En los últimos años, pocas películas han logrado satirizar el mundo del arte contemporáneo y de la alta cultura con la precisión quirúrgica de The Menu (2022), dirigida por Mark Mylod y escrita por Seth Reiss y Will Tracy. Presentada como una mezcla entre thriller psicológico, comedia negra y horror satírico, la película utiliza el universo de la alta cocina para construir una poderosa alegoría sobre la relación entre el artista, la crítica, el mercado y el consumo cultural. Aunque su superficie está hecha de platos minimalistas, espumas gastronómicas y rituales culinarios, en realidad se trata de una reflexión amarga sobre la muerte del placer estético cuando el arte queda subordinado al prestigio, al dinero y a la necesidad de legitimación social.
Desde su premisa, The Menu plantea una situación profundamente teatral. Un reducido grupo de comensales viaja hasta Hawthorne, un exclusivo restaurante situado en una isla privada donde el legendario chef Julian Slowik (Ralph Fiennes) ofrecerá un menú irrepetible. Sin embargo, cada plato funciona como un acto dramático que revela la corrupción moral de los invitados y, progresivamente, convierte la cena en una ceremonia de sacrificio.
Lo fascinante es que la película nunca presenta la gastronomía como su verdadero tema. La cocina es únicamente el lenguaje mediante el cual habla del arte en sentido amplio. El restaurante es una galería; los platos son instalaciones efímeras; los clientes representan a coleccionistas, críticos, empresarios, celebridades y consumidores obsesionados con convertir la experiencia estética en un símbolo de estatus.
En este sentido, The Menu pertenece a una larga tradición de sátiras sobre las élites culturales. Como ocurre en las películas de Luis Buñuel —especialmente El discreto encanto de la burguesía (1972)—, los personajes permanecen atrapados dentro de un ritual social absurdo del que parecen incapaces de escapar. La sofisticación termina convirtiéndose en una prisión.
Uno de los mayores logros de Mark Mylod consiste en construir una puesta en escena donde el orden visual comunica tanto como el diálogo. Cada encuadre posee una precisión casi arquitectónica. La cocina funciona como un escenario militar donde cada cocinero ejecuta movimientos perfectamente sincronizados. La simetría recuerda constantemente que nos encontramos dentro de una ceremonia religiosa más que en un restaurante.
Peter Deming, director de fotografía, utiliza una iluminación cálida que convierte cada plato en una naturaleza muerta barroca. Sin embargo, bajo esa belleza existe una tensión permanente. El espacio nunca transmite hospitalidad; transmite control. Los movimientos de cámara son elegantes, pero también calculadamente opresivos, reforzando la sensación de que los personajes han dejado de ser clientes para convertirse en participantes involuntarios de una representación.
La cocina de Slowik no produce alimentos sino significado. Cada plato constituye un manifiesto. Cada servicio es una crítica moral.
En términos narrativos, Ralph Fiennes construye uno de los personajes más memorables del cine reciente. Julian Slowik no es simplemente un asesino ni un chef brillante. Es la representación extrema del artista consumido por su propia obra. Su tragedia consiste en haber olvidado el motivo por el cual comenzó a crear.
Como explica Mark Mylod, el interés de la película nunca fue burlarse de la cocina de autor, sino explorar cómo cualquier forma de creatividad puede corromperse cuando queda atrapada entre la comercialización y la obsesión por la perfección. (Deadline)
Slowik ha perdido completamente el placer de cocinar. Ya no alimenta personas; alimenta expectativas. Sus clientes tampoco desean comer. Quieren consumir prestigio. Lo importante ya no es el sabor sino poder decir que estuvieron allí.
Esta idea conecta directamente con las reflexiones de Pierre Bourdieu (1984), quien explicaba que el gusto funciona también como un mecanismo de diferenciación social. En The Menu, cada personaje intenta demostrar superioridad mediante su conocimiento gastronómico, convirtiendo la experiencia culinaria en una competencia de capital cultural.
Quizá el personaje más revelador sea Tyler (Nicholas Hoult), cuya obsesión por la alta cocina representa al consumidor contemporáneo que confunde conocimiento con sensibilidad. Tyler sabe el nombre de cada ingrediente, reconoce cada técnica culinaria y memoriza los discursos del chef, pero es completamente incapaz de disfrutar la comida.
En una de las escenas más devastadoras de la película, Slowik lo obliga a cocinar frente a todos. El resultado es un desastre absoluto. La secuencia resume una de las críticas centrales del filme: consumir arte no equivale a comprender el proceso creativo.
El conocimiento enciclopédico jamás sustituye la experiencia.
