Ningún país puede enfrentar con éxito la escasez de agua potable si continúa perdiendo la mitad del agua que produce antes de llegar a los consumidores.
El tema de la escasez y el racionamiento del agua debe dejar de verse únicamente como un problema de los acueductos para convertirse en un tema de seguridad nacional. Así como se habla de seguridad energética y seguridad alimentaria, la República Dominicana necesita asumir la seguridad hídrica como una política de Estado.
Las inversiones en nuevos acueductos, presas y trasvases seguirán siendo necesarias, pero producirán resultados limitados si no se protege simultáneamente la capacidad natural de las cuencas para producir agua y si no se modernizan las redes de distribución.
Durante muchos años hemos visto las energías renovables principalmente como una respuesta al cambio climático y a la dependencia de combustibles importados. Hoy debemos ampliar esa visión.
Las energías renovables también pueden convertirse en uno de los pilares de una estrategia nacional para recuperar nuestras cuencas, proteger los acuíferos, reducir la contaminación, fortalecer la producción de agua potable y garantizar la seguridad hídrica de las futuras generaciones.
El agua y la energía ya no pueden planificarse por separado. Son dos componentes de un mismo sistema. Entender esa realidad será una de las decisiones estratégicas más importantes que deberá tomar la República Dominicana durante las próximas décadas.
La República Dominicana enfrenta simultáneamente dos grandes desafíos: asegurar el suministro de agua potable y acelerar la transición hacia una economía basada en energías limpias. Hasta ahora ambos temas han sido tratados por separado.
Quizás ha llegado el momento de unirlos.
La seguridad energética y la seguridad hídrica forman parte de un mismo desafío nacional. No habrá desarrollo sostenible sin agua y tampoco será posible proteger el agua sin aprovechar inteligentemente las oportunidades que ofrecen las energías renovables.
Nuestro país posee las instituciones, los profesionales, las experiencias y el conocimiento técnico necesario para iniciar ese proceso. Lo que hace falta es una visión integradora que convierta todos esos esfuerzos en una política de Estado.
Dentro de algunas décadas, las generaciones futuras probablemente no recordarán cual fue el gobierno que construyó una determinada planta eléctrica o un nuevo acueducto. Pero si recordarán a quienes tuvieron la visión de iniciar una estrategia nacional que permitió recuperar las cuencas, proteger los acuíferos y garantizar el derecho al agua de millones de dominicanos.
Ese debería ser el verdadero objetivo de un Programa Nacional Agua -Energía para la República Dominicana.
Nuestro país no necesita comenzar de cero. Ya cuenta con instituciones competentes, experiencias exitosas y conocimiento técnico acumulado. Lo que hace falta es integrarlos en un programa Nacional Agua-Energía que convierta la transición energética en una herramienta para recuperar las cuencas, proteger los acuíferos, modernizar los acueductos y garantizar la seguridad hídrica de las futuras generaciones.
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