El pago de la deuda externa por parte del gobierno de Trujillo, efectuado el 19 de julio del 1947, resultó ser un acontecimiento de alto interés histórico que, aún en nuestros días, genera debate entre los historiadores y ensayistas dominicanos. Aunque las opiniones al respecto son disímiles, parece haber un consenso tendente a valorarlo como un acto de relativa efectividad práctica. La Trujillología dominicana tiende a denostar la iniciativa debido a la alta dosis de populismo que gravitó en torno a la medida y a los precarios efectos que en esencia generó la liquidación de la deuda.
Es importante subrayar que la liberación de nuestros deberes económicos frente a acreedores externos estuvo precedida por cuatro acontecimientos de singular importancia, sin los cuales no puede comprenderse el verdadero sentido de aquel trascendental episodio, y, sobre todo, los efectos que tuvo a mediano y largo plazo. Aquellos acontecimientos fueron el “Tratado Trujillo-Hull” de 1940, el tratamiento dado al pago de la deuda durante la primera intervención norteamericana de 1916, la Convención Dominico-Americana firmada por el presidente Cáceres en el año de 1907 y la suscripción en 1905 del llamado Modus Vivendi; un acuerdo temporal suscrito por el presidente Carlos Morales Languasco, con el que cedía el 55% de las recaudaciones aduaneras a los EE.UU para amortizar la deuda.
Una vez analizados estos cuatro hechos históricos, se debe llegar a la conclusión de que el pago de la deuda externa por parte de uno de los dictadores más singulares de la región fue el resultado de la grave situación económica en que quedó el país tras la capitulación de Ulises Heureaux, quien gobernó la nación de forma directa por catorce años, dejando a la república sumida en el endeudamiento.
Con el tratado Trujillo-Hull, el dictador logró recuperar el control de las aduanas sobre la base de un estricto acuerdo de amortización de la deuda, lo que permitió que siete años después el gobierno saldara sus compromisos económicos emitiendo un cheque por un valor de 9,271,855 dólares, incentivando, por consiguiente, el culto a la persona de Trujillo y su exaltación bajo el título de “Restaurador de la Independencia Financiera”.
Lo que debió ser promocionado como una sana medida administrativa por parte del gobierno, se convirtió en la justificación para la exaltación de un falso profeta, proceso que, a juicio del Dr. Balaguer, desembocó en la construcción de un ser desproporcionado, asentado sobre el derecho de disponer, inclusive, de la vida de los dominicanos.
Pero aun el pago de la deuda no estuvo exento de matices. Es cierto que la medida sentó las bases para la construcción de una estructura que le permitiría a la República Dominicana consolidar lo que aún era incipiente a raíz del pago: el sistema financiero nacional. Sin embargo, como consecuencia directa del saldo, menguó significativamente el presupuesto nacional y se produjo, al mediano y largo plazo, una terrible alza inflacionaria debido a la emisión sin frenos del dinero inorgánico.
Es incierto lo que se pretende sostener hoy en día con respecto a la solvencia de la deuda. Se cree, con mayor o menor frecuencia, que Trujillo accedió a pagarla gracias a un superávit financiero en las cuentas nacionales; pero la realidad dista mucho de la ficción. Al momento del pago, el gobierno dominicano solo dispuso de 1 millón de dólares para el pago de la deuda, lo que lo llevó a procurar el resto apelando a maniobras improvisadas de capitalización, como la emisión de bonos a un 5% de interés, los cuales fueron forzosamente adquiridos por instituciones locales, comerciantes o ricos empresarios, y la subsiguiente emisión de pesos inorgánicos para precisamente saldar esos compromisos internos. En la práctica, Trujillo no eliminó la deuda, sino que hizo una conversión de acreedores, traspasando el enorme compromiso de pago de los EEUU, a acreedores locales.
Los efectos de aquella maniobra fueron nefastos. Gracias al saldo, la gran mayoría de los dominicanos pasaron a vivir con serias precariedades económicas, al tiempo que Trujillo lograba expandir rápidamente sus negocios privados, acrecentando de ese modo su fortuna y consolidando un monopolio económico personal. La nación, en cambio, tuvo que soportar las consecuencias de aquella estrategia por parte del benefactor de la patria, sobreviviendo entre la descapitalización del sistema financiero, la profundización del déficit fiscal y la explotación laboral.
Pero el aspecto más trascendente de aquella operación quizá no se encuentre en la deuda misma, sino en lo que vino después. La reorganización monetaria y financiera de 1947 abrió a Trujillo posibilidades extraordinarias de financiamiento y expansión empresarial. Sobre esa relación, entre la llamada independencia financiera y la construcción del emporio familiar del dictador, tratará la segunda parte de este artículo.
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