Con frecuencia escuchamos: la clase política dominicana ha fracasado. Se repite hasta el cansancio que los políticos no han hecho nada, que el país ha retrocedido, y que el desencanto de una parte de la población con los políticos es lo que explica el surgimiento de posibles candidatos presidenciales no venidos desde la política.
Es una afirmación que puede resultar atractiva porque contiene una parte de verdad, y porque también es una manipulación de esa parte de la verdad. Y cierto, la política dominicana tiene demasiadas deudas sociales y morales. Pero una cosa es señalar las insuficiencias de la clase política y otra, muy diferente, afirmar que ha fracasado o que el país ha retrocedido.
Aquí surge esta pregunta: si la clase política dominicana fracasó, ¿quién produjo entonces la extraordinaria transformación que ha experimentado el país durante las últimas seis décadas?
No fue una generación espontánea ni fue solamente el sector privado. Lo hizo el país a través de sus gobiernos, de sus congresos, de sus ayuntamientos, de sus políticas públicas y de una clase política que, con todas sus miserias y contradicciones, ha dirigido el proceso de transformación nacional desde 1961. ¿O no es así?
Hay una manera muy sencilla de entenderlo, claro, cuando se quiere entender: basta con comparar al dominicano de 1961 con el dominicano de hoy.
Cuando murió el "perinclinto" Rafael Leónidas Trujillo, la esperanza de vida al nacer rondaba los 52 años. Hoy es de 74 años. Son más de dos décadas de vida ganadas por cada dominicano. Detrás de ese número, aparentemente frío, hay millares de historias humanas: niños que sobrevivieron enfermedades que antes mataban, madres que recibieron atención médica, campañas de vacunación, agua potable, hospitales, medicamentos, alimentación, educación sanitaria y una infraestructura de salud pública que sencillamente no existía.
La República Dominicana de 1961 era un país rural. En 1960, el 70 % de la población vivía en el campo. Hoy es una sociedad urbana, conectada por carreteras, aeropuertos, telecomunicaciones y una infraestructura económica que ha transformado la relación entre las regiones del país.
En 1960, uno de cada tres dominicanos de diez años o más no sabía leer ni escribir. El censo registraba un 34.2 % de analfabetismo. Hoy el analfabetismo adulto se encuentra en niveles cercanos a los mínimos históricos. No estamos hablando simplemente de que haya más escuelas. Estamos hablando de una transformación de la sociedad: millones de dominicanos que antes estaban excluidos de la lectura, de la escritura y del conocimiento pudieron incorporarse a la educación.
¿Quién construyó esas escuelas y esas universidades públicas? ¿Quién diseñó los programas de alfabetización? ¿Quién aprobó los presupuestos que hicieron posible esas políticas?
Obviamente, el Estado. Y el Estado, en democracia, tiene una expresión fundamental: la política.
Lo mismo puede decirse de la pobreza. Es verdad que todavía existe pobreza y desigualdad y que no todos los dominicanos han recibido en igual proporción los beneficios del crecimiento. Sería absurdo utilizar las estadísticas del progreso para negar las estadísticas de las carencias. Pero tampoco se puede utilizar las estadísticas de las carencias para negar las estadísticas del progreso. Hay que mirar los números sin prejuicios. Y no es que la pobreza ha desaparecido. Es que el país ha demostrado que puede reducirla. Y la ha reducido.
Mientras una parte del discurso público insiste en que la clase política no ha hecho nada, la República Dominicana lleva más de seis décadas transformándose económicamente. Desde 1961, con interrupciones, crisis, gobiernos buenos, gobiernos malos, errores, aciertos y períodos de enorme turbulencia, el país ha conseguido algo que no puede explicarse por la incapacidad absoluta de sus dirigentes: una expansión económica de extraordinaria duración.
El tamaño de la economía lo demuestra. El PIB dominicano, medido en dólares corrientes, rondaba los 7,000 millones de dólares en 1990. En 2025 superó los 127,000 millones. No se trata de una diferencia menor. Es, sencillamente, la transformación radical de una nación.
La República Dominicana de hoy tiene una economía diversificada que combina turismo, zonas francas, manufactura, construcción, servicios, comercio, remesas, minería, agroindustria y un sistema financiero mucho más desarrollado que el de hace medio siglo.
Por supuesto que los empresarios tienen una enorme responsabilidad en ese proceso. Y la tienen los trabajadores, los agricultores, los profesionales, los emigrantes dominicanos que envían remesas y todos aquellos que han creado riqueza desde el sector privado.
Pero tampoco puede ignorarse el papel de la clase política: sin carreteras, puertos, aeropuertos, electricidad, legislación laboral, sistema financiero, tratados comerciales, educación, seguridad jurídica, instituciones fiscales y estabilidad macroeconómica, el crecimiento económico no habría adquirido la dimensión que alcanzó.
Decir que la clase política dominicana tiene enormes responsabilidades pendientes es correcto. Decir que ha fracasado en todo es falso y es históricamente insostenible.
Porque si realmente hubiera fracasado, tendríamos que explicar cómo un país que en 1961 tenía una esperanza de vida de poco más de cincuenta años llegó a casi setenta y cuatro; cómo una nación donde más de un tercio de los adultos no sabía leer ni escribir logró prácticamente erradicar el analfabetismo; cómo la pobreza se ha reducido drásticamente, cómo una economía de apenas unos miles de millones de dólares terminó convirtiéndose en una de las economías más grandes y dinámicas del Caribe.
La historia no debe confundirse con la propaganda. Ni para elogiar a los políticos ni para condenarlos. Los hechos son los hechos y los números son los números, y nadie los puede cambiar, ni por ignorancia ni por intereses del momento.
La democracia dominicana no produjo, claro está, el país perfecto. Produjo, sin embargo, un país infinitamente distinto y superior al que recibió en 1961.
Y esa transformación no la hicieron los extraterrestres. La hicieron dominicanos, encabezados por la clase política. Esa transformación extraordinaria tiene nombres, gobiernos, leyes, presupuestos, instituciones, obras públicas, empresarios, trabajadores, universidades, hospitales y generaciones enteras de dominicanos políticos.
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