El peligro no es ignorar. El peligro es la certeza de que nadie se tomó el trabajo de auditar.

Hay un instante, en cualquier campo donde se ejerce pericia real, en que el experto más competente deja de afirmar y empieza a preguntar de otro modo. No es que sepa menos que antes, es que su saber acumulado le ha enseñado dónde están los bordes de lo que puede sostener con evidencia, y esa percepción de los bordes —no la cantidad de respuestas correctas— termina siendo lo que distingue al profesional maduro del principiante seguro de sí mismo.

Stuart Firestein, que pasó años investigando el sistema olfativo antes de dedicarse a enseñar epistemología de la ciencia en Columbia, llegó a una observación que contradice la imagen escolar del conocimiento como edificio que se construye ladrillo sobre ladrillo. En los laboratorios que funcionan bien, dice, el avance no consiste en acumular certezas, sino en refinar preguntas, de modo que el experimento más valioso no es el que confirma una hipótesis, sino el que delimita con mayor precisión qué es lo que todavía permanece oscuro. Bajo esa óptica, la ignorancia deja de ser el vacío previo al saber y se convierte en la herramienta misma con que se piensa lo próximo, algo parecido a lo que hace un explorador cuando dibuja con más cuidado los bordes desconocidos de un territorio que su centro ya cartografiado, porque ahí, precisamente, está la siguiente expedición.

Algo equivalente, aunque desde un terreno completamente distinto, encontró Philip Tetlock cuando se propuso medir durante años la calidad de miles de pronósticos sobre elecciones, guerras y mercados financieros. Lo que halló desmonta una intuición muy extendida sobre la autoridad intelectual. Los analistas más acertados no eran los que defendían una gran teoría coherente y la aplicaban con convicción a cualquier situación nueva, sino quienes toleraban la incomodidad de no saber del todo y ajustaban sus estimaciones en pequeños incrementos cada vez que llegaba evidencia contraria a lo que habían sostenido la semana anterior.

A los primeros los llamó erizos, dueños de una explicación poderosa que los hace tropezar siempre por el mismo lado sin que su propia convicción les permita notarlo; a los segundos los llamó zorros, capaces de sostener varias hipótesis a la vez sin necesidad de que encajen entre sí en un sistema cerrado. La ignorancia confesada, cuando se administra con esa disciplina, predice mejor que la certeza proclamada sin matices, y esto vale tanto para quien analiza riesgo político como para quien dirige cualquier organización sometida a información incompleta.

Conviene, sin embargo, no idealizar el desconocimiento como si toda ignorancia fuera de la misma naturaleza ni mereciera el mismo trato. Robert Proctor, historiador de la ciencia que dedicó buena parte de su carrera a revisar archivos internos de la industria tabacalera, demostró algo perturbador: gran parte del desconocimiento que circula en la esfera pública no nace de la complejidad genuina del mundo, sino que se fabrica con intención, financiando estudios deliberadamente ambiguos y sembrando duda artificial allí donde el consenso científico ya era sólido desde hacía décadas. Esa ignorancia no tiene nada de exploratoria ni de humilde; es un instrumento de poder tan calculado como cualquier otra estrategia corporativa, y confundirla con la modestia cognitiva de Firestein o Tetlock sería un error de consecuencias serias, porque equipara la duda razonable con la duda comprada.

Queda todavía una tercera variante, quizás la más resistente al diagnóstico porque no se anuncia a sí misma. David Dunning y Justin Kruger mostraron, en una serie de experimentos hoy clásicos, que quien posee menor competencia en un dominio suele carecer también de las herramientas conceptuales necesarias para medir su propia incompetencia, de manera que la confianza personal crece justamente donde la capacidad de autoevaluación es más débil. Esta forma de ignorancia no se corrige desde dentro por más buena voluntad que se invoque, porque la persona afectada no dispone del instrumento con que detectar el problema; necesita observadores externos, pares dispuestos a contrastar, auditorías capaces de comparar lo que alguien cree saber con lo que efectivamente puede demostrar bajo escrutinio ajeno.

Lo interesante ocurre cuando estas tres figuras se piensan juntas, no como tres citas independientes sino como tres rostros de un mismo problema sin resolver en la vida institucional contemporánea. La pregunta que de verdad importa ya no es si conviene elogiar la ignorancia en abstracto, sino qué mecanismos permiten distinguir, en tiempo real y antes de que el daño sea irreversible, la ignorancia exploratoria que efectivamente mueve el conocimiento hacia adelante, de la ignorancia fabricada que protege intereses concretos, y de la ignorancia ciega que ni siquiera logra reconocerse como tal.

Ninguna de las tres se resuelve con un llamado genérico a la humildad. Cada una exige un dispositivo distinto: preguntas mejor formuladas para la primera, calibración probabilística disciplinada para la segunda en su forma sana, y auditoría externa y escrutinio independiente para desmontar tanto la fabricación deliberada como la ceguera involuntaria.

Las organizaciones que de verdad aprenden son las que construyen, de manera deliberada, espacios donde el propio desconocimiento puede hacerse visible sin castigo inmediato. Las que solo administran la apariencia de pericia terminan gobernando con una certeza que, en el momento decisivo, nadie se tomó el trabajo de auditar.

Referencias

  1. Dunning, D., & Kruger, J. (1999). Unskilled and unaware of it: How difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121–1134.
  2. Firestein, S. (2012). Ignorance: How it drives science. Oxford University Press.
  3. Proctor, R. N., & Schiebinger, L. (Eds.). (2008). Agnotology: The making and unmaking of ignorance. Stanford University Press.
  4. Tetlock, P. E. (2005). Expert political judgment: How good is it? How can we know? Princeton University Press.

Pedro Ramírez Slaibe

Médico

Dr. Pedro Ramírez Slaibe Médico Especialista en Medicina Familiar y en Gerencia de Servicios de Salud, docente, consultor en salud y seguridad social y en evaluación de tecnologías sanitarias.

Ver más