¿Será el desarrollo de los medios digitales la primera gran amenaza para la educación preveniente de un gran salto tecnológico? Es casi intuitivo que se arribe a conclusiones semejantes, o al menos parecidas, como ha ocurrido, por ejemplo, con el griterío armado a propósito de la publicación del último informe sobre las pruebas PISA. Diría también que sí, que es la primera gran amenaza, y en el caso particular de la Inteligencia Artificial ya sabemos que no solo para la educación. Aclarar que los efectos de la comunicación digital y de la IA es mucho más desiguales de lo que suele suponerse y que más bien para parte de la humanidad esos efectos son magníficos es una obviedad que no elimina teóricamente la potencialidad de los efectos dañinos.
Sin pretender una generalización absoluta, he sostenido en alguna parte que las omnipresentes TICs tienden a tener efectos en sentido positivo o negativo en función de lo que los sujetos ya son: ayudarán a ser mejores al buen maestro y al buen aprendiz y empeorarán al mal maestro y al mal aprendiz.
Los sistemas educativos, naturalmente, no deben existir para dejar actuar por la libre ninguna tecnología sino para racionalizar su uso.
¡Racionalizarlas hasta donde puedan! Y aquí reside el gran problema: el uso de las tecnologías digitales de información y comunicación, en una proporción y variedad infinitamente superior a los medios tradicionales, no solo no están, ni pueden estar, bajo el exclusivo control de la enseñanza formal, sino que pueden volverse y en gran medida se han vuelto contra ella. Por supuesto que no por culpa suya (¡qué culpa pueden tener las cosas mismas!), sino por la infinita variedad de los manejos humanos posibles de dichos medios.
Parece claro que los posibles efectos de los medios digitales afloran escandalosamente en los sistemas educativos. Y las primeras víctimas-culpables que suelen aparecer no otros que los-as jóvenes y niños-as escolares. Culpables y a la vez que víctimas de la gozosa distracción, del consumo excesivo de contenidos banales –cuando no simplemente dañinos–, del alejamiento de la lectura, del déficit de atención… En fin, que todo un proceso de relegación del esfuerzo y de la búsqueda de aprendizaje escolar… gracias al ecosistema digital.
Los efectos nocivos se coronarán con la afectación de la capacidad para asimilar y filtrar lo que pueda provenir de los propios medios, que además ya habrán malgastado el tiempo que debió dedicarse al estudio. Por lo demás, puesto que el ciberespacio lo contiene todo, ¿a qué vendría el papel de maestros y escuela? Si antes del boom de las IA ya era posible y común un buen copy page, ahora las cosas podrán “mejorar” aún más.
Pero hablo de escolares y estudiantes y pareciera como si, en el tema que nos ocupa, fuera en particular esta población –bueno, en “complicidad” con los medios digitales— la única la digna de verdadera atención; como si no fuera la sociedad en su conjunto la envuelta en el tema; como si el llamado ciberespacio y sus múltiples formas de dispositivos hayan sido obra de los propios escolares y jóvenes; y como si no fuera la población adulta (en sus roles de padres, madres, familiares, allegados, maestros y maestras, directores, y los gobiernos y los políticos, etc. quienes, por definición, tienen la mayor carga de responsabilidad en los procesos formativos en general, precisamente por ser adulta. ¿Y en qué anda la población adulta, a propósito de los medios digitales? La respuesta es obvia: ¡en gran medida, en lo mismo que andan los niños y jóvenes escalares y estudiantes, vale decir, ocupada en las generalizadas distracciones y banalidades! (Junto, por supuesto, a usos vitales y edificantes).
No se trata de echar en cara, como quien reclama que “con qué moral…” Lo que importa es reconocer que, al final, todos de algún modo somos escolares, aunque unos cuantos tengan maestros y maestras, vistan uniformes, participen de exámenes y aspiren a graduarse. La población libre de semejantes obligaciones también está expuesta, en general, a la misma atmósfera, y es por tanto igualmente afectada por la manipulación, el divertimento, las falsedades y los intereses asociados. Y ello se traduce en reducción de su capacidad para servir al mejor desempeño escolar propiamente dicho.
En el mundo digital hay, ha habido siempre el otro lado de la cara, en infinidad de formas, áreas y niveles, incluyendo la difusión de conocimiento y la creatividad; tal vez en menor proporción, y sin dudas con menos vocación para el ruido y menos suerte para captar atención… Es esta otra cara del planeta lo que puede hacer posible cambiar la historia.
Porque a estas alturas de la historia –esto apenas requiere discusión– la educación está “condenada” a ser y hacerse con y desde las tecnologías de la información y la comunicación digital. No será una “condena” absoluta (nunca será posible prescindir de los recursos y relaciones más naturales, más directos y más próximos, sin negar lo esencial que tenemos como humanos), pero no tiene caso, nunca ha tenido, ni es materialmente posible, desconocer una realidad intrínsecamente tan maravillosa, tan poderosa, tan potencialmente útil y tan presente en la vida cotidiana de la mayor parte de la humanidad.
Tener o no tener la capacidad para usar estas tecnologías para educar bien o para educar falsamente: es la cuestión. Educar, en el buen sentido, siempre será educar a contracorriente, a pesar de, pero es también, al propio tiempo, saber aprovechar recursos. El más importante recurso será siempre el propio educando. Es lo primero que debería saber quien educa. Luego vienen los demás recursos, algunos de ellos imprescindibles; otros, más secundarios; y existirán también, inevitablemente, los elementos perturbadores, que son infinitos.
