Hay relatos que no envejecen porque descubrieron algo más persistente que las circunstancias en que fueron escritos. El país de los ciegos, publicado por H. G. Wells en 1904 y revisado en 1939, pertenece a esa categoría. Su vigencia no está simplemente en imaginar a un hombre que puede ver entre quienes nunca han conocido la visión, sino en preguntarse qué ocurre cuando una comunidad confunde aquello que está preparada para reconocer con los límites mismos de la realidad.
Núñez cae en un valle aislado donde la ceguera se ha transmitido durante generaciones. Como posee una facultad desconocida por los demás, supone que esa diferencia lo hará superior y recuerda el proverbio según el cual, en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Pronto descubre que aquella sociedad no espera ser rescatada; ha aprendido a orientarse, trabajar y producir conocimiento sin recurrir a la visión. Lo que para Núñez constituye evidencia carece, para los demás, de lugar dentro de la experiencia posible.
Ahí comienza el problema verdadero. Núñez ve lo que otros no pueden ver, pero de ello no se sigue que comprenda mejor todo cuanto sucede. Los habitantes del valle poseen conocimientos que él inicialmente desprecia, pero convierten los límites de su experiencia en límites del mundo. Una parte confunde ventaja cognitiva con superioridad; la otra, consenso con realidad. La vieja caverna de Platón reaparece, pero Wells la vuelve más incómoda; así, quienes no ven no son prisioneros pasivos de sombras, sino miembros de una sociedad funcional capaz de defender su mundo.
Los médicos del valle hacen visible esa dificultad. Interpretan los ojos de Núñez como una anomalía responsable de sus ideas y consideran razonable corregirla. El razonamiento posee coherencia interna; el problema está en las premisas. En la revisión de 1939 Wells endurece la paradoja; Núñez percibe señales de un derrumbe e intenta advertir a la comunidad, pero su testimonio vuelve a resultar ininteligible. La montaña introduce entonces un límite que ninguna construcción social puede abolir. Podemos producir lenguajes, instituciones y criterios de legitimidad; no decidir por consenso qué consecuencias tendrá la realidad.
El tuerto no debería ser rey por el simple hecho de ver, pero tampoco debería perder los ojos para que la comunidad conserve intacta su explicación del mundo.
También Núñez necesita ser corregido porque el que pueda ver no convierte su mirada en absoluta. El perspectivismo de Nietzsche resulta útil cuando se lo separa del relativismo vulgar. Conocer desde una perspectiva limita lo que cada mirada puede captar del mundo, no la vuelve equivalente a cualquier otra. Foucault añade otra incomodidad al mostrar que instituciones, prácticas y relaciones de poder intervienen en aquello que una sociedad acepta como verdadero. Ninguna de esas intuiciones disuelve los hechos; ambas aumentan la necesidad de procedimientos para distinguir lo sustentado de lo inventado y revisar una conclusión ante evidencia suficiente.
La investigación reciente hace menos cómoda la explicación de la posverdad. Un metaanálisis publicado en Nature Human Behaviour en 2025, basado en 194,438 participantes de 40 países, encontró que las personas distinguen en promedio las noticias verdaderas de las falsas cuando se les pide juzgar su exactitud y que, cuando se equivocan, muestran una tendencia algo mayor al escepticismo que a la credulidad. No parece suficiente decir que vivimos rodeados de personas incapaces de reconocer lo falso. Importan también la atención, la confianza, la identidad y el costo de aceptar información contraria a convicciones previas.
Es que una democracia no necesita unanimidad, pero sí alguna realidad factual que ninguna mayoría pueda modificar por conveniencia. Arendt fue precisa en esa distinción cuando sentencia que los hechos informan las opiniones, y estas pueden divergir mientras respeten la verdad factual. Habermas completa el problema con una mirada distinta enfatizando que no basta con que los hechos existan si las razones no pueden circular, encontrar objeciones y atravesar comunidades diferentes. La pluralidad admite muchas interpretaciones de un mundo común; la posverdad comienza cuando cada grupo necesita además sus propios hechos y termina inmunizándose frente a cualquier evidencia exterior.
Las tecnologías digitales pueden favorecer esa fragmentación, aunque sería perezoso atribuirla simplemente a “los algoritmos”. Preferencias humanas, incentivos comerciales, segmentación y divisiones sociales preexistentes interactúan de maneras más complejas. Habermas acierta al advertir que la abundancia informativa no garantiza comprensión toda vez que la escasez contemporánea puede no ser de datos, sino de atención, confianza y espacios donde informaciones rivales sean sometidas a reglas comunes de contraste. Tener millones de conversaciones simultáneas no equivale a deliberar.
La inteligencia artificial añade una dificultad distinta pues su capacidad para producir contenidos sintéticos plausibles no solo facilita falsificaciones; también hace más fácil negar como falso aquello que es auténtico. Chesney y Citron denominaron “dividendo del mentiroso” a esa ventaja. En 2023, durante un litigio relacionado con Autopilot, abogados de Tesla cuestionaron la autenticidad de las declaraciones grabadas de Elon Musk alegando la posibilidad de deepfakes; la jueza calificó el razonamiento de profundamente inquietante. El episodio muestra que cuanto más sabemos que algo puede falsificarse, más fácil puede resultar desacreditar la evidencia genuina. El riesgo no es únicamente creer mentiras, sino perder la capacidad compartida para establecer hechos y atribuir responsabilidades.
¿Cómo salir de ahí sin reemplazar una clausura por otra? No mediante una autoridad infalible encargada de decirnos qué creer. Eso reproduciría el valle bajo otra forma. La intuición más fértil de Popper fue que una sociedad abierta vale por su capacidad de descubrir y corregir errores, no por la infalibilidad de sus instituciones. Datos trazables, métodos transparentes, investigación expuesta a refutación, periodismo que rectifica, jueces que exigen prueba, autoridades que justifican sus decisiones y ciudadanos capaces de modificar una conclusión ante mejores razones pertenecen a una misma arquitectura de corrección.
Regresamos así a Wells. El tuerto no debería ser rey por el simple hecho de ver, pero tampoco debería perder los ojos para que la comunidad conserve intacta su explicación del mundo. Lo decisivo es que existan procedimientos capaces de comprobar qué aporta su mirada y también de mostrar dónde se equivoca. Tal vez la verdadera frontera de la posverdad pase, más que por la distancia entre la verdad y el error, por la que separa a las sociedades que todavía pueden ser corregidas por la realidad de las que han aprendido a protegerse de aquello que las contradice.
El derrumbe de la montaña y el litigio de Tesla comparten una misma advertencia: Ninguna sociedad decide por consenso las consecuencias de lo real, y solo conserva la posibilidad de corregirse aquella que construye procedimientos capaces de exponer el error antes de que la realidad lo haga por ella.
Notas y fuentes
Wells, H. G. (1904). The country of the blind. The Strand Magazine. (Versión revisada, 1939, Golden Cockerel Press.)
Pfänder, J., & Altay, S. (2025). Spotting false news and doubting true news: A systematic review and meta-analysis of news judgements. Nature Human Behaviour, 9, 688–699. https://doi.org/10.1038/s41562-024-02086-1
Chesney, R., & Citron, D. K. (2019). Deep fakes: A looming challenge for privacy, democracy, and national security. California Law Review, 107(6), 1753–1820.
Nayak, M., O’Kane, S., & Bloomberg. (2023, 27 de abril). Elon Musk’s lawyers argue recordings of him touting Tesla Autopilot safety could be deepfakes. Fortune. Caso: Huang v. Tesla, Corte Superior del Condado de Santa Clara, California (jueza Evette Pennypacker).
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