Vivimos tiempos de crisis múltiple y acumulada. La ONU ha identificado una triple crisis planetaria: pérdida de biodiversidad, contaminación y cambio climático. A eso se suma el deterioro de sistemas políticos, con una pérdida de confianza y legitimidad que ha alimentado proyectos autoritarios con tintes neofascistas en distintas latitudes, en especial en Las Américas. Numerosos economistas han documentado el aumento drástico de las desigualdades, tanto al interior de los países como entre ellos. Y luego están el desquebraje del orden liberal internacional, las guerras y las masacres indiscriminadas de poblaciones civiles enteras, las crisis de refugiados, la volatilidad económica heredada de la pandemia y agravada por los conflictos posteriores. Todo esto sin mencionar la disrupción de tecnologías y sistemas que han superado la capacidad regulatoria de las instituciones políticas.
La tentación más cómoda es tratar cada una de estas crisis como un fenómeno separado, con sus propias causas y sus propios remedios. Sin embargo, estos no son elementos desconectados, sino que forman una policrisis, resultado del devenir estructural del sistema social humano moderno. Uno los aspectos más definitorios de esta policrisis es la consolidación de una idea tribalista, la convicción de que vivimos en una competencia descarnada por la supervivencia donde la diversidad es una amenaza, y lo diferente, un enemigo.
Se trata de una postura filosófica, aunque sus proponentes se afanen en esconderlo. La nueva derecha que ha arropado el continente opera sobre una premisa que organiza toda su retórica: el pueblo es esencialmente uno. Existe una identidad verdadera, homogénea y auténtica de “la gente”, y todo lo que difiera de esa identidad (como las mujeres que reclaman autonomía sobre sus cuerpos, las personas racializadas que exigen igualdad, las diversidades sexuales, los trabajadores organizados, los migrantes, los opositores políticos, etc.) es una desviación. La retórica anti-globalista, anti-institucional, hostil a los derechos de las minorías, es en el fondo una afirmación ontológica, de que el pueblo tiene una esencia, esa esencia es singular, y lo múltiple la contamina.
De esa premisa se deriva toda la política de la deshumanización. Si el pueblo es esencialmente uno, los colectivos que contradicen esa unicidad quedan fuera del pueblo legítimo. Se convierten en el otro, el adversario, el elemento perturbador que hay que neutralizar. La diversidad deja de ser una característica experiencia humana para convertirse en una patología a corregir o eliminar.
Esta premisa filosófica no se enuncia como tal en el debate público. Circula, de manera oblicua pero eficaz, a través de varios espacios culturales, y en todos ellos opera la misma lógica, la naturalización de jerarquías como esencias. La manosfera, el ecosistema digital de comunidades que exalta una masculinidad radical convierte las desigualdades de género y raza en verdades biológicas inmutables. Las corrientes del evangelismo político que han exportado el proyecto del nacionalismo cristiano a todo el continente americano, presentan la diversidad cultural y sexual como corrupción de un orden natural o creacional. Y la ideología del emprendedurismo de sí mismo, con su variante más extrema en el fenómeno del “-maxxing”[1], presupone que el valor del individuo está determinado por rasgos innatos, medibles y jerarquizables. En los tres casos, lo que son desigualdades estructurales, exacerbadas por la policrisis, se convierte en destino natural.
El pensador ruso Alexander Bogdanov, uno de los fundadores intelectuales de la teoría de sistemas a principios del siglo XX, formuló un concepto que ilumina esta falsedad: el complejo organizacional. Toda entidad que percibimos como un todo (un organismo, una institución, un Estado, un pueblo, entre otros) es un ensamblaje de relaciones entre partes. Su unidad es empírica, histórica y funcional, construida desde la diversidad de sus componentes y de sus vínculos. A ese tipo de ensamblaje relacional hoy lo llamamos simplemente un sistema, y lo que Bogdanov señaló es que en él no hay esencia que preceda o trascienda las relaciones, es decir, el todo es el resultado de cómo sus partes se vinculan, y las partes están organizadas conforme a la dinámica del todo; y esa configuración cambia, evoluciona y se transforma. La sociedad humana es un sistema de este tipo. El Estado nacional, también.
La biología del siglo XX desarrolló esta idea con mayor detalle. Ludwig von Bertalanffy, biólogo y padre de la teoría moderna de sistemas, observó que un organismo es una jerarquía de procesos interconectados: sus propiedades emergentes no se deducen de las partes aisladas, sino de las relaciones entre ellas. La unidad del organismo resulta de una configuración de vínculos, no de una sustancia preexistente. Más aún, la individualidad biológica, escribió von Bertalanffy, es un límite al que se aproxima sin llegar: siempre está en proceso, siempre inacabada.
