En el apartamento contiguo al mío, hace unos días se mudó una familia de clase media muy trabajadora; me consta. Como soy del equipo administrador del residencial, pues tuvimos que indicar algunos asuntos de convivencia y orientar sobre lo más preciado que es la paz y el agua. La chica es madre de tres, uno de ellos llora que se acabó en sus seis meses de vida.
El niño me queda justo arriba, en un segundo piso. Mientras yo escribo, mientras reviso cuentas que no cuadran, mientras contesto mensajes que a nadie importan, ese llanto sale por su ventana y llega a la mía como un cuasi trueno que presagia tormenta.
A quien no se le ha presentado la oportunidad de cuidar un hijo, seguro que le causa molestias. A mí no. Me detengo a escucharlo como quien escucha llover. Podría ponerme un audífono, escuchar música y así se acabaría la perturbación.
Caramba, me produce una cosa que es como si el gritico me trajera recuerdos vividos con mi hijo e hijas, que tenía que correr a darles atención a cualquier hora del día o de la noche cuando me tocaba.
También me trae el recuerdo de mi madre. Pienso en las veces que me contó que yo lloraba toda la noche y ella me cargaba sin dormir. Pienso en las mujeres que conozco que han perdido hijos y que ahora escuchan el llanto de otros niños con una mezcla de dolor y ternura que no sabría nombrar.
El bebé de arriba me ayuda a revivir mi pasado y actualiza mi presente. Y eso me basta para pasar un buen rato.
He leído que hay quienes se quejan de los niños que lloran en los aviones, en los restaurantes, en los residenciales como el mío. Dicen que es molestia. Dicen que los padres deberían callarlos. No comparto esa queja, de verdad, aunque da para entender. Yo ahora prefiero entender (leído y grabado en mi memoria) que el llanto de un niño no es ruido: que es lengua. Que es la única manera que tienen de decir "tengo hambre", "tengo frío", "me duele algo que no sé nombrar", "no me dejen a solas".
¿Rompe la paz con su llanto? Pues no. Gracias al estudio de médicos que dicen algo así como que dejar llorar a un bebé no lo enseña a calmarse, sino a resignarse. Y eso me remite a algo que oí o leí por ahí: que el silencio no es paz: es indefensión aprendida. Eso me queda dando tantas vueltas que marea.
Mientras tanto, en otras partes del mundo, los bebés también lloran. Lloran en Gaza, lloran en Sudán, lloran en los hospitales de Haití donde no hay medicinas, lloran en los campos de refugiados donde el frío se mete por las carpas. Y muchos de esos llantos se apagan. No porque alguien los consuele, sino porque la guerra, la enfermedad o el bloqueo los silencian para siempre, como ocurre en Cuba gracias a sus vecinos genocidas y vende patrias, ¡malditos mil veces!
El filósofo Emmanuel Levinas escribió que el rostro del otro es siempre una llamada a la responsabilidad. Yo escucho ese llanto y siento que es un rostro invisible que me sacude. Me recuerda que no debo acostumbrarme. Que no debo normalizar la indiferencia. Que cada vez que un niño llora y nadie responde, algo se rompe en la humanidad enterita.
Hoy, mientras trabajo, el bebé de arriba llora de nuevo. Y yo abro bien los oídos con audición disminuida. Porque ese grito tenue es también un recordatorio: la vida insiste, la vida reclama, la vida sigue latiendo aquí, entrando por mi ventana.
Compartir esta nota