Frank Luntz, el estratega político conservador conocido por su facilidad de palabra (él convirtió el «impuesto patrimonial» en «impuesto sobre la muerte» y el «calentamiento global» en «cambio climático»), recientemente realizó una encuesta sobre qué términos políticos tienen mayor repercusión entre los estadounidenses en este momento. «Respeto» fue, por un amplio margen, el ganador. Los resultados de las elecciones primarias ya están demostrando que los candidatos que logren transmitirles a los votantes la sensación de ser escuchados, comprendidos y respetados —independientemente de su orientación política o sus políticas— son los que tienen más probabilidades de ganar las elecciones de mitad de período este año.

Pensemos en la reciente contienda de las primarias al Senado en Michigan, donde una demócrata de la clase establecida y con enormes recursos económicos, Haley Stevens, fue derrotada por un socialista democrático, Abdul El-Sayed, quien se presentó con un mensaje de populismo económico. La victoria por un margen extremadamente estrecho de la semana pasada de David Crowley, el candidato moderado a gobernador de Wisconsin, pareció mostrar la tendencia opuesta. Pero, de hecho, a los votantes no los atrajeron tanto las políticas específicas de estos candidatos como la idea de que se podía confiar en ellos; hicieron que la gente se sintiera vista y comprendida. Esa confianza, más que cualquier plataforma política, es la base de lo que Luntz llama «la política del respeto», la cual, según él, dominará este ciclo electoral.

Cuando de la política del respeto se trata, no es cuestión de temas políticos, sino de valores. Pensemos en los muchos votantes sindicalistas que antes apoyaban al Partido Demócrata pero que ayudaron a elegir a Donald Trump en 2016 y 2024. «Puede que a estos votantes realmente no les gustara el Partido Republicano, pero sin duda sentían que a los demócratas no les gustaban ellos», señala Luntz.

Eso es muy cierto. Yo crecí en una zona rural de Indiana que históricamente había sido de la izquierda sindical, pero que, en ambas elecciones, optó por Trump en más del 70 por ciento. Yo recuerdo haber pensado que ninguna de las personas tan inteligentes con las que había visto el primer debate presidencial en el Upper West Side de Manhattan realmente había entendido que Trump había aplastado a Hillary Clinton simplemente al señalar su postura a favor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ante un grupo de trabajadores sindicalizados de fábricas que se sentían abandonados. Para ellos, un demócrata que decía preocuparse por los trabajadores mientras mandaba empleos a México o China no era más que un hipócrita. Alguien en quien no se puede confiar. Y sin confianza, no puede haber respeto.

Las guerras culturales también tienen que ver con el respeto. EE. UU. es una nación temerosa de Dios. Los demócratas olvidaron eso en las últimas décadas, para su propio perjuicio. En 2024, Trump ganó el 81 por ciento de los votos de los evangélicos de raza blanca, el 58 por ciento de los protestantes de raza blanca no evangélicos y la mayoría de los católicos.

Aunque los republicanos ciertamente no tienen el monopolio de la moralidad, ellos han logrado dirigirse a las comunidades rurales de una manera más reflexiva de lo que suelen hacerlo los liberales urbanos. «Existe la sensación de que la gente de la costa no entiende nuestros valores, entre los que se incluye la fe», me comentó la semana pasada Todd Huston, presidente de la Cámara de Representantes de Indiana. «Se percibe una falta de respeto hacia la idea de que tal vez algunas personas quieran vivir de manera diferente que aquellas en las grandes ciudades, tal vez de una forma más sencilla».

Pero los demócratas ahora entienden que la religión puede ser fundamental para la política del respeto. La senadora estatal progresista de Iowa, Sarah Trone Garriott, está tratando de reducir la «brecha de Dios» con su rival republicano, Zach Nunn, en la contienda por el escaño de este último en la Cámara de Representantes de Iowa. Como ella lo expresó recientemente: «La política se trata simplemente de cómo convivimos, y lo mismo ocurre con la fe. Así que, por supuesto, la fe debe ser un reflejo de nuestra política».

¿Aceptarán los votantes este mensaje viniendo de una progresista? Luntz afirma que el mensajero es muy importante cuando los votantes consideran este tipo de ideas. Garriott es auténtica: una pastora luterana que estudió en la Escuela de Teología de Harvard. James Talarico, el representante estatal de Texas, candidato demócrata al Senado de EE. UU. y seminarista presbiteriano, también ha dado algunas excelentes entrevistas en las que vincula su fe cristiana con temas de clase, desigualdad y asequibilidad en EE. UU. Pero, en el pasado, él también ha dicho que Dios es «no binario», lo cual no tiene una muy buena acogida en los estados republicanos. Queda por verse si Talarico será percibido como auténtico o no.

Una cosa está clara: muchos republicanos, empezando por Trump, están manejando incompetentemente la política del respeto. Consideremos los recientes comentarios del presidente sobre la asequibilidad. Este es el tema principal para los votantes del país, pero Trump lo calificó de «engaño» y de «estafa» creada por los demócratas. Quizás sea por eso por lo que su apoyo entre los trabajadores de raza blanca se está debilitando. Trump también les está diciendo a los estadounidenses que los centros de datos no les quitarán sus empleos, incluso cuando la ansiedad por la inteligencia artificial (IA) alcanza su punto álgido. Mientras tanto, el vicepresidente JD Vance se ha dedicado a ridiculizar a sus críticos por su peso mientras promociona un nuevo libro sobre su transición del cristianismo evangélico al catolicismo. Refiriéndose a un columnista que anteriormente había criticado su postura sobre la guerra contra Irán —la cual es enormemente impopular—, él publicó en los medios sociales: «Es bastante obvio que ese hombre nunca ha dejado pasar un burrito». ¿Qué haría Jesús? Esto no, JD, y menos aún en un país donde el 72 por ciento de la población padece de sobrepeso u obesidad.

Luntz cree que, si los republicanos siguen por este camino, se podría ver una reversión del giro hacia Trump y el movimiento MAGA que se produjo en 2016. «Estoy observando meticulosamente a Michigan y Ohio», señaló él. Esos son estados clave donde la economía no es pésima, pero tampoco es excelente, y donde mucha gente trabaja con sus manos. Luntz ha visto datos de encuestas privadas que muestran que los miembros de sindicatos, tanto allí como en otros lugares, se están alejando de Trump y de los candidatos respaldados por él.

¿Podría algo cambiar el rumbo de los acontecimientos? «El presidente podría ponerle fin a la guerra con Irán», sugiere Luntz. ¿Y si no lo consigue? Entonces es posible que Trump ni siquiera logre mantener el respeto de su propia base electoral.

Rana Foroohar. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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