De forma paralela aparecen la crítica gastronómica, el actor fracasado, los empresarios financieros y la pareja millonaria. Cada uno representa una forma distinta de instrumentalizar el arte. La crítica destruye carreras mediante su autoridad; los empresarios convierten la creatividad en rentabilidad; las celebridades utilizan la cultura como capital simbólico; los millonarios consumen experiencias exclusivas únicamente porque pueden pagarlas.
La película distribuye la culpa democráticamente. Nadie resulta inocente dentro del ecosistema cultural.
Sin embargo, existe una excepción: Margot (Anya Taylor-Joy).
Desde el principio queda claro que Margot pertenece a otro universo social. Ella no domina el lenguaje sofisticado de la gastronomía ni pretende hacerlo. Su mirada permanece libre del esnobismo que define al resto de los invitados.
Precisamente por ello se convierte en el único personaje capaz de comprender verdaderamente a Slowik.
Mientras todos los demás interpretan la cena como una obra maestra intelectual, Margot reconoce algo mucho más sencillo: el chef dejó de cocinar con alegría.
El momento culminante de la película llega cuando Margot solicita una hamburguesa con queso.
La escena posee una enorme fuerza simbólica. Frente a la sofisticación extrema del menú degustación, la hamburguesa representa el regreso al origen. No es casualidad que Slowik sonría por primera vez mientras la prepara. Durante unos minutos vuelve a cocinar para alimentar a alguien, no para impresionar a una audiencia.
Como ha señalado el propio Mylod, ese instante recupera la conexión emocional entre el creador y el acto creativo, recordando quién era Slowik antes de convertirse en una marca. (TheWrap)
La hamburguesa funciona como un manifiesto estético.
No importa su simplicidad.
Importa su honestidad.
En ese gesto, The Menu parece formular una pregunta profundamente incómoda para cualquier disciplina artística: ¿en qué momento dejamos de crear por placer para comenzar a producir únicamente reconocimiento?
Desde una perspectiva cinematográfica, la película mantiene un admirable equilibrio tonal. El humor negro nunca reduce la tensión dramática, mientras que el horror jamás destruye la dimensión satírica. Esa mezcla de registros recuerda la tradición británica de la comedia cruel, pero también encuentra ecos en directores como Yorgos Lanthimos y Ruben Östlund, quienes utilizan el absurdo para desnudar las contradicciones de las clases privilegiadas.
La música de Colin Stetson contribuye decisivamente a esta atmósfera. Sus composiciones alternan elegancia y amenaza, haciendo que incluso los momentos aparentemente tranquilos resulten inquietantes. La banda sonora evita el exceso melodramático y opta por una contención que potencia el carácter ritual de cada escena.
Más allá de su brillante construcción formal, The Menu posee una virtud poco frecuente: admite múltiples niveles de lectura. Puede disfrutarse como una película de suspense perfectamente construida, como una sátira sobre la gastronomía molecular o como una reflexión filosófica sobre el arte contemporáneo. Esa riqueza interpretativa explica buena parte de su recepción crítica favorable desde su estreno en 2022. (Wikipedia)
En última instancia, la película parece advertir que el verdadero enemigo del arte no es el mercado, ni siquiera la crítica, sino la pérdida del deseo original de crear. Cuando la experiencia estética se convierte exclusivamente en espectáculo, prestigio o mercancía, tanto artistas como espectadores dejan de encontrarse alrededor de una obra para participar únicamente en una transacción simbólica.
The Menu no condena la excelencia ni la sofisticación. Lo que cuestiona es la obsesión por convertirlas en fines absolutos. La hamburguesa final no derrota a la alta cocina porque sea mejor; la derrota porque recupera aquello que el menú había olvidado: la capacidad de producir placer, cercanía y humanidad.
En ese sentido, la película de Mark Mylod trasciende el género del thriller para convertirse en una de las sátiras más inteligentes del cine contemporáneo sobre la cultura de las élites. Nos recuerda que toda obra de arte nace para establecer una relación con otro ser humano y que, cuando esa relación desaparece, solo queda un elaborado ritual vacío. Es una crítica feroz, divertida y profundamente melancólica sobre un mundo donde la experiencia estética ha sido sustituida por la necesidad de demostrar que sabemos apreciarla.
Referencias
Bourdieu, P. (1984). Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. Harvard University Press.
Buñuel, L. (Director). (1972). Le charme discret de la bourgeoisie [Película]. Greenwich Film Productions.
Mylod, M. (Director). (2022). The Menu [Película]. Searchlight Pictures.
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