Y es que los intelectuales dominicanos parecen servir solo para cuatro cosas: conseguir un puesto en el Estado para acomodarse; callar cuando los temas importan y se necesita análisis; escribir libros que solo leen entre ellos mismos; o hablar desde los esfínteres cuando ya no hay riesgo. Por supuesto, siempre hay excepciones: algunos sí dan la cara y asumen los riesgos, como Plinio Chahín “El toto: de objeto patriarcal a herida cósmica”, en la que reconoce como el patriarcado ha convertido al cuerpo femenino en objeto. De ahí mi respuesta directa a “ese toto ya no es tuyo “, con la frase:

ESE TOTO NUNCA FUE TUYO.

El solo hecho de referirse al toto como “un objeto íntimo”, cuya pérdida se lamenta, me parece indignante para los cuerpos que nacemos con toto. Víctor (Grima)ldi provoca “grima” precisamente al evidenciar cómo, a través de esa frase reproduce simbologías machistas y misóginas que continúan sosteniendo un patriarcado rancio y dañino, perpetuando estructuras sociales de control sobre los cuerpos de las mujeres.

EL TOTO NO ES PROPIEDAD

Y es que no hay que ser delicadxs para responderle a (Grima)ldi ni para desmontar la lógica profunda del machismo cultural dominicano. Está tan normalizada la idea de que las mujeres somos objetos y propiedad del Estado y de los hombres, que incluso es posible que su artículo no tuviera mala intención. Y, aun así, el problema sigue ahí, intacto y latente. Porque el lenguaje no es inocente. Nunca lo ha sido.

Veo a los intelectuales de pose hacerse eco del “ese toto ya no es tuyo”, celebrándose entre ellos por lo coloquial, mientras caen en una incoherencia brutal y una disonancia cognitiva al afirmar que la intención es demostrar que la “propiedad es una ficción”. Pero incluso cuando se lamenta una pérdida, la frase sigue girando dentro de la misma lógica de la propiedad: se pierde solo lo que se cree que se posee. Por eso corrijo:

ESE TOTO NUNCA FUE DE NADIE

El toto no se posee. No se transfiere. No se pierde. No se devuelve. No es trofeo ni territorio conquistado. Es biología de un tipo de cuerpo, no pertenencia de otro. Acompaña mientras hay relación con ese cuerpo. Punto.
Repito para que quede claro en la psiquis:

EL TOTO NO ES PROPIEDAD

El lenguaje ordena el mundo. Y en República Dominicana llevamos siglos ordenados desde la misma idea: la mujer como objeto, como pertenencia, como cuerpo legislable.

Esto se ve también en la iniciativa legislativa y social impulsada por el Congreso Nacional dominicano, “Déjala ir”, y promovida irónicamente por el Ministerio de la Mujer. Es imposible no alarmarse ante esta gravísima disonancia que, lejos de ser emancipadora, reproduce una lógica profundamente patriarcal: ¿dejarla ir desde dónde? ¿desde quién? Desde el verdugo que es el propio Estado y la cultura machista que profesa. Desde la jaula. Desde el macho que la posee. La idea de que alguien tiene autoridad para soltarla es exactamente la misma que subyace en la frase “Ese toto ya no es tuyo” que Grimaldi conmemora en su artículo. “Déjala ir” refuerza la misma lógica: la mujer como algo que se tiene y que, magnánimamente, se suelta. No como sujeto autónomo que decide irse, quedarse, abortar, parir o no parir. Es el Estado hablándole a los hombres y a sí mismo, como si la mujer fuera una propiedad bajo custodia, una posesión regulable, un cuerpo administrable. Y cuando ese mismo Estado obliga a parir a niñas y mujeres violadas, o a gestaciones inviables, lo que hace es cerrar el círculo completo de la esclavitud del cuerpo mujer como territorio ocupado.

No estoy diciendo que (Grima)ldi quiera eso. Esto no va de intenciones. Va de estructuras. De cómo opera el lenguaje en la psiquis. El patriarcado no necesita villanos: se reproduce solo, cómodamente, en frases hechas, en campañas bienintencionadas, en intelectuales que no revisan desde dónde hablan.

Por eso mi respuesta no busca moralizar ni cancelar a nadie. Busca desmontar un modo de decir que sigue colocando a la mujer del lado de la cosa, del objeto poseíble. Y continúo repitiendo mi objeción al decir:

EL TOTO NO ES PROPIEDAD.

Porque ahí se corta con bisturí la lógica de la posesión. Se separa deseo de dominio, vínculo de propiedad, lenguaje de costumbre. Se dice con todas las letras que nadie pierde lo que nunca le perteneció. Mientras sigamos hablando como dueños arrepentidos o amos ilustrados, el sistema de violencia seguirá vivo, cómodo y filosóficamente justificado. El reto es dejar de hablar desde la propiedad. Y en este país eso todavía duele. Duele tanto como un código penal que vulnera los derechos de niñas y mujeres.

