El martes de esta semana me encontraba viendo un programa de noticias cuando la televisión se detuvo y comenzó a cargar como buscando señal, esperé y nada. El servicio de cable se había detenido, la internet no funcionaba y el teléfono menos. Esperé un buen rato hasta que, pasadas dos horas, decidí reportar la avería.

En nuestro querido terruño, en este pedazo de isla, tener averías en los servicios es una agonía.

Hace unas cuantas semanas hubo un problema en el "paloe’lu". De un momento a otro el aire acondicionado de mi habitación comenzó a prender y apagar. Esperé un buen rato; cuando abrí la puerta de la calle, el cable que alimentaba mi casa, por efecto de la lluvia y la brisa, hacía un falso contacto y lanzaba chispas. Al otro día lo reporté y muy pronto vino una pequeña unidad a reparar. Les dije a los técnicos cuál era el problema. Ellos me dijeron que no lo podían arreglar, que tenía que venir una unidad con un canasto, que en menos de una hora vendría la unidad correspondiente. Pasaron cinco días y por fin vinieron a solucionar el problema.

No me gusta estar molestando a mis hijos con algo que yo puedo solucionar. Cuando mi hijo mayor vino, le dije sobre lo que pasaba; él llamó e hizo un nuevo reporte, le habló bastante fuerte y al otro día, bien temprano, vinieron a arreglar la luz. Lo penoso es que me dijeron que habían venido y que no había nadie. Gran mentira: nunca salgo de aquí, más aún cuando estaba pendiente del servicio.

Reportar una avería, de la clase que sea, es casi desesperante. Nadie hace caso. Quienes atienden son máquinas que le van diciendo a qué número hay que darle.

Lo que quiero contar hoy dista mucho de mis quejas. Al no tener ningún medio para ocupar mi tiempo, opté por escribir, releer los cuentos de don Gustavo Olivo y don Eloy Tejera y contar la siguiente historia.

En la compañía en que mi hijo menor trabaja, el Día del Trabajo le dieron una placa por su excelente desempeño y le obsequiaron un "pasadía" en un hotel que me encanta, ya que ha sido remodelado y tiene nuevos dueños. Iba a decir "day pass", pero no me gusta ese lenguaje adoptado por los "agentaos" que hablan mitad inglés, mitad español pensando que eso les da estatus, que pertenecen a una clase social alta. "Salta pa’trá".

A él no le llama la atención la vida de hoteles, y esto que estudió administración hotelera, incluso con posgrado en España, pero se dedica a otro tipo de administración, por lo que me regaló su premio, pues sabe que la vida de hoteles es mi debilidad.

Como el pasadía era para dos personas, pensé que el mejor día era el martes, pues hay menos gente en los hoteles. Invité a mi amiga Idalia y ese día, cual dos turistas, nos terciamos el sombrero de playa y los lentes de sol. Mi hijo nos mandó con el chofer; me preguntó si nos tenía que esperar, le dije que regresábamos en un minibús.

Cerca de las seis de la tarde nos recogimos y salimos al frente del hotel a tomar nuestro transporte. Gran experiencia, no por usar ese medio, sino por lo vivido en el trayecto.

Nunca he sido xenófoba, menos con los nacionales haitianos. Al contrario, he valorado el servicio que nos brindan haciendo los trabajos tan pesados que los nuestros no quieren realizar.

En el minibús venían muchos obreros haitianos, con una limpieza impresionante. De pronto nos detuvimos; entraron unos jóvenes, con lo silencioso que llegaron, ni cuenta me di, pero mi amiga Idalia me dijo bajito que estaban pidiendo documentos, entonces supe que eran oficiales de migración. Todos sacaban sus cédulas cuando les requerían. A una señora le quedaban dos días para renovar y ellos, con mucha educación, le dijeron que procurara ponerse enseguida al día.

Hasta ahí todo bien.

En el asiento al lado del chofer iba una joven; cuando le pidieron sus documentos, parece que no los tenía. Los dominicanos que íbamos ahí les decíamos a los oficiales que le dieran una chance, yo la primera. Parece que luego de que perdiéramos unos largos minutos, ella se dignó encontrarlos y seguimos.

Tan pronto arrancó esa guagua, una señora joven que iba en el asiento delante del de nosotras comenzó a lanzar cuantos improperios podían salir de su boca. Idalia me hizo seña de que no hablara, que era una haitiana.

Nunca pensé que alguien a quien se le han abierto las puertas del país fuera capaz de referirse de la forma tan asqueante sobre nosotros, como lo hizo esa señora.

Antes de llegar a la parada final me trasladé a uno de los primeros asientos de manera que me fuera más fácil bajar. Pero si la señora que lanzó tantos improperios me dio pena y asco, más sentí cuando el chofer le dijo al cobrador que esa señora a quien le pedían los documentos los tenía y que se estaba burlando de los oficiales, que les daba números de teléfono equivocados, números erróneos de cédula y que, después, al verlos con toda la paciencia, educación y sin alterarse, cuando le dio la gana, les entregó la cédula.

Yo, que he sido una abanderada de un trato digno, incluso con los indocumentados, me he sentido defraudada, porque yo he estado en muchos países como turista y en uno en especial viviendo por un tiempo, y no he sido capaz ni siquiera de lanzar una mirada que fuera de censura o incomodidad. Al contrario, siempre con gran agradecimiento y respeto.

¡Qué pena he sentido con esa situación!

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

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