“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. Así comienza Alfons García su magnífica columna sobre El jardinero y la muerte, obra de Gueorgui Gospodínov, que inicia con esa frase demoledora y en donde el escritor búlgaro narra lo que vivió en los meses en que su padre lentamente moría. No he leído este libro pero, a juicio de muchos de quienes entusiastamente lo han reseñado, es bellísimo y plantea al lector cómo acontece la “ceremonia del adiós” —Simone de Beauvoir dixit— al padre y cómo enfrenta el hijo su ausencia definitiva.
García señala que “esa sí es una primera frase”, tal “como pedía Borges”: “un inicio que noquee”, verdaderamente rompedor. Este nos recuerda la célebre apertura de El extranjero, de Albert Camus: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”.
Pero el inicio de la novela de Camus lo que revela es que su protagonista, Meursault, no muestra dolor ante la muerte de su madre, al extremo de que no sabe si fue hoy o ayer, lo que evidencia su total apatía, desapego emocional y desconexión de sus más íntimos vínculos familiares. No por azar, cuando mata a un hombre en la playa, en juicio lo condenan no solo por homicidio, sino por la razón de que “no lloró en el entierro de su madre”.
Lo que plantea la muerte de un padre para sus hijos es otra cosa fundamental. Lo duro de esta es perder la brújula que nos orientó mientras vivía, no contar con la presencia de quien, a pesar de no tener todas las respuestas, estaba dispuesto a escuchar y comprender nuestras preguntas.
A fin de cuentas, señala García, citando a Gospodínov, pasado el duelo, “sobreviven solo las historias”. Las historias que narraba nuestro padre en la época más importante de un ser humano: la infancia. Y es que, ya lo dice Louise Elisabeth Glück, “miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Son esas historias las que, en el nombre y memoria de nuestros padres, contamos también a nuestros hijos y nietos.
Muchas de estas historias pueden ser esos chistes paternos claramente agrios para sus hijos y que, según Pablo Malo, refiriéndose a estudios del psicólogo Paul Silva, ayudan a reducir el estrés, a regular las emociones y a permitir que estos intervengan de modo ligero y positivo en los momentos de tensión. “Aunque los hijos se quejen de lo malos y vergonzosos que son, estos chistes crean recuerdos agradables, enseñan a los niños a aceptar el humor aunque no sea perfecto y refuerzan la relación padre-hijo de una forma natural y cotidiana”.
Si “la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”, como afirma certeramente Gabriel García Márquez, la niñez no es más que fábrica de recuerdos, bajo la atenta guía paternal. Estos recuerdos nos permitirán comprender y soportar los momentos recios que indefectiblemente pasaremos como adultos. Como la vida de uno comienza a apagarse desde el momento del nacimiento hasta la muerte, son precisamente esas remembranzas las que iluminan el camino y el final de nuestro recorrido terrenal.
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