La sociedad dominicana celebra con alegría elevada el flujo indetenible de turistas. Además, destaca con frecuencia el reconocimiento que recibe de empresarios internacionales y nacionales por las facilidades fiscales y la seguridad jurídica. Pero, para muchos resulta sorprendente que, en un país cada día con más basura, esto esté sucediendo. Los ciudadanos dominicanos y los turistas han normalizado la basura; la han asumido como algo natural que forma parte de la cotidianidad de humanos, de animales y de los seres inertes. Esta normalización ha de ser inadmisible para las autoridades del país, para los educadores y para los mismos visitantes.
En la actualidad, la ciudad de Santo Domingo es un contexto de alto riesgo para la salud, la estética y la convivencia saludable. Un ejemplo vivo del desorden y de la falta de higiene es la Avenida Independencia, especialmente en las áreas que colindan con Gascue. La basura, el deterioro de las aceras, la carencia de depósitos formales de basura y, sobre todo, las faltas de educación de las personas convierten la zona en inhabitable, por la falta de atención y de higiene. Mientras tanto, la Alcaldesa exhibe logros y proclama por doquier una gestión de avanzada en favor del desarrollo del país. Por el contrario, el cúmulo de basura en descomposición, la exposición de papeles y objetos en posiciones diversificadas y dispersas constituyen un atentado a la salud de las personas, de la naturaleza y la colectividad en general.
El poder municipal en todas las zonas del país, particularmente en Santo Domingo, capital de la República Dominicana, debe asumir un compromiso más sostenido y creíble con la defensa de la salud, de la educación y de la belleza del país. El poder municipal tiene que asumir su rol como un educador nato de la ciudadanía. Para ello, puede y debe establecer alianzas estratégicas con otras instancias del Estado y del sector privado. El ministerio de Turismo, el ministerio de Educación, el ministerio de Salud y el ministerio de Medioambiente deberían ser aliados naturales, no solo estratégicos, en los procesos de formación y del cuidado de la imagen de cada uno de los espacios y lugares del país. Los ayuntamientos pasan mucho tiempo lamentando la estrechez de su presupuesto. Es raro escuchar sus lamentos por la carencia de dinero para la formación de los ciudadanos y de las comunidades.
La educación formal y no formal del país debe relacionarse de forma sistemática con los Ayuntamientos para contribuir con la formación ciudadana, con la identificación de los ciudadanos con sus espacios vitales. Deben trabajar para que estos desarrollen fidelización con la organización y la higiene de los lugares que habitan. Asimismo, han de cuidar y de respetar el orden y la limpieza de las áreas urbanas, rurales y de las carreteras. La vista y el olfato sufren bárbaramente en la ciudad y en las carreteras del país. No hay derecho a forzar al ciudadano para que mantenga los ojos cerrados y la respiración contenida. Esto es un atentado a la vida y a la salud. Es una urgencia nacional tomar en serio el problema de la basura y de la crisis de higiene. Hay excepciones en el país, como Baní y Santiago. La Alcaldesa de Santo Domingo y de otros contextos de país deberían reunirse, consultar y aprovechar lecciones aprendidas de los que gestionan, controlan y orientan la limpieza para que estas ciudades se mantengan ordenadas y con la higiene requerida.
El currículo dominicano requiere una revisión seria para que los problemas vitales del país no queden marginados. Asumir la suciedad como lo más natural es un problema; y esto está pasando en el país. Esta es una distorsión que afecta el desarrollo de las personas y, sobre todo, de una vida saludable. El desorden y la suciedad de Santo Domingo en la mayoría de sus áreas urbanas y suburbanas son evidentes. Esta es una verdad que los medios de comunicación no deben ni pueden callar. Estos medios deben ayudar a desvelar este problema; deben colaborar para que los Ayuntamientos orienten, guíen y se comprometan con la educación ciudadana.
Los representantes del Poder municipal tienen la responsabilidad de garantizar la salud de las personas; no pueden descuidar sus funciones poniendo el foco en tareas y aspiraciones que relegan a un segundo plano lo que necesita la gente, lo que demanda el país. Debe haber tolerancia cero a la carencia de higiene y de organización que se vive en la ciudad de Santo Domingo y en otras localidades del país. La ciudadanía debe despertar del letargo que la asfixia. Debe denunciar, proponer y demandar con energía el derecho a un Santo Domingo saludable, organizado y gestionado con efectividad. No tengo aspiración presidencial, no tengo problemas políticos ni de ningún orden con la actual alcaldesa. Sencillamente, considero que es inadmisible la vivencia en un contexto de insalubridad tan fuerte, como el que se vive en la ciudad de Santo Domingo.
Las autoridades municipales de la capital de la República Dominicana necesitan seguimiento, interpelación y la determinación para realizar un trabajo más comprometido con la formación de los ciudadanos. Es necesario que los ciudadanos se incorporen al trabajo que garantiza salud, belleza, respeto a la naturaleza; y corresponsabilidad municipal y social.
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