Nadie protegió a los cristeros una vez que depusieron las armas. Una supuesta amnistía precedió el extermino, la persecución y el exterminio. Terminó la guerra y de una vez empezaron los federales a matar generales y coroneles y a todo el que fuera mínimamente sospechoso de haber sido miembro de la milicia cristera.
Dice Rulfo que «Era raro que no viéramos colgado de los pies a alguno de los nuestros en cualquier palo de algún camino. Allí duraban hasta que se hacían viejos y se arriescaban como pellejos sin curtir». (1)
Se produjo además un éxodo de cristeros hacia California:
«De mi pueblo de San Gabriel salieron unos seiscientos hombres para la Cristiada, casi todos los que tenían edad de pelear. Regresaron para quedarse solamente unos cien. Los otros habían muerto durante los tres años de la guerra, o se escondieron en Guadalajara y Los Ángeles. Después de los arreglos fue cuando Los Ángeles se llenó de mexicanos; la gente se agrupaba por pueblo, tal calle pura gente de San Gabriel, la calle siguiente, pura gente de Etzatlán. Fue un sálvese quien pueda, una dispersión general. Muchas rancherías quedaron despobladas y varios pueblos se convirtieron en pueblos fantasma. Mi pueblo nunca se repuso. Y es que no tardó en empezar la cacería contra los antiguos cristeros. Eran muy buenos para correr y esconderse». (2)
«Otros cristeros —dice Rulfo—, para sobrevivir, se remontaron en el viejo cráter del Nevado [de Colima] a vivir en cuevas y grutas, como trogloditas. Eran cazadores. Con sus 30-30 mataban animales que venían a comer sal y a beber “agua de leoncillo” [agua de nieve derretida]; era un ganado remontado, cimarrón.
Hacían cecina y bajaban a Zapotlán [Ciudad Guzmán] a venderla junto con las pieles. Les decían los “salitreros”. Entre el Nevado y el Volcán hay un enorme arenal, sin agua, y una barranca muy estrecha, a la que le dicen la “barranca del muerto”; es un pasaje natural que deja pasar apenas un hombre. Los cazadores cuidaban ese paso para venadear a los animales». (3)
En fin, que todo estaba peor que antes y, para agravar la situación, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas el Congreso modificó el artículo 3 de la constitución, incluyó un párrafo poco menos que hereje y disociador:
«La educación será socialista y además de excluir toda doctrina religiosa combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y de la vida social».
La palabra socialista, en aquel ambiente caldeado, provocó un terremoto académico y social.
Sucedió entonces lo que tenía que suceder. Se produjo un nuevo alzamiento, una nueva cristiada, que se prolongó desde 1934 a 1941 y fue mucho menos masiva e intensa, aunque más larga. En algunos lugares se limitó a levantamientos guerrilleros esporádicos y nunca tuvo un gran apoyo de la iglesia. De hecho, los cristeros consideraban que había traicionado la causa. En su mejor momento, 1935, la segunda cristiada congregó a unos ocho mil combatientes que fueron mermando paulatinamente, hasta finalmente desaparecer.
En un cierto sentido, esta segunda edición de la cristiada fue más fanática e intolerante. El odio se volcó contra los maestros, sobre todo maestros rurales que se negaron a abandonar sus escuelas y sus pueblos. Algunos fueron víctimas de las peores crueldades, de un brutal ensañamiento. Unos trescientos maestros fueron asesinados, linchados en algunos casos, incluso torturados, algunos fueron quemados vivos, a muchos se les cortaron las orejas, algunas maestras fueron violadas, muertas, ultrajadas… Sólo en un país donde el catolicismo haba adquirido un tinte tan fundamentalista y fanático podía producirse algo semejante.
