El optimismo hace a menudo de antesala de la decepción, de esperanza ingenua que ha de desvanecerse allí y cuando se impone la bruteza de los hechos.

¿No será el pesimismo, como dicen, el propio optimismo pero en cabeza de quien está bien informado o informada?

Yo creo que no. Y que hay defensas plausibles de la referida actitud.

Una de ellas es que, aunque puede hablarse de cierto pesimismo filosófico (del tipo este mundo se inclina al sufrimiento, como más o menos ha proclamado Schopenhauer), tanto ese este pesimismo como el optimismo responden, en la inmensa mayoría de los casos, más bien a situaciones particulares, ocasionales y de algún modo pasajeras.

En abono del optimismo puede argumentarse, sobre todo, que sin él todo proyecto carecería de sentido, pues toda realización humana resulta de una apuesta fundada en lo que se supone posible.

Suele decirse –en son más bien poético– que toda revolución es imposible y que parte de la clave de su éxito consiste en que quienes la hacen no llegue a enterarse.

Suena graciosa, pero tal teoría no puede tener asidero sin que se derrumbe toda ciencia social.

El verdadero optimismo no consiste en sujetarse de la ignorancia y esperar milagros. El verdadero optimismo contempla riesgos y hasta la posibilidad de fracasos. Es buscar y esperar lo mejor en base a la conciencia de que es posible y a la acción inteligente y audaz por su conquista.

Toda persona revolucionaria es optimista por antonomasia. Pero lo es —debe serlo– sin la ingenuidad cretina de quien no supone posibles fracasos, grandes y pequeños y en todo momento.

Para ello estudia permanente y metódicamente la realidad, concibe estrategias y procura que los hechos ocurran.

Tal debería ser el optimismo responsable y sabio. No es que a tal optimismo no le importe si Lula gana o pierde en las elecciones de Brasil del 25 de octubre, ni si el trumpismo se impone o no en las votaciones para el Congreso del 3 de noviembre: importa que, pase lo que pase, quede intacta la convicción de que es posible que la justicia triunfe sobre la injusticia.

De alguna manera el verdadero optimismo ante lo concreto y ocasional se funda en alguna versión del optimismo filosófico, es decir, en la convicción de la historia juega a favor del bien, aunque ello parezca ser desmentido por los fracasos y por la imposición –a veces con respaldo de las propias víctimas– de proyectos criminales y perversos.

Sí: demasiadas veces triunfa al mal sobre el bien, lo sobre lo injusto, como si el propio Dios de los creyentes haya sido vencido por el Lucifer, y hasta como si a este propio Dios le importar un comino. Para los creyentes sería como una especie de traición divina. ¿No atribuyen al propio Cristo preguntar atribulado al Padre “¿Por qué me has abandonado?”

Pero no. El Mal tiene ciertamente cómo salirse con las suyas, pero no siempre ha sido ni siempre será. Solo que el triunfo del Bien, requiere ser parteado por la voluntad y la inteligencia humanas. Para ello es menester un optimismo práctico, es decir, de un optimismo que no se limite a contemplar la consumación de las llamadas leyes de la Dialéctica.

Luis Ulloa Morel

Pedagogo, profesor y político

Luis Ulloa Morel es pedagogo, profesor y activista social y político. Autor de Los caminos del aprendizaje, Enseñar el fácil, Estado Iglesia y Educación en la República Dominicana, Vocabulario político-social básico, entre otros trabajos. Ha sido articulista de numerosos periódicos del país.

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