El embarazo adolescente y los feminicidios parecen, a primera vista, dos problemas distintos. Uno suele abordarse desde la salud pública, la pobreza o la educación; el otro, desde la violencia criminal y la seguridad ciudadana. Sin embargo, ambos cuentan muchas veces la misma historia: la dificultad de nuestra sociedad para garantizar a las mujeres autonomía, protección y verdadera igualdad.
Durante años he escrito sobre la violencia en la sociedad dominicana: la violencia contra la niñez, contra las mujeres, contra los migrantes, la violencia intrafamiliar, la de la calle y del barrio que se infiltra en las relaciones humanas hasta banalizarse. Más que fenómenos separados, el embarazo adolescente, la dependencia emocional y los feminicidios pueden verse como distintos momentos de una misma cadena de vulnerabilidades.
El feminicidio no aparece de repente en la vida de una mujer. Comienza mucho antes: en una adolescencia truncada, en una dependencia temprana, en el aprendizaje silencioso de que amar también significa soportar gritos, humillaciones o golpes a cambio de la seguridad material de un “proveedor”. Una lógica cruel que lleva a frases estremecedoras como: “no quiero que lo lleven preso porque no tengo quién me pague la casa”, aun cuando se trate del hombre que abusa de una hija o hijastra.
Muchas adolescentes expresan una realidad compleja. El embarazo precoz no siempre es vivido únicamente como un accidente o una tragedia. A veces representa también una salida de hogares violentos o asfixiantes.
Porque, pese a todos los discursos de modernidad y empoderamiento, sigue profundamente enraizada la idea de que una mujer se realiza plenamente a través de la maternidad. No pocas jóvenes creen que convertirse en madre las hace entrar verdaderamente en la adultez.
Existe además la convicción de que un hijo puede “amarrar” al hombre, estabilizar la relación o evitar el abandono. Pero muchas veces ocurre lo contrario. La maternidad temprana aumenta la dependencia económica y emocional, reduce las oportunidades educativas y deja a muchas jóvenes atrapadas en relaciones profundamente desiguales. Allí empieza a construirse una fragilidad que puede acompañarlas toda la vida.
No significa que todo embarazo adolescente conduzca a violencia extrema. Pero existe un hilo común entre ciertos embarazos precoces y relaciones violentas posteriores: dependencia, control, baja autoestima, normalización del sacrificio femenino y dificultad para romper vínculos dañinos.
La maternidad las vuelve “adultas” ante los ojos de los demás, aunque emocionalmente sigan siendo extremadamente vulnerables. En un país donde la educación afectiva y sexual continúa siendo insuficiente y controversial, numerosos adolescentes aprenden sobre amor, poder y relaciones observando dinámicas familiares y sociales donde la desigualdad entre hombres y mujeres sigue profundamente presente.
Por eso la violencia contra las mujeres no comienza con el golpe ni termina con el feminicidio. Se construye en silencios familiares, dependencias tempranas, imaginarios románticos tóxicos y formas culturales que todavía enseñan a muchas mujeres que amar implica aguantar.
Muchos hombres no hacen más que reproducir lo que vivieron en su propia infancia. Siguen creciendo en esquemas de masculinidad donde controlar, celar, imponer autoridad o ejercer dominio sobre la mujer continúa siendo normal.
El feminicidio representa la expresión más brutal de esa lógica de posesión. Muchos agresores no soportan la autonomía femenina, la separación, el rechazo o la pérdida de control. Detrás de numerosos crímenes reaparece la misma idea deformada del amor: “si no eres mía, no serás de nadie”. Una concepción donde la mujer continúa siendo vista como pertenencia y no como un sujeto libre.
Mientras tanto, la sociedad dominicana proyecta una imagen de cambios acelerados. El culto al cuerpo, los discursos de éxito femenino y cierta independencia aparente conviven con relaciones afectivas mucho más tradicionales, donde el control, los celos, la posesión y la subordinación emocional siguen teniendo una presencia alarmante.
Quizás allí reside una de las grandes tensiones de la sociedad dominicana actual: una sociedad que cambia rápidamente en apariencia, mientras amplios sectores continúan atrapados en profundas desigualdades afectivas, económicas y culturales.
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