasta risueños. Caminamos y atravesamos el enorme patio: cruzamos largo pasillos, ante cientos de visitantes hasta que, finalmente, arribamos a la monumental iglesia, en cuya cámara subterráneo está el sarcófago con la tumba de Napoleón. Se trata de una cúpula dorada en la iglesia del Domo en el conjunto de edificios o complejo arquitectónico llamado Los inválidos, donde está la última morada del ilustre emperador, militar y guerrero, sobre una base de granito verde, inaugurada en 1861, y diseñada por el arquitecto Louis Visconti. El sarcófago fue construido en piedra de cuarzo roja –similar a los sarcófagos egipcios– y está rodeado por doce estatuas de mármol, que representan igual número de victorias. Su cuerpo está depositado en seis ataúdes de hierro, caoba, plomo y ébano, y en el mismo recinto, están los restos de su hijo Napoleón II, sus hermanos y otros jefes militares. Primero Napoleón fue enterrado donde murió, es decir, en la isla de Santa Elena. Pero el rey Luis Felipe I ordenó que sus restos fueran traídos a París, en 1840, y exhumados en la capilla San Jerónimo de los Inválidos, terminada de construir, en 1861. Los inválidos fue, en sus inicios, un hospital; después, una iglesia y luego residencia de ancianos, y actualmente es un mausoleo o Museo del Ejército –o de Armas. Es de estilo barroco y fue construido en 1671. En el interior de la plaza están: la Cúpula de los inválidos, Catedral de San Luis de los Inválidos, Museo de los planos en relieve, Museo de la Orden de la Liberación, Institución Nacional de los inválidos, Gobernador de los Inválidos, Gobernador Militar de París, Cancillería de la Orden de la Liberación y la Oficina Nacional de antiguos combatientes y víctimas de guerra. Su idea y concepción se deben al rey Luis XIV, quien ordenó construir el complejo arquitectónico de los inválidos, en 1670, para ofrecerles un espacio a los veteranos inválidos de guerras, que quedaban sin techo. Sus principales edificios fueron construidos entre 1671 y 1674, y la iglesia, en 1706, treinta años más tarde. El 14 de julio de 1789 fue ocupado por los revolucionarios. En 1940, fueron colocados los restos de Napoleón II, como parte de una cesión de Hitler al gobierno colaboracionista de Vichy.
Ya al caer la tarde, tomamos un bus, y nos fuimos a la Basílica Sagrado Corazón (Sacre Coeur), donde también había estado en 2015, santuario construido entre 1875 y 1914, de estilo romano-bizantino. Este monumento religioso fue construido en piedras blancas traídas del Castillo Landon (Chateau-Landon): funciona como un centro de oración para los cristianos que visitan París y también para los turistas del mundo. Su interior contiene “el mosaico más grande del mundo en su techo, dedicado al Sagrado Corazón”; fue construida y diseñada por el arquitecto Pablo Abadie. Subimos la colina del barrio de Montmartre, el lugar más alto de París, una cuesta o escalinata bastante empinada, donde se ve gran parte de la ciudad. Su cúpula está a 200 metros de altura sobre el Sena. Después de la torre Eiffel, es el segundo lugar más visitado por los turistas del mundo. La idea de su construcción se remonta al ex obispo de Nantes, Félix Fournier, en 1870, después de la derrota de Francia, en la batalla de Sedan, durante la guerra franco-prusiana. Como consecuencia de esa derrota y al atribuir sus causas a la decadencia moral de Francia, tras la Revolución francesa de 1789, Fournier propuso crear una nueva iglesia en honor al Sagrado Corazón de Jesús. Su construcción se inició en 1875 y se tardó cuarenta años, entre cinco arquitectos, hasta su terminación, en 1914, y su apertura, en 1919. Hoy es un lugar sagrado de peregrinación del arte cristiano, donde se expone el Santísimo Sacramento.
Recorrimos las calles empedradas, y vimos los hermosos cafés y restaurantes con toldos rojos (típico de París) repletos de clientes y comensales, de este barrio bohemio, lleno de artesanías y obras de arte –donde Edith Piaf fue una leyenda. Nos detuvimos en un bar a tomar un par de cervezas para mitigar el cansancio y el calor, acompañadas de quesos y panes. Entramos, y recorrimos la nave interior, la capilla, el ábside: vimos velas, candelabros y velones encendidos, ante la presencia de cientos de feligreses. Caminamos embelesados, mirando en derredor y hacia la bóveda interior, contemplando su majestuosidad, monumentalidad y vistosidad. Al salir, descendimos por las escalinatas, repletas de jóvenes que oían música, hablaban y disfrutaban del concierto de un joven pianista. No usamos el funicular sino que bajamos a pie y visitamos tiendas de artesanías, bares, restaurantes y cafés. Nos detuvimos a cenar en uno de ellos, y procedimos a caminar por la avenida. Pasamos por el Moulin Rouge, ya de noche, con sus luces encendidas, y decenas de night clubs, tiendas de objetos eróticos y bares llenos de bebedores y fiesteros. Frente al Moulin Rouge, pedí un Uber, ya exhaustos, que nos llevó hasta el hotel.
