La cifra de 2.2% va mucho más allá de una corrección estadística. Revela con nitidez la separación explícita que hace el discurso oficial entre dos planos distintos: por un lado, el desempeño del crecimiento económico, claramente debilitado; por otro, la estabilidad nominal —inflación y tipo de cambio— que se declara bajo control.
El desplome del crecimiento lo explica el Banco Central casi exclusivamente por el entorno internacional incierto, mientras se preserva intacto el relato de “fundamentos sólidos” y de una gestión macroeconómica considerada adecuada.
Esta separación no es menor. Implica aceptar que la economía puede crecer muy por debajo de lo esperado sin que ello ponga en cuestión la narrativa de solidez macroeconómica. En ese marco, y vinculado directamente a la senda de crecimiento que plantea el Plan Meta RD 2036, la pregunta clave resulta inevitable: ¿puede sostenerse una meta de crecimiento de 6% anual cuando el propio diagnóstico oficial admite un entorno global persistentemente incierto y un desempeño interno que se desvía de forma tan abrupta?
Para responder esta pregunta es imprescindible observar cómo se perfila el contexto internacional hacia 2026, en particular desde Estados Unidos. Las proyecciones de organismos multilaterales y de la propia Reserva Federal no describen un escenario de colapso, pero tampoco uno de bonanza. El crecimiento mundial se desacelera hacia tasas cercanas a 3.1%, mientras que las economías avanzadas se mueven alrededor de 1.5%, configurando un año lento y vulnerable a nuevos choques.
El crecimiento de 2.2% en 2025 no es un accidente estadístico: es la primera evidencia empírica de que el Plan Meta RD 2036 funciona más como un plan fáctico, sostenido por narrativa y expectativas, que como una estrategia de desarrollo anclada en una senda real y verificable.
En el caso estadounidense, principal socio económico de la República Dominicana, se anticipa una moderación del crecimiento asociada a tensiones comerciales, ajustes fiscales y un enfriamiento gradual del mercado laboral. Se espera, además, una relajación progresiva de las condiciones financieras, con inflación descendente y tasas de interés más bajas que en el ciclo reciente, pero sin un estímulo extraordinario capaz de impulsar una expansión vigorosa.
Traducido al plano dominicano, el escenario internacional para 2026 combina crecimiento moderado con una política monetaria menos restrictiva, pero bajo riesgos activos en comercio, geopolítica, clima y mercados financieros. Es un entorno plenamente compatible con la noción de “incertidumbre global alta” utilizada por el Banco Central y, precisamente por ello, limita la magnitud y la solidez de cualquier recuperación económica.
En ese contexto, el rebote que proyecta el propio Banco Central para 2026 —entre 4.0% y 4.5%— aparece como plausible, pero no como confirmación de una nueva senda de desarrollo. Aun en su escenario más optimista, dicho crecimiento representaría una recuperación parcial, más asociada a efectos base —la comparación con un año excepcionalmente débil— y a estímulos internos que a un cambio estructural en las condiciones externas.
Si la realidad se guiara por la pura aritmética, como pretenden algunas lecturas simplificadas, habría que concluir que un crecimiento de 2.2% en 2025 seguido de 4.5% en 2026 arroja un promedio cercano a 3.4% en los dos primeros años del plan Meta RD 2036.
Por consiguiente, para alcanzar el promedio de 6% en el horizonte completo, los 10 años siguientes tendrían que crecer a tasas sustancialmente superiores, cercanas a 6.6% sostenido, una exigencia difícil de conciliar tanto con el entorno internacional descrito como con la propia cautela del marco macroeconómico oficial.
Esta dinámica puede sintetizarse en una lectura histórica reciente: en 2023, con alta incertidumbre global, el marco macroeconómico aún tenía capacidad para absorberla y la desviación respecto al crecimiento aspirado fue moderada; en 2024, la incertidumbre se volvió persistente, la capacidad de absorción se redujo y el rebote esperado se erosionó; en 2025, con un entorno similar, pero con menor margen de maniobra, el resultado ha sido el colapso de la aspiración de crecimiento. No se trata de una ruptura súbita, sino de una senda acumulativa de desgaste.
Más allá del cálculo aritmético, emerge una lectura política-institucional de fondo. Al sostener simultáneamente que existen “fundamentos sólidos” y que el entorno externo es altamente incierto, el Banco Central afirma que la estabilidad nominal puede preservarse aun cuando la economía real se desacelere de forma significativa. Esta estabilidad, que en rigor constituye una forma de metaestabilidad macroeconómica —una estabilidad frágil que contiene tensiones visibles sin resolver los problemas estructurales— no garantiza crecimiento elevado ni transformación productiva; garantiza, más bien, la contención de desequilibrios sistémicos visibles.
Esta constatación abre un problema de responsabilidad política e institucional en la conducción del horizonte de largo plazo que hoy se presenta al país, y exige una explicación clara a la sociedad dominicana.
En ese marco, la meta de crecimiento del 6% del plan fáctico deja de ser una senda gobernada por instrumentos coherentes de política económica y pasa a operar como un horizonte aspiracional, compatible con un régimen diseñado para resistir choques, no para superarlos. El problema, por tanto, no es que el mundo sea incierto, sino que el plan asumió una certeza retórica que no se corresponde ni con el entorno internacional ni con las capacidades estructurales del modelo económico.
El crecimiento de 2.2% en 2025 no es un accidente estadístico: es la primera evidencia empírica de que el Plan Meta RD 2036 funciona más como un plan fáctico, sostenido por narrativa y expectativas, que como una estrategia de desarrollo anclada en una senda real y verificable. Esta constatación abre un problema de responsabilidad política e institucional en la conducción del horizonte de largo plazo que hoy se presenta al país, y exige una explicación clara a la sociedad dominicana.
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