El más reciente crimen ocurrido en Santiago, en el que un humilde ciudadano chofer de su ayuntamiento municipal fue vilmente asesinado, ha conmovido a la nación dominicana. Este acto criminal, bochornoso, espeluznante y desgarrador fue exhibido públicamente como una cinta cinematográfica, increíblemente, por las principales calles de su histórico municipio, como un espectáculo público sádico y sangriento.
Cualquiera de los nueve párrafos de mi artículo anterior publicado en este mismo medio el sábado pasado podría encabezar perfectamente este terrible y abominable hecho que afecta nacional e internacionalmente el buen nombre de la República Dominicana. Recordemos que analizamos el problema de las desapariciones de niños, niñas y adultos en el país.
El hecho narrado ocurrido en esta importante provincia, modelo de desarrollo económico, social, académico y cultural, no es el único escenificado en los barrios y pueblos de esa laboriosa comunidad del Cibao Central. Actualmente similares eventos han ocurrido y ocurren.
La diferencia es sencilla: el que se produjo recientemente ha adquirido la categoría de acto dantesco de una película exhibida públicamente por las calles principales de la ciudad, donde un hombre humilde del pueblo lucha y clama por salvar su vida y las hienas sedientas de sangre lo persiguen y logran convertirlo en su presa y exhibirla por las redes sociales, y estas lo muestran a través de todos los continentes.
La tarea que nos deja el abominable hecho es compleja: ¿Cómo el Estado dominicano, Santiago de los Caballeros y el propio Ayuntamiento Municipal de Santiago pueden revertir este hecho para trazar un plan que impacte y transforme a todas las instituciones estatales a favor de la seguridad ciudadana? Lo primero que hay que transformar son las instituciones oficiales encargadas del orden público.
El país está a tiempo. Otros países de América Latina han transformado exitosamente su modelo de seguridad ciudadana.
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