Esa es la otra cara de la misma moneda, la otra cara de la misma gente, de esos personajes y situaciones siempre al límite, de esas sombras sonámbulas a las que Juan Rulfo dio voz con tan inusual intensidad en una obra que parece y que es siempre un interminable monólogo, un solo río, un mar de voces en permanente monólogo, permanente ebullición. Una voz poética, melancólica, derrotada, apagada, la voz un poco quebradiza y melancólica de los personajes de Rulfo, el tono coloquial, la oralidad desesperanzada, la sugestiva omnipresencia de la muerte. Esa voz que es un enjambre de murmullos, de quejidos difuntos. La voz de esos miserables de los que nadie quiere hablar y nadie quiere oír. La de mayor raigambre telúrica, sin duda. La más honda, la más profunda voz de Mexico.
Hacía cosa de ocho meses que estábamos escondidos en el escondrijo del Cañón del Tozín, allí donde el río Armería se encajona durante muchas horas para dejarse caer sobre la costa. Esperábamos dejar pasar los años para luego volver al mundo, cuando ya nadie se acordara de nosotros. Habíamos comenzado a criar gallinas y de vez en cuando subíamos a la sierra en busca de venados. Eramos cinco, casi cuatro, porque a uno de los Joseses se le había gangrenado una pierna por el balazo que le dieron abajito de la nalga, allá, cuando nos balacearon por detrás.
Estábamos allí, empezando a sentir que ya no servíamos para nada. Y de no saber que nos colgarían a todos, hubiéramos ido a pacificarnos
Pero en eso apareció un tal Armancio Alcalá, que era el que le hacía los recados y las cartas a Pedro Zamora.
Fue de mantildeanita, mientras nos ocupábamos en destazar una vaca, cuando oímos el pitido del cuerno. Venía de muy lejos, por el rumbo del Llano. Pasado un rato volvió a oírse. Era como el bramido de un toro: primero agudo, luego ronco, luego otra vez agudo. El eco lo alargaba más y más y lo traía aquí cerca, hasta que el ronroneo del río lo apagaba.
Y ya estaba para salir el sol, cuando el tal Alcalá se dejó ver asomándose por entre los sabinos. Traía terciadas dos carrilleras con cartuchos del “44” y en las ancas de su caballo venía atravesado un montón de rifles como si fuera una maleta
Se apeó del macho. Nos repartió las carabinas y volvió a hacer la maleta con las que le sobraban.
—Si no tienen nada urgente que hacer de hoy a mañana, pónganse listos para salir a San Buenaventura. Allí los está aguardando Pedro Zamora. En mientras, yo voy un poquito más abajo a buscar a los Zanates. Luego volveré.
Al día siguiente volvió, ya de atardecida. Y sí, con él venían los Zanates. Se les veía la cara prieta entre el pardear de la tarde. También venían otros tres que no conocíamos.
—En el camino conseguiremos caballos —nos dijo. Y lo seguimos.
Desde mucho antes de llegar a San Buenaventura nos dimos cuenta de que los ranchos estaban ardiendo. De las trojes de la hacienda se alzaba más alta la llamarada, como si estuviera quemándose un charco de aguarrás. Las chispas volaban y se hacían rosca en la oscuridad del cielo formando grandes nubes alumbradas. Seguimos caminando de frente, encandilados por la luminaria de San Buenaventura, como si algo nos dijera que nuestro trabajo era estar allí, para acabar con lo que quedara.
Pero no habíamos alcanzado a llegar cuando encontramos a los primeros de a caballo que venían al trote, con la soga morreada en la cabeza de la silla y tirando, unos, de hombres pialados que, en ratos, todavía caminaban sobre sus manos, y otros, de hombres a los que ya se les habían caído las manos y traían descolgada la cabeza.
Los miramos pasar. Más atrás venían Pedro Zamora y mucha gente a caballo. Mucha más gente que nunca. Nos dio gusto.
Daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los tiempos buenos. Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver.
Nota:
(1)Juan Rulfo habla de la cristiada | Letras Libres, Por Jean Meyer Fuente: Letras Libres (https://share.google/
(2)ibid
(3)ibid
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