Al día siguiente, recorrimos nuevamente el Sena, y esperamos la caída de la tarde para tomar uno de los barcos turísticos de los tantos, que recorren sus oscuras y fétidas aguas, de día y de noche. En 2015, no hice el recorrido, pero esta vez, decidimos firmemente hacerlo. Así que, compré los tickets, dos horas antes, y esperamos en el bar del barco, tomando un par de cervezas hasta que, finalmente, llegó el momento de abordar. Hicimos una larga fila, pero que fluyó con celeridad. Nos brindaron champagne durante el recorrido y pudimos ver la ciudad de París desde el Sena, en una travesía de una hora, entre fotos, la brisa de la noche y las luces de la Ciudad-Luz. Fue un viaje placentero, mágico y romántico, en el que todos los turistas no cesaron de tomar fotos y grabar videos. Ya veo por qué París es la ciudad del amor, donde los novios se casan o celebran su luna de miel y donde las parejas hacen votos de eternidad. El trayecto es sereno. Vimos otras lanchas, yates y barcos, que nos cruzaban, con sus luces encendidas. Algunos celebraban bodas o cumpleaños, repletos con familias de turistas del mundo, que celebran la vida y la unión familiar. Hay grupos que se saludan desde la nave o que reciben saludos desde los múltiples puentes o desde las orillas del Sena. Así es y se vive esta experiencia única e intransferible. El viaje termina cerca de la torre Eiffel, cuando encienden todas sus luces, sus miles de bombillas, desde la base hasta la cúspide. Las encienden y apagan, y las hacen pestañear como si estuvieran celebrando la llegada del Año Nuevo. Durante algunos minutos, la torre Eiffel se enciende con luces de neón intermitentes, que pestañean, al ritmo de la noche, nostálgica y bohemia. Cada vez que se acerca una embarcación, cargada de turistas y viajeros, la torre Eiffel se convierte en un árbol navideño, al parpadear sus bombillas. Durante toda la noche, y cada noche, encienden sus miríadas de luces, que se muestran brillantes y luminosas para iluminar las noches parisinas. El barco pausa para que sus ocupantes disfruten del espectáculo, y todos aplauden. Pero, el momento más conmovedor, sentimental y romántico, es cuando ponen en francés la canción Le Boheme de Charles Arnavour. Así concluye la gira nocturna:
La bohème
Je vous parle d’un temps
que les moins de vingt ans
ne peuvent pas connaître
montmartre en ce temps-là
accrochait ses lilas
jusque sous nos fenêtres
et si l’humble garni
qui nous servait de nid
ne payait pas de mine
c’est là qu’on s’est connu
moi qui criait famine
et toi qui posais nue
La bohème, la bohème
ça voulait dire : on est heureux
la bohème, la bohème
nous ne mangions qu’un jour sur deux
Dans les cafés voisins
nous étions quelques-uns
qui attendions la gloire
et bien que miséreux
avec le ventre creux
nous ne cessions d’y croire
et quand quelque bistro
contre un bon repas chaud
nous prenait une toile
nous récitions des vers
groupés autour du poêle
en oubliant l’hiver
La bohème, la bohème
ça voulait dire : tu es jolie
la bohème, la bohème
et nous avions tous du génie
Souvent il m’arrivait
devant mon chevalet
de passer des nuits blanches
retouchant le dessin
de la ligne d’un sein
du galbe d’une hanche
et ce n’est qu’au matin
qu’on s’asseyait enfin
devant un café-crème
épuisés mais ravis
fallait-il que l’on s’aime
et qu’on aime la vie
La bohème, la bohème
ça voulait dire : on a vingt ans
la bohème, la bohème
et nous vivions de l’air du temps
Quand au hasard des jours
je m’en vais faire un tour
à mon ancienne adresse
je ne reconnais plus
ni les murs, ni les rues
qui ont vu ma jeunesse
en haut d’un escalier
je cherche l’atelier
dont plus rien ne subsiste
dans son nouveau décor
montmartre semble triste
et les lilas sont morts
La bohème, la bohème
on était jeunes, on était fous
la bohème, la bohème
ça ne veut plus rien dire du tout
El barco detiene su marcha, luego gira, da la vuelta y regresa al lugar del inicio del viaje. Por eso dijo el rey Enrique IV de Francia (Enrique de Borbón) que “París bien vale una misa”. “París no se acaba nunca”, titula Enrique Vila- Matas su novela (que leí mientras viajaba de París a Roma en 2015). O: “Siempre nos quedará París”, le dice, en el clásico film Casablanca, de 1942, Humphrey Bogart (Rick Blaine) a Ingrid Bergman (Ilsa Lund), al despedirse. Nunca conoceremos París porque es infinita. El gusto y el placer no se sacian. La bohemia, la nocturnidad, la buena vida, el goce, la alegría de vivir no se satisfacen, pues París no fue inventada solo para el amor sino también para la memoria y la eternidad. ¡Au revoir, París! ¡A bientot!
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