Había un grandísimo placer en eso de “defragmentar” en los primeros Windows, esos puntos que se iban borrando y tú pensando que la memoria de la computadora a partir de entonces sería todo un Fórmula Uno.

A veces siento ese placer macabro cuando alguien me saluda y no preciso su nombre. “¡Lo borré!”, me digo. “¡Goool!”, como gritaría un locutor argentino.

En verdad tengo terabytes en mi memoria y ya no sé qué hacer con ellos.

Me sé la mitad de las canciones de José, los highs de Wilfrido y un 20 por ciento de temas del Mayimbe, y esto no me servirá para ningún descuento en La Venganza o en Bader, ni siquiera para que la gerontocracia viejeba que siempre nos devuelve lo mejor del trío Vegabajeño en el Karaoke de la 27 me ensalse.

Podría repetir como un monje tibetano cómo fue el trabucazo del 27, lo de Lilís en Moca en 1899, lo del Jefe en 1961 y hasta cómo Caamaño cogió tremenda cuerda y arranquen y vámonos, que se armó la de tú-a-vito-ar-diablo en 1965. Con esos saberes no podré hacer nada en Juan Dolio: tendré que buscar uno de los tres caminitos de los infelices para acceder a tan hermosa playa, si no es que algunos de mis fieles en Hemingway me responden que sí, que pase, que por qué no había llamado antes.

Me encantaría quitarme todo eso que llaman dominicano y que al parecer llevo en la sangre, porque en verdad, según le he confesado a mi siquiatra, el mangú me deprime, ya no soy escogidista y si me ponen a Fefita un domingo en la tarde ahí mismo cojo las armas.

Cuando a mis amigos se les escapan palabras como “raíces”, “identidad”, “dominicanidad”, “orgullo”, me siento como un perro en Pompeya.

Otras frases serán aún peores, con perdón de Dago, los catorcistas, los caamañistas, los iluminatis locales, la Comisión de Efemérides Patrias, el Instituto Duarte, el chorro de hijos “de” revolucionarios, anti esto y anti lo otro: “contra el olvido”.

¿Qué hemos hecho con tantos recuerdos en estos años del siglo XXI?

Lentamente los que nos precedieron van entrando en un Museo de Cera.

Espero que no sigan encendiendo lo que sea. ¡Se podrán derretir!

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

Ver más