Durante décadas, Cuba fue mucho más que una isla o un sistema político. Para amplios sectores de América Latina representó soberanía, dignidad nacional y rebeldía frente al orden establecido y al poder de Estados Unidos. Hoy, sin embargo, el deterioro económico y social de la isla parece expresar algo más profundo: el agotamiento histórico de una promesa que durante generaciones alimentó buena parte de la imaginación política latinoamericana.
Entre la memoria de la Guerra Fría, el antiimperialismo y una crisis que se prolonga sin horizonte visible, emerge una pregunta incómoda: ¿vive Cuba solamente una larga crisis económica y política o asistimos al desgaste definitivo de un paradigma incapaz ya de ofrecer futuro y esperanza a generaciones enteras?
- Cuba: símbolo, promesa y memoria
Para buena parte de la generación latinoamericana nacida después de la Segunda Guerra Mundial, Cuba nunca fue solamente un país. Fue también un símbolo político y emocional. En un continente atravesado por dictaduras, desigualdades e intervenciones externas, la Revolución cubana apareció como la imagen de una pequeña nación capaz de desafiar a Estados Unidos en plena Guerra Fría.
Yo pertenecí, de alguna manera, a esa generación. Y visto desde hoy, agradezco haberla vivido. Aquella promesa, con todo lo que después revelaría la historia, dio a mi juventud una cuota de rebeldía, esperanza y sentido de vida que hicieron la diferencia.
La Revolución cubana ocurrió cuando tenía apenas tres años. A los nueve me alcanzaron, aún desde un campo dominicano, la conmoción de la Revolución de Abril de 1965 y el impacto de la intervención militar estadounidense, cuya justificación política quedó atravesada por el temor de que surgiera “otra Cuba” en el Caribe. Mientras entraba en uso de razón y luego en la adolescencia, ser joven, crítico y contestatario en mi entorno significaba casi naturalmente ser antibalaguerista, desconfiar del poder estadounidense y sentir, al menos, simpatía por las ideas revolucionarias encarnadas en el proceso cubano.
A los dieciocho años sabía y declamaba de memoria el Versainograma a Santo Domingo, de Pablo Neruda. En 1974 tuve incluso ocasión de recitarlo ante un grupo de alrededor de cuarenta visitantes norteamericanos en el Centro de Promoción Campesina, en Pontón, La Vega. Su provocadora moraleja —«en Santo Domingo y en Vietnam / prefiero ver norteamericanos muertos»— retrata de cuerpo entero la temperatura ideológica y emocional de una parte de la juventud de entonces. Yo nunca me asumí socialista, y menos comunista, pero Cuba y la Revolución formaban parte de aquel universo de rebeldía, soberanía y justicia social con el que, en mayor medida, me identificaba.
Cuba era una especie de mito. Una ilusión política imperfectamente comprendida, pero cargada de significados. Todavía recuerdo con nitidez la curiosidad y el entusiasmo casi religioso de ver por primera vez, a comienzo de los ochentas, en Baní, a jóvenes comunistas cubanos: algo de aquel mito adquiría de repente rostro humano.
Y, sin embargo, durante años preferí mirarla desde lejos. En los noventa y en la primera década del siglo actual tuve varias oportunidades de viajar a la isla vecina y las esquivé. Hoy creo comprender mejor aquella reticencia: prefería conservar en el imaginario a la novia pura de los tiempos del ensueño antes que confrontarla con la realidad. No era casual que tantos de mi generación escucháramos El breve espacio en que no estás, de Pablo Milanés, como si aquella imperfecta relación amorosa hablara también de la nuestra con la revolución cubana: “No es perfecta, mas se acerca a lo que yo simplemente soñé.”
Pero aquella idealización no significaba desconocer el carácter autoritario de la revolución. La concentración del poder y la represión de las disidencias formaron parte de su trayectoria desde los primeros años; esta última, además, alcanzó episodios de particular brutalidad.
Tampoco las carencias materiales eran una novedad. La Cuba prerrevolucionaria había ofrecido abundancia a unos pocos mientras amplios sectores permanecían marginados. Más que la ideología, la profunda injusticia social de la Cuba de Batista dio a la Revolución su mayor justificación histórica y moral: a esos desheredados prometió redimir.
Sin desconocer conquistas sociales concretas —particularmente la ampliación del acceso a la educación y la salud y la apreciable elevación del nivel educativo y cultural de la población—, con los años resultó cada vez más difícil sostener que aquella redención integral —material, política y humana— hubiese llegado. La novia del ensueño, en rigor, nunca había sido en la realidad lo que yo había soñado.
- El desgaste del paradigma
La historia continuó su agitado curso. Años después, visité Cuba un par de veces. Ya no había distancia protectora entre el símbolo y la realidad.