Desde el otro extremo del mundo y de la historia, el filósofo indio (ss. II-III C.E.) de la escuela de la vía media, Aryadeva llegó a la misma conclusión usando únicamente la lógica. Demostró que el todo no puede ser idéntico a sus partes, porque entonces no habría todo, y que las partes tampoco pueden existir con plena independencia, porque si existieran por sí mismas, serían inmutables, y lo inmutable no da origen a nada nuevo. La unidad del todo (por ejemplo, una tetera, un carruaje o un ser humano) es una designación empírica y convencional, tiene efectos reales para quien observa e interactúa con el todo, pero está vacía de sustancia propia. Sin esencia[2].
Regresemos entonces al proyecto político. Si ningún todo social tiene esencia (si el “pueblo” es siempre un ensamblaje histórico de relaciones entre partes irreduciblemente diversas) la pretensión de que existe un pueblo verdadero y homogéneo que excluye a grupos humanos reales es una impostura filosófica con consecuencias mortales. Para sostener esa ficción hay que hacer desaparecer a los seres humanos que la contradicen: las mujeres que no obedecen, las personas que aman diferente, los migrantes que cruzan fronteras, los indígenas que reclaman tierras, los trabajadores que se organizan. Borrar la diversidad no restaura ninguna armonía: destruye lo humano concreto en nombre de una abstracción. Y esto es inequívocamente misantropía.
La misantropía no es solo el odio a algunas personas. Es la preferencia por una imagen abstracta de la humanidad sobre la humanidad real, viva, diversa, complicada. El proyecto político que persigue la unicidad esencial del pueblo es misántropo en su lógica más profunda: para realizarse necesita destruir seres humanos. Constitutivamente, y a propósito.
La misantropía que hemos descrito no surge en el vacío. Surge porque existe una policrisis real (ambiental, social, democrática) que produce desamparo, y el desamparo demanda respuestas simples. La nueva derecha las ofrece: un enemigo ontológico, un pueblo auténtico, una esencia que restaurar. Es la gramática política más antigua del mundo y la más peligrosa, porque convierte en problema de identidad lo que es un problema de organización sistémica. Enfrentar esa policrisis sin reproducir su lógica exige un pensamiento ecosistémico[3] capaz de cuestionar las bases de la exclusión, la desigualdad, la crisis ambiental y el asedio a las instituciones democráticas, reconociendo que podemos reorientar el metabolismo social humano, nuestra economía y nuestra organización sociopolítica. La tarea que se desprende de este argumento es derrotar la política de la deshumanización en la esfera pública, replantear espacios de deliberación sobre fines comunes, desarrollar una pedagogía cívica que desmonte la desinformación, y tejer las alianzas que conviertan los enclaves dispersos en una contrapropuesta política. Entre la resignación y la ilusión de una unidad que nunca existió, ese espacio de agencia está todavía por habitar. Habitarlo es el único contraproyecto a la altura del problema.
[1] El «-maxxing» es un fenómeno de la cultura digital que combina el sufijo inglés max con distintos ámbitos de la vida: looksmaxxing (optimización del atractivo físico), cloutmaxxing (maximización de la influencia social), hustlemaxxing (productividad extrema) o biomaxxing (optimización de la biología propia). A diferencia de lo que sugiere su apariencia de filosofía de superación personal, su lógica interna es esencialista: presupone que el valor de una persona está determinado por rasgos físicos y sociales jerarquizables e inmutables. Está íntimamente vinculado a comunidades de la manosfera y, en sus versiones más radicales, al llamado pensamiento de la píldora negra (blackpill), que sostiene que las posibilidades vitales de una persona están biológicamente fijadas. El fenómeno puede entenderse como la apropiación y radicalización de lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito como el sujeto neoliberal que interioriza la lógica de la explotación hasta autoexplotarse voluntariamente, con el añadido de un determinismo biológico que lo emparenta directamente con el esencialismo de la nueva derecha.
[2]La escuela de la vía media, fundada por Nāgārjuna (S. II. C.E.), es una de las posiciones filosóficas más influyentes en el budismo mahayana y se caracteriza por su rechazo al esencialismo, el fundamentalismo y el nihilismo, proponiendo en su lugar una ontología de la imputación nominal o, ya interpretada en términos contemporáneos, relacional.
[3]Muñiz, Anselmo. “Pensar el desarrollo desde el concepto de ecosistema”. Acento.com.do, 17 de marzo de 2026. https://acento.com.do/opinion/pensar-el-desarrollo-desde-el-concepto-de-ecosistema-9641707.html
Compartir esta nota