Creo que la historia de nuestra Restauración no se ha escrito todavía, como tampoco se ha escrito la evolución y la historia de nuestra dominicanidad, ya que enormes lagunas desconectan acontecimientos importantes, oscurecen la explicación de ciertos hechos exactos y las pasiones nos distancian de nuestros verdaderos héroes. Esa es la razón por la que acaban por resultar un tanto incongruentes los datos ciertos que conocemos. La razón de muchos hechos históricos no se cita en los libros.
Y, lo que es peor, las crónicas escritas para la posteridad por La Gándara, González Tablas, López Morillo, Gregorio Luperón, Rodríguez Objío y Benito Monción sobre la campaña restauradora fueron, más que consagradas a la verdad, escritas para el autobombo o para justificarse. Por eso dice Archambault que el primero (La Gándara) escribe para justificarse de sus numerosos fracasos políticos y militares; en González Tablas campea un odio implacable contra todo lo dominicano; Pérez Morillo recoge de los escritos de los anteriores, de Gabriel García y de Luperón, y crea un mundo digno de Macondo; Manuel Rodríguez Objío, poeta más que historiador, escribió sus crónicas hagiográficas dominado por el sentimiento de que nunca el general Pepillo Salcedo le quiso confiar una cartera, lo cual le hizo tomar un papel activo entre los más enconados enemigos de Salcedo; Benito Monción es bastante exacto, pero, para atribuirse una importancia que no podía, sin que podamos saber hasta dónde don Mariano Cestero, como su amanuense, cargó la tinta, ya que se quiere poner en comparación con Santiago Rodríguez, silencia hechos importantes y se presenta, en cierto modo, como primer factor de Capotillo.
Luperón y sus tres o cuatro secretarios no escriben memorias, crónicas ni historia, sino que dan a la luz unas fantasías en las cuales se muestra como un gran mitómano y megalomaníaco de estatura monumental, a la vez que seráfico y altruista.
Cuando de los pueblos se han de conocer sus héroes, se deben conocer sus estratos sociales, sus ideas políticas y su situación económica; y esto es así porque los distintos sectores socioeconómicos y culturales engendran protagonistas en la medida de sus medios.
Los líderes de los pueblos surgen cuando, en el tiempo y en el espacio, confluyen las condiciones necesarias que les permiten ser los representantes de sus sectores y convertirse en héroes fundamentales de sus grupos. Por esa razón, a los cuarenta y cinco días de proclamada la Anexión hubo la primera protesta armada y organizada en la villa de Moca, que fue asaltada y tomada por el coronel José Contreras, quien era ciego. Fue el día 2 de mayo de 1861. Los valientes pronunciaron la plaza y proclamaron el restablecimiento de la independencia. Aunque estaba ciego, sin consultarlo con nadie ni aguardar combinaciones en otros pueblos, se lanzó una tarde al combate, acompañado de sus antiguos compañeros de la Independencia, aprovechando una ausencia del comandante de armas Juan Suero.
Un tiempo después, encontrándose Sánchez en Puerto Príncipe, encendiendo la antorcha de la Revolución, contó con el apoyo y la cooperación del influyente general Santiago de Olio, del Cercado, y de importantes jefes, quienes atravesaron la frontera en el mes de junio de 1861, acompañados de los generales José Ma. Cabral, Fernando Tabera y varios dominicanos más, civiles y soldados prestantes. El general Cabral envió a uno de sus tenientes, el coronel Gabino Simonó, a tomar Las Matas de Farfán, que ocupó, y los patriotas dominaron El Cercado, Cachimán y Neyba.
Fue entonces cuando el indigno general Santiago de Olio, para librarse de responsabilidad, se convirtió en traidor y perpetró la pérdida de sus compañeros, volviendo pérfidamente sus armas contra ellos.
La ciudad de Santiago, con su Sala Capitular, se declaró contra la Anexión. Personajes de prestigio como Juan Luís Franco Bidó y los demás regidores eran los principales directores de ese movimiento que, como se dijo antes, fue precipitado a causa de los acontecimientos de Guayubín y que debía tener lugar el 27 de febrero, ya con mayor número de conjurados.
Esa conjura fue develada, y los cinco primeros fueron puestos en capilla en la Cárcel del Palacio de Santiago, el día 16 de abril de 1863. Estos fueron: el poeta Eugenio Perdomo, cuyo valor e hidalga conducta le hicieron célebre; Carlos de Lora, comandante de la Guardia Civil de la Independencia; Vidal Pichardo, rentista y comandante de la Independencia; Pedro Ignacio Espaillat, maestro carpintero; y Ambrosio de la Cruz, capitán de la Independencia.
