Hace unos días vi un reel sobre el mabuya, un pequeño lagarto endémico de La Española. No es dominicano ni haitiano. Es de la isla. Estaba aquí mucho antes de que una línea trazada por los hombres dividiera el territorio en dos países.

De la misma manera, la cigua palmera, nuestro pájaro nacional vive tanto en República Dominicana como en Haití. La hemos convertido en símbolo nacional, pero ella desconoce semejante distinción. Lo mismo ocurre con otras especies propias de la isla, algunas tan singulares como el solenodonte, superviviente de una historia natural que se remonta a millones de años.

Estas imágenes me hicieron pensar que podemos construir una frontera política; no podemos construir una frontera ecológica.

Podemos exigir documentos a los seres humanos, construir verjas y multiplicar los controles; todavía no hemos encontrado la manera de pedirle un pasaporte al Aedes aegypti antes de dejarlo cruzar.

República Dominicana y Haití son dos Estados soberanos, con historias, lenguas, culturas y trayectorias políticas diferentes. La frontera existe y cada Estado tiene el derecho y la obligación de administrarla. En República Dominicana, donde la cuestión migratoria ocupa hoy un lugar central en el debate público, los controles se multiplican, las deportaciones se intensifican y la verja fronteriza pretende hacer más visible y efectiva una separación que durante mucho tiempo fue extraordinariamente porosa.

Pero mientras reforzamos esa frontera, hay otra realidad que se impone con fuerza.

Los ríos no presentan documentos. Los acuíferos subterráneos tampoco. Las aves sobrevuelan la verja, los mosquitos ignoran los puestos de control y los huracanes jamás han preguntado de qué lado de la frontera se encuentran. Las montañas, los bosques, las cuencas hidrográficas y numerosas especies animales y vegetales pertenecen a un sistema ecológico que no coincide con nuestras divisiones políticas.

Esta evidencia ya no es una curiosidad geográfica porque mientras la cuestión migratoria se ha convertido en una urgencia nacional, el tiempo ecológico también apremia.

La degradación de los suelos, la disponibilidad de agua, la deforestación, las sequías cada vez más prolongadas, las lluvias extremas, los incendios forestales, la pérdida de biodiversidad y el aumento de las temperaturas no son problemas que puedan encerrarse detrás de un muro. Tampoco lo son ciertas enfermedades transmitidas por vectores. Lo que ocurre en una parte de una cuenca termina repercutiendo, tarde o temprano, sobre el conjunto. Las dos urgencias, la migratoria y la ecológica,  no transcurren por caminos completamente separados.

La pobreza, la escasez de agua, la pérdida de cosechas, la degradación de los territorios y los fenómenos climáticos extremos empujan a las poblaciones a desplazarse y pueden agravar las migraciones. Una frontera más controlada puede modificar los movimientos humanos; no puede eliminar sus causas.

Ahí reside una de las paradojas de nuestra relación con Haití. Podemos decidir quién entra y quién sale. Podemos exigir documentos, levantar muros, desplegar soldados y establecer controles. Lo que no podemos hacer es dejar de compartir una isla.

Esto no significa negar las profundas diferencias entre ambos países, ni mucho menos sostener que la existencia de un ecosistema común invalida las fronteras nacionales. Se trata de reconocer que la soberanía, indispensable en el orden político, encuentra sus límites frente a determinados fenómenos naturales.

Quizás hemos pensado demasiado la frontera como el lugar que nos separa y no suficientemente como el espacio donde se manifiesta nuestra interdependencia.

Porque proteger las cuencas, preservar los bosques, vigilar las enfermedades, prepararnos frente a huracanes, inundaciones y sequías o anticipar los efectos del cambio climático exige necesariamente mirar más allá de la línea fronteriza. Nuestra interdependencia es un hecho geográfico.

En el debate actual, casi toda nuestra atención está concentrada en cómo contener una presión migratoria que preocupa legítimamente a la sociedad dominicana. Pero existe otra pregunta que merece la misma mirada de largo plazo:

Mientras endurecemos una frontera para responder a la urgencia migratoria, ¿qué estamos haciendo frente a la otra urgencia que compartimos inevitablemente?

El pequeño mabuya continuará desplazándose por el territorio que le corresponde como lo hacia mucho antes de que existieran República Dominicana y Haití.

Nosotros podemos seguir levantando y reforzando la frontera política. Pero, de este lado y del otro, tendremos que aprender a cuidar un territorio que la naturaleza nunca dividió.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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