El lenguaje revela la estructura de poder que lo sostiene y que, en la psiquis dominicana, se reproduce a través de la cultura, las normas sociales y el código penal, heredando una lógica esclavista aplicada a los cuerpos femeninos y divergentes. En este orden, la libertad no se entiende como un derecho intrínseco, sino como una concesión patriarcal que, bajo la simbología de la buena intención, la protección o el “cuidado”, reconfigura la dominación de forma sutil. Al conceder en lugar de reconocer la libertad, el patriarcado reafirma jerarquías y relaciones de poder asimétricas, legitimando a unos cuerpos como sujetos plenos y manteniendo a otros condicionados, vigilados o tolerados. Así, el lenguaje no solo refleja estas jerarquías: las naturaliza y consolida un orden social donde la autonomía opera como excepción y no como derecho.

Todo discurso tiene un lugar desde donde se manifiesta, y para comprender su legitimación es necesario considerar la trayectoria de quien lo articula. Víctor Grimaldi no escribe desde la marginalidad, sino desde un recorrido público ligado a la Iglesia católica, espacio histórico de producción y validación de un orden simbólico conservador. Su labor como representante del Estado dominicano ante la Santa Sede y su defensa de valores tradicionales revelan una visión que percibe la autonomía —especialmente la de cuerpos femeninos y divergentes— como una amenaza al orden social y cultural.

Grimaldi promovió en foros internacionales la inclusión del término “cristianofobia” en mecanismos de derechos humanos de la ONU, priorizando la protección de las enseñanzas cristianas frente a lo que denomina “odio al cristianismo”, sin considerar cómo estas posturas afectan derechos humanos inalienables de cuerpos femeninos y diversos. ¿A quiénes representaba Grimaldi: a la ideología cristiana o a lxs dominicanxs, incluyendo los cuerpos con toto?

A esto se suma un hecho grotesco y documentado que no puedo dejar de mencionar, pues plantea serios cuestionamientos éticos y morales: Grimaldi baleó y mató de siete disparos a la cerdita mascota de una vecina, alegando defensa propia. Este acto contradice de forma flagrante la defensa de valores cristianos y obliga a interrogar la calidad ética de una institucionalidad religiosa que proclama dignidad y respeto a la vida mientras algunos de sus representantes encarnan prácticas de violencia.

Este hecho no es una anécdota aislada ni un desliz personal: es un síntoma. Revela la distancia entre el discurso moral que se invoca para regular los cuerpos ajenos y las prácticas concretas de quienes se arrogan autoridad ética. Cuando la vida se defiende de manera selectiva y la violencia se justifica desde el poder, lo que queda al descubierto no es una fe, sino una estructura de dominación que se protege a sí misma. Por eso, más allá de nombres propios, el señalamiento es estructural: no se puede hablar de dignidad, cuidado o valores mientras se normaliza la violencia y se sigue legislando, nombrando y administrando los cuerpos como si fueran propiedad.

Citlally Miranda

Citlally Miranda Pérez. Soy artista visual dominico-americana radicada en Philadelphia. Con una trayectoria de trabajo creativo que incluye múltiples disciplinas —desde la pintura, el dibujo, la instalación y la performance, hasta la fotografía, el videoarte y medios mixtos e híbridos— como la experimentación constante de maneras de explorar y dialogar sobre la identidad, la corporalidad y la condición humana. Aunque no soy escritora de profesión, siempre he creído en el poder de la palabra como extensión natural del proceso creativo. Escribo impulsada por mi visión artística y mi compromiso con expresar pensamientos que muchas veces emergen desde la sensibilidad, la reflexión crítica y la experiencia de vivir. Esta motivación me lleva hoy a compartir con ustedes un texto original que nace de esa misma necesidad de comunicar ideas, expandir miradas y confrontar normas que me parecen inhumanas, y que limitan la dignidad y la libertad de las personas. Mi trabajo ha sido parte de exposiciones colectivas e individuales tanto en República Dominicana como internacionalmente, y ha formado parte de programas curatoriales y colecciones públicas relevantes. He participado con obras en ferias y muestras que abordan temas de la construcción de identidad individual en el contexto cultural; y mi obra pertenece a la colección del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, y Centro León, como también a la colección Brandywine Workshop and Archive en Philadelphia, como en fundaciones y colecciones privadas. Como creadora, considero el arte como una práctica profundamente humanista —no desde libros o enciclopedias, sino desde la experiencia vivida y la búsqueda constante de sentido y verdad. Me impulsa cuestionar estructuras, paradigmas; visibilizar voces y tender puentes entre pensamiento y sensibilidad, entre razón y emoción, entre arte y vida.

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