Salí triste, desconcertado y, sobre todo, descorazonado.
Conservo el recuerdo vívido de cubanos en La Habana, mayormente jóvenes, que pude observar en el Malecón, parques, calzadas o esquinas; conviviendo, entre silencios intermitentes, como contemplando la nada. Jóvenes, con seguridad, de relativamente alto nivel educativo, pero en quienes percibí poco entusiasmo, escasas posibilidades, aburrimiento y tedio. Una sequía de esperanza. Hasta el gesto sencillo de acompañar aquellos encuentros con una Cristal o una tuKola en la mano me pareció infrecuente. Más que la pobreza material, me impresionó la sensación de horizonte clausurado. Difícilmente esa estampa sea mejor ahora.
La convicción de que el futuro estaba fuera de Cuba llevaba ya tiempo instalada entre los jóvenes: marcharse comenzaba a percibirse como una de las salidas más promisorias. Si aquella sensación era visible entonces, es razonable pensar que las crisis, las carencias y el éxodo posteriores la hayan profundizado. Así ha sido.
Cuando una gran parte de la juventud siente que solo puede construir su proyecto de vida fuera de su país, queda al descubierto una fractura profunda entre sociedad y porvenir. Y hay problema.
Y aquí conviene distinguir. Una cosa es el agotamiento de la promesa revolucionaria y del modelo económico y social construido en su nombre; otra, la capacidad de supervivencia del régimen que lo administra. Cuba puede estar agotando su modelo sin que el poder haya agotado todavía sus recursos de cohesión, control y resistencia.
Ahora bien, tampoco sería intelectualmente serio explicar la crisis como resultado exclusivo de los errores del sistema cubano. El embargo, las sanciones y las sucesivas políticas estadounidenses de presión han impuesto durante décadas costos extremadamente gravosos. No son costos abstractos. El sistema ha tenido que concentrar recursos, energías y esfuerzos en enfrentar sus consecuencias; y la sociedad cubana los ha pagado también —y quizá sobre todo— en forma de escasez, privaciones, deterioro de servicios, pobreza y sufrimiento cotidiano.
La presión externa no explica por sí sola la crisis cubana, pero tampoco puede reducirse a una nota al pie de página. Ha agravado restricciones, estrechado márgenes de maniobra y añadido dureza a una realidad ya severamente castigada por las propias insuficiencias del modelo.
Pero reconocer esa responsabilidad estadounidense tampoco exonera al sistema. Las rigideces, ineficiencias, errores de política, ausencia de libertades y reformas permanentemente postergadas tienen raíces internas y han contribuido decisivamente al deterioro.
El drama cubano está, precisamente, en esa doble realidad.
- El desencanto de una era
Quizá por eso el agotamiento de Cuba provoca sentimientos contradictorios en quienes alguna vez la miramos con simpatía crítica. No hay aquí satisfacción por haber tenido razón. En mi caso hay, más bien, tristeza por comprobar que aquella promesa de rebeldía y dignidad terminó siendo incapaz de acercar a los cubanos algo tan elemental como un horizonte vital razonablemente abierto.
Creo esto: ningún proyecto político, paradigma histórico o relato ideológico debería considerar aceptable el sacrificio prolongado del futuro de generaciones enteras.
El socialismo, la soberanía, la resistencia o cualquier otro valor político pueden formar parte de la identidad de una nación. Pero no pueden —ni deben— convertirse indefinidamente en sustitutos del bienestar, la libertad, la realización personal, la esperanza y la justicia social. Los pueblos no viven únicamente de valores proclamados. También necesitan oportunidades, progreso, dignidad cotidiana y la posibilidad real de construir una vida mejor.
Los símbolos históricos rara vez desaparecen de golpe. Se desgastan lentamente.
Cuba, que durante décadas marcó profundamente la imaginación política latinoamericana, enfrenta hoy no solo una crisis económica y social persistente, sino el desgaste de su capacidad para ofrecer un horizonte creíble de futuro. Para muchos, Cuba dejó de ser aquel paradigma.
Y quizá ahí resida una de las dimensiones más dolorosas del drama cubano contemporáneo: el desencanto de generaciones que heredaron una promesa histórica que ya no logra responder a sus aspiraciones más elementales.
Epílogo
Cuba sigue provocando emociones complejas porque para muchos latinoamericanos nunca fue simplemente un régimen político. También fue una esperanza histórica.
Yo mismo necesité décadas para recorrer la distancia entre aquella Cuba imaginada y la Cuba real.
Pero las promesas históricas también pueden agotarse. Y cuando una sociedad comienza a perder la capacidad de ofrecer futuro a sus jóvenes, lo que entra en crisis no es solamente un modelo político.
También comienza a agotarse una época.
Compartir esta nota