Uno de los aspectos que -en lo personal- me permite conservar la confianza en los procesos democráticos es el derecho al voto. Ese ejercicio individual de voluntad que, cuando se convierte en expresión colectiva, tiene la capacidad de redireccionar el destino político de naciones. Y fue precisamente lo que acaba de ocurrir esta semana en Estados Unidos. Una ciudadanía que, mediante las urnas mostró su inconformidad.
A los dos primeros años de una administración; que ha privilegiado la imposición de sus políticas, mientras encuentran en las plataformas digitales, espacios de legitimación y ampliación de su discurso. El escenario actual, no requiere de un análisis excesivamente complejo para identificar algunas de sus principales contradicciones.
Dos conflictos bélicos, el respaldo político y financiero del gobierno Israelí-que subvenciona el sionismo religioso-, el encarecido costo de la vida y una administración desgastada por la irracionalidad administrativa. Contribuyeron con la profundización del malestar ciudadano. A ello se suma, un contexto internacional caracterizado por protestas y tensión geopolítica.
Con serios cuestionamientos de presunta interferencia estadounidenses en los procesos electorales de Brasil, Colombia, Honduras, en las legislativas Argentina. Así como en el referéndum Canadienses. Más allá de la denominada “ola azul” el resultado electoral representa una sacudida a las estructuras tradicionales del poder político norteamericano.
Que expone en la mesa de debate los llamados deep states o poderes profundos: esas redes de influencia institucional, económica y política cuyas decisiones, muchas veces alejadas del escrutinio ciudadano. Que inciden en el funcionamiento de los Estados.
La respuesta electoral también reflejo el reclamo social que exige recuperar la certeza institucional, el restablecimiento del orden en el ejercicio del poder horizontal de las estructuras democráticas. El voto, esa expresión de soberanía popular cuya evolución histórica se encuentra vinculada a las grandes transformaciones sociales de occidente, se convirtió en esta semana en un instrumento de confrontación democrática, frente a un sistema profundamente cuestionado.
Porque no se anexo al clima de violencia internacional, destrucción de las instituciones públicas o no le cogió corte a la intimidación de las voluntades del partido gobernate. Porque el ejercicio precisamente fue, en la capacidad de generar cambios. Al transferir el descontento social, en acciones que legitimen la voluntad popular.
El voto, esa importante herramienta constitucional ciudadana, mantiene una compleja relación entre expectativa y decepciones y es parte de la vitalidad de los ecosistemas democráticos. Sin embargo, luego de las elecciones de medio termino, el escepticismo persiste, por el marcado dejaste de ambos partidos, que aumenta la incertidumbre en una nación que ha manejado sus políticas de la mano de sus dos fuerzas mayoritarias.
Y ambas son responsables de la polarización, que exhibe la desconfianza en sus gobernantes. Y que pese a la victoria demócrata. La ciudadanía espera las respuestas de los servidores públicos que permanecen pendientes. El poder esta semana fue retornado al pueblo, porque demostró que volvió a confiar en la capacidad de respuesta de sus gobernante; para que cumplan con las promesas.
En un clima de malestar que trasciende las fronteras partidistas. Y que los factores que han incidido en el comportamiento electoral masivo, es el clima de preocupación por la corrupción, el alto costo de la vida, las decisiones relacionadas con los conflictos internacionales y las políticas migratorias, incluidas las redadas ejecutadas por las autoridades federales.
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