“El odio no puede desplazar al odio; solo el amor puede hacer eso” Martin Luther King

Una investigación publicada esta semana por la Universidad de Leeds en el Reino Unido confirma un fenómeno que se conoce desde hace mucho tiempo en la psicología: la llamada “mentalidad de rebaño” o mentalidad de masas. Es decir, la facilidad con la que grandes contingentes de personas nos podemos dejar influenciar por un grupo muchísimo más pequeño y terminar haciendo cosas (positivas o negativas) sin pensar. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando las fanaticadas de muchos equipos de fútbol se caen a golpes con los fans del equipo contrario o destruyen propiedades públicas y ajenas como ocurrió tras la victoria del Paris-Saint Germain como les comenté hace unos días.

Del lado positivo, esto también puede pasar cuando hay una situación de emergencia y un grupo pequeño de personas cuenta con la información necesaria para reaccionar. En los experimentos realizados en el estudio vieron que el resto del grupo les seguía aunque no supieran bien por qué. Y este caso también se da cuando muchas personas opinan siguiendo lo que dicen sus líderes o las tradiciones de su comunidad sin plantearse si esas decisiones o tradiciones tienen sentido en la nueva realidad que enfrentan ni mucho menos detenerse a crear su propia opinión con los datos disponibles. El estudio muestra que incluso una minoría de un 5% puede influir en que el 95% restante del grupo (o país o comunidad) “les siga sin darse cuenta”. Lamentablemente, esta mentalidad se amplifica exponencialmente en las redes sociales.

Aunque también puede tener manifestaciones positivas, la mentalidad de rebaño puede ser muy peligrosa porque, como explica la psicología, el actuar sin pensar junto con la multitud hace que mucha gente sienta que no es responsable de sus acciones. Por eso el reportaje de Lily Luciano sobre el estudio de la Universidad de Leeds destaca las recomendaciones ofrecidas por el escritor estadounidense Carl Phillips, autor del libro Sepárate de la mentalidad de rebaño: reconocer cómo las actitudes y opiniones de las personas que nos rodean influyen en las nuestras, valorar y atrevernos a defender nuestras propias ideas aunque sean diferentes de las del resto y utilizar el pensamiento crítico para analizar las situaciones de manera ecuánime y cuestionando las creencias del grupo si es necesario.

Tanto en nuestro país como en el mundo nos encontramos en una encrucijada histórica en la que necesitamos desarrollar estas habilidades de manera urgente para enfrentar los discursos de odio que muchas personas utilizan de manera casi automática reproduciendo lo que hace y dice el resto. En el caso de nuestro país y su diáspora, dos hechos ocurridos en los últimos días nos lo recuerdan. El primero fue la rueda de prensa convocada por el Colectivo Migración y Derechos Humanos frente al Palacio Nacional el lunes de la semana pasada. El Colectivo convocó a los medios a propósito de la entrega de una petición de la sociedad civil dominicana solicitando la eliminación del protocolo migratorio que el gobierno ha implementado en los hospitales públicos.

Las y los voceros presentes en la rueda de prensa representando a las más de 70 organizaciones y mil personas que habían firmado la petición explicaron que el protocolo viola no solo la Constitución dominicana sino también la Ley General de Salud y la Ley General de Migración, la Ley 285-04 y su reglamento 631-11. Dicha legislación prohíbe la detención de mujeres embarazadas o lactantes y niños, niñas y adolescentes (además de las personas envejecientes o solicitando asilo) reconociendo, como también planteó el Colectivo Migración y Derechos Humanos ese día que: “En un hospital lo único que debe importar es la necesidad de atención, no el color de piel, el origen, el acento o los documentos de una persona”. Más aún, nuestra Constitución incluye entre sus principios el respeto a la dignidad humana, la protección de la maternidad y el interés superior del niño o niña.

Como enfatiza la declaración leída en la rueda de prensa: “Una sala de partos no es un lugar para hacer control migratorio; una emergencia médica no puede convertirse en un punto de detención; un área pediátrica no puede ser un lugar donde una madre tenga miedo de llevar a su hijo o hija”. La petición reconoce la potestad del Estado dominicano para establecer políticas migratorias tal y como la tienen todos los estados. Sin embargo, le recuerda al Presidente Abinader y a nosotros y nosotras como sociedad que “la gestión migratoria no puede realizarse dentro de los espacios destinados a proteger la salud, la vida y la dignidad humana”.

Recordemos que el protocolo migratorio se instauró en los hospitales con la excusa de que el colapso del sector salud se debía al hecho de atender a las mujeres haitianas en los hospitales dominicanos. Sin embargo, los datos de mortalidad materna para el 2024 y el 2025 desmontan este mito y evidencian que la mortalidad materna ha subido a pesar de que en ese período la presencia de mujeres haitianas en los hospitales fue mínima debido a las deportaciones masivas implementadas por el gobierno. Ese mito, igual que el mito que se inventó Balaguer de que hay un plan para fusionar ambos países (no lo digo yo, lo dice el historiador Bernardo Vega) es parte de una larga tradición de discursos de deshumanización de las personas haitianas y negras en nuestro país. Pero estos discursos de odio se han incrementado exponencialmente en los últimos años especialmente en las redes sociales como recoge el informe sobre el tema que les comenté en una columna anterior.