¿Es el celular en el aula uno de estos elementos? Es lo que perece suponerse, a juzgar por las disposiciones, en algunos países, de la eliminación de su uso en las aulas. Cada país y hasta cada centro tendrán sus propias realidades y experiencias, pero el tema no deja de suscitar interrogantes. Con tal prohibición, ¿no se estaría posibilitando en el aprendiz, más bien, un cierto síndrome de abstinencia, una espera ansiosa al menos tan perturbadora como el uso sin condiciones del pequeño aparato? ¿Y no es éste, después de todo, precisamente un medio pasible de ser incorporado en el proceso educativo mismo y en las propias aulas?
Esto último requeriría, de todos modos, establecer criterios, reglas, límites, y sobre todo metodologías. Como lo requiere, en general, el uso de todo medio, digital o análogo, dentro y fuera del aula.
Con todo esto nos hemos metido de lleno en el tema pedagógico y por tanto en el papel de la escuela y del docente. Se afirma con frecuencia que la marcha y los resultados de los procesos formativos dependen centralmente de la calidad de la labor del docente. Es una idea muy anclada en el sentido común y que ha generado discusiones que vienen de muy lejos. No pretendo aquí ahondar en el ella: bastará ahora con aceptar que ciertamente el acompañamiento adecuado de los y las aprendices (suponiendo cierto grado dificultad de los contenidos a aprender, que es lo que justifica la existencia de escuela misma y de los docentes) por parte de alguien capaz de estimular, aclarecer, retar, asignar tareas, evaluar progresos, etc. es una función sin la cual solo de unos pocos aprendices cabría razonablemente esperar avances significativos. No hay que ser experto o experta para suponer que este acompañamiento adecuado implica dominio, al propio tiempo, de la materia que pretende enseñarse como de las maneras de ser enseñada. Grosso modo, es una idea aceptable, aunque todavía puede generar –y genera– algún nivel de debate. Pero la excelencia de la función del magisterial no se limita a las capacidades mencionadas; falta una condición superior aún: compromiso con la educación en su integralidad, más allá de la especificidad de lo que se enseña. Es esto lo que permite la muy llevada y traída transversalidad, la necesaria conexión de conocimientos, saberes y valores. Es lo que permite que el docente de matemáticas no se inmute ni se enfade si le preguntan sobre algún tema de historia o de Biología; lo que permite potenciar el amor al saber y a la lectura, el pensamiento crítico, así como valores éticos supremos como la generosidad, la convivencia pacífica y la solidaridad.
Como en todo, hay que evitar la culpabilización unilateral. Si el magisterio dominicano adolece de carencias, como todo indica, tenemos la obligación de buscar explicaciones, pero de antemano ha de suponerse que estas explicaciones se conectan con mil factores que también gravitan sobre el sistema educativo, más allá de las particularidades –y responsabilidades– del magisterio en cuanto tal. Un magisterio nacido y criado en el mismo sistema social y formado por el mismo sistema educativo.
Las Pruebas PISA hablan del mundo y del país de hoy, más que de sus sistemas educativos en particular. Se dirá que siempre ha sido y será así. Ciertamente, pero nunca de manera tan patente. Lo que los medios digitales han venido a potenciar es la ilusión de la vida fácil y del éxito fácilmente asegurado. No será solo que la escuela y el magisterio sean atacados por semejante cultura hedonista; será más bien, en gran medida, que escuela y magisterio serán anulados o reducidos como instancias de resistencia a los impulsos avasallantes de tal cultura y de sus medios. Puesto que la verdadera escuela no es ni puede semejarse a un parque de diversión –como tampoco ha de confundirse con un campo de concentración o de trabajos forzados–, no será rival para un mundo lleno de entretenimientos tan variados como carentes de horario. Y, ante ello, parecería haberse impuesto la antigua lógica según la cual cuando no puedas vencer al enemigo, únete a él…
Que la enseñanza y el aprendizaje formales puedan o no valerse de procedimientos divertidos y placenteros no es la discusión. En lo que no debería cederse es en la idea de que aprender exige dedicación, a veces privaciones y siempre esfuerzo. Y que la recompensa más valiosa no puede ser otra que el aprendizaje mismo. El goce de aprender, saber que se aprende y querer seguir aprendiendo es el goce de quien sabe que con ello de abre caminos. Si este camino resulta además divertido.
Los resultados de las Pruebas PISA parecen hablar de una creciente incapacidad y falta de voluntad para seleccionar, filtrar y cuestionar lo que proporcionan los medios digitales (en general todo el mundo mediático, incluyendo los tradicionales) sin prácticamente límite alguno; una incapacidad y afectación de la voluntad que se potencian a cada instante y que, además, se encuentran ante un complaciente mundo escalar y académico.
Ni que decir tiene que esta realidad importa un comino a las élites opulentas y poderosas del planeta. ¿En qué afectaría la debacle educativa al actual “orden mundial”? ¿Están en juego el consumo insensato y desbocado, la distracción embrutecedora aunque costosa, el avance de las ultraderechas, la posibilidad de ganar dinero y elecciones mintiendo y manipulando a la gente?
No solo no están en juego, sino que en gran medida de esto se alimenta el poder de parte importante de las élites mundiales.
Como siempre, ningún desarrollo tecnológico ha sido políticamente neutro. Esto, sin embargo, no le quita su potencialidad también emancipadora.
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