Brilló por fin el sol del 15 de agosto, y se reunieron en La Visite, cerca de Juana Méndez, los catorce patriotas que esa misma noche atravesaron la frontera. Ni Pimentel ni Juan Antonio Polanco eran de ese número; estos leones, nos dice Archambault, se encontraban en sus puestos, en territorio dominicano, con un grupito bien armado, aguardando a los catorce. Estos eran el coronel Santiago Rodríguez, jefe de la Revolución; el capitán Eugenio Beliard; Segundo Rivas; Alejandro Bueno; Pablo Reyes; Juan de Mata Monción, abanderado; el español Angulo, corneta; San Mézquita, artillero; Tomás de Aquino Rodríguez; José Cabrera; Sotero Blan; Benito Monción; Juan de la Cruz Álvarez «Cacú» y un soldado desconocido.
Es preciso que recordemos que Santiago Rodríguez, el rico hacendado y héroe epónimo, ha de ser tenido como el Padre de la Restauración. Juan Pablo Duarte, el fundador de la Trinitaria, por ser el mentor de la juventud liberal capitalina, es exaltado, junto con Sánchez y Mella, en la tríada patricia; justo es que elevemos a Santiago Rodríguez, junto con José Antonio Salcedo y Gaspar Polanco, como los tres grandes próceres de la Restauración.
Rodríguez no solo fue maestro de escuela y regente de hombres en el poblado de Sabaneta, tierra que era de su propiedad, sino que fue el hombre que, con su influencia moral, prestigio y dinero, trazó el camino de la Restauración de la Patria.
José Antonio Salcedo, aunque nació en Madrid de padres españoles, originarios de familias dominicanas de Montecristi, a los seis meses de nacido emprendió con sus padres el viaje de mudanza a Puerto Plata, pasando por Cuba y empleando en ese viaje y sus paradas seis meses. De manera que, cuando llegó la familia Salcedo a esta isla, José Antonio contaba con un año de edad.
Al morir los padres del niño en Puerto Plata, quedó encargada de su educación su tía, doña Gerónima Ramírez. El niño revelaba dotes de mando e ímpetus de agresividad desde temprano. Recibió una buena instrucción en un colegio de la capital. Después de su matrimonio en Guayubín con Águeda Rodríguez, se instaló definitivamente en Estero Balza de Arriba, cerca de Puerto Juanita, en el solar de los Marichal, de quienes era pariente o aliado. Allí abrió importantes cortes de maderas y adquirió una envidiable fortuna.
Tomó parte en la Guerra de Independencia, señalándose por su notable valor como uno de los tenientes principales de Hungría y de Tito Salcedo. Así ganó sus grados, uno por uno, en activo servicio, hasta ser ascendido a coronel en la notable y decisiva batalla de Sabana Larga, cuando decidió la empeñada batalla realizando una atrevida táctica que le fue encomendada por el general Hungría. En esa campaña se hizo muy acreedor a la amistad del ya coronel Santiago Rodríguez, quien fue herido en la citada batalla de Sabana Larga. Uno de sus biógrafos dice que Salcedo era un tipo culto, distinguido, muy inteligente, de carácter algo violento, pero generoso.
Fue el primer presidente de la República en Armas. Sobre su muerte, según el prestante ciudadano don Genaro Pérez, se le ha de atribuir «a los tres que echaron a Pedro entre el pozo». Estos fueron Gregorio Luperón, quien, no obstante salvarlo de la muerte en Guayubín, estuvo junto con Belisario Curiel y Pablo Pujol.
Como solo los ideales de grandeza son combatidos, el tercer gran personaje y primera espada de la Restauración es Gaspar Polanco.
Cuando la proclama de la incorporación de Santana, Gaspar era general de brigada y vivía en una sección de Esperanza, con algunos bienes agrícolas y pecuarios.
Este hombre, analfabeto, de 50 años de edad, era mulato claro, enjuto de cara, mal parecido, alto y desgarbado, un tanto doblado de cuerpo. En la Independencia se hizo coronel del regimiento; pero era un general audaz y distinguido, aunque sanguinario.
Para Juan Bosch, en su libro La Guerra de la Restauración (1982) y en artículos que publicó en 1980 en Vanguardia del Pueblo y en 1981 en Listín Diario, titulados «Gaspar Polanco, el gran jefe restaurador», Polanco fue el verdadero jefe militar de la guerra.
Afirma Bosch que este hombre «fue el jefe, Gaspar Polanco, cuya figura ha sido relegada a un tercer, si no un cuarto lugar…».
A la vez, afirma categóricamente: «Gaspar Polanco quedó convertido en el jefe de los restauradores…»; «sin la presencia de ese general en la revolución, en los primeros 21 días el ejército español derrota a los republicanos».
Herido de un balazo en El Cayucal, cerca de Esperanza, luego fue transportado a La Vega; ya en convalecencia, lo envenenó con una inyección un curandero español que había sido de los derrotados soldados de Buceta.
Con esas aseveraciones, Bosch se hace eco de lo dicho por el historiador Dr. Alcides García Lluberes, quien en 1952 escribió en la revista Clío: «Además, en nuestro humilde parecer, Gaspar Polanco y Borbón es la primera espada de nuestra asombrosa Guerra Restauradora».
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