El segundo hecho al que me refiero es el de la victoria de la joven candidata Darializa Ávila Chevalier en el distrito 13 de Nueva York donde vive parte importante de la comunidad dominicana de esa ciudad. La campaña que precedió su victoria estuvo llena de ataques personales, mentiras y distorsiones compartidas por parte de la gente que seguía al congresista Adriano Espaillat como me imagino que vieron en la prensa y en las redes sociales. Ávila Chevalier es una mujer joven negra hija de inmigrantes dominicanos formada en Estudios del Medio Oriente y en Sociología en dos de las universidades más prestigiosas de EEUU. También ha sido activista por muchos años organizando a la gente de la comunidad dominicana y otras comunidades contra los abusos de las y los dueños de viviendas y en otros temas. Y forma parte del socialismo democrático, la facción más progresista del Partido Demócrata a la que también pertenece el alcalde de la ciudad Zohran Mamdani, quien la apoyó durante la campaña.

Sabemos por los estudios sobre el tema en nuestra región y en el mundo que las mujeres sufren este tipo de ataques con frecuencia cuando se atreven a entrar en la política para ser elegidas, no solo para elegir. Pero en esta ocasión, su candidatura también fue objeto de ataques racistas y xenófobos utilizando los mismos discursos de odio denunciados por el Colectivo Migración y Derechos Humanos y analizados en el informe que les mencioné. Este grupo de personas no se refirió a las propuestas concretas de Ávila Chevalier para mejorar las condiciones de vida de la gente en el distrito. Por el contrario, intentaron descalificarla por ser “haitiana y musulmana” y no representar una interpretación muy estrecha y estática de lo dominicano. Lo primero no es cierto de la misma manera que no es cierto con Espaillat cuyo apellido es también de origen francés. Lo segundo sí lo es porque Ávila Chevalier se convirtió al Islam hace unos años ejerciendo su derecho a adoptar (o no) la religión de su preferencia.

Esta estrategia de movilizar a la gente usando el odio y el miedo buscaba exportar al contexto estadounidense el uso de “haitiano” o “haitiana” como insulto que tanta gente asume como normal (no lo es) en nuestro país. Esta agresiva campaña de ataques sexistas, racistas y xenófobos es otro ejemplo de la movilización del odio como arma política siguiendo la mentalidad de rebaño. Sin embargo, la victoria de Ávila Chevalier evidencia algo que las y los académicos de nuestra diáspora han planteado muchas veces: no hay una forma única de ser dominicanos/as sino múltiples dominicanidades tanto en la misma diáspora como en nuestra media isla. No es lo mismo la dominicanidad de Washington Heights en Nueva York que la de Cuatro Caminos en Madrid ni tampoco la de Piantini, la de Capotillo o la de Dajabón.

Estas elecciones nos muestran que incluso en el mismo Washington Heights, la generación más joven de hijos e hijas de inmigrantes de nuestra diáspora tiene intereses muy distintos a los de las generaciones de sus padres y madres e incluso de los de sus abuelas y abuelos. Esa generación joven incluye gente que, igual que Ávila Chevalier, cuenta con un alto nivel educativo precisamente por los sacrificios de las generaciones anteriores y también participa en el tejido social y político de la ciudad con posturas progresistas como activistas, docentes, artistas y en muchas otras dimensiones. Es la generación que ahora llaman en las redes “plátano progressives”. Por eso coincido con el antropólogo Jonathan De Oleo en que es “una nueva generación [que] comenzó a expresar políticamente su presencia dentro de la diáspora dominicana”. Y a eso se agrega la manera en que ha cambiado el mismo distrito 13 donde la presencia dominicana es menor debido a la gentrificación.

Es fundamental que como sociedad y como individuos aprendamos a no dejarnos manipular con los discursos de odio que nos ciegan ante la realidad. Hacernos de la vista gorda cuando se detiene a bebés recién nacidos o a sus madres y hasta fallecen en una tragedia horrenda y prevenible sigue siendo crueldad e hipocresía aunque también la ignoren otras personas. Usar términos como “haitiana” o “musulmana” como insultos o calificar de “bestias” a otras personas porque seguimos creyendo lo que un grupo pequeño de gente nos ha enseñado por generaciones sigue siendo racista aunque también lo hagan muchas personas más.

El odio no resuelve los problemas. Simplemente los agrava y los pospone.

Esther Hernández-Medina

Doctora en sociología

Es una académica, experta en políticas públicas, activista y artista feminista apasionada por buscar alternativas para garantizar el ejercicio de los derechos de las mujeres y de los grupos marginados de todo tipo en la construcción de políticas públicas y sociedades más inclusivas. Es Doctora en Sociología de la Universidad de Brown, egresada de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y egresada de la Licenciatura en Economía (Summa Cum Laude) y de la Maestría en Género y Desarrollo del INTEC universidad donde también fue seleccionada como parte del Programa de Estudiantes Sobresalientes (PIES). Su interés en poner las instituciones y políticas públicas al servicio de la ciudadanía, la llevó a colaborar en procesos innovadores como el Diálogo Nacional, la II Consulta del Poder Judicial y el Programa de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres (PIOM) en la década de los ’90 y principios de la siguiente década. Años después la llevaría a los Estados Unidos a estudiar la participación ciudadana en políticas urbanas en la República Dominicana, México y Brasil y a continuar investigando la participación de las mujeres y otros grupos excluidos en la economía y la política dominicana y latinoamericana.

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