En la primera parte de esta serie analizamos cómo la apreciación de los bonos puede operar como una ilusión financiera: una ganancia inmediata para algunos, pero un costo silencioso para muchos otros. En esta segunda entrega abordamos el otro filo de la navaja: la depreciación de los bonos, un fenómeno que suele interpretarse automáticamente como una mala noticia, pero que en realidad encierra implicaciones más profundas, sistémicas y, en ocasiones, invisibles.
La caída del precio de un bono no es un simple ajuste técnico. Es un mensaje económico: una señal que condensa percepciones de riesgo, cambios en expectativas y juicios colectivos sobre el futuro. Y como todo mensaje financiero relevante, tiene múltiples destinatarios: inversionistas, bancos, fondos de pensiones, gobiernos y, de forma indirecta, millones de ciudadanos que dependen de la estabilidad de esos instrumentos sin ser plenamente conscientes de ello.
Cuando en el mercado se cree que su emisor está sujeto a un mayor riesgo, por ejemplo la depreciación de un bono, surgen varias interrogantes, una de ella puede ser: ¿qué tan probable es que el emisor falle en pagar cupones o principal, o que termine reestructurando?
Fundamentalmente, la caída del precio representa una señal clara de desconfianza. Los bonos reaccionan cuando una nación entra en agitación política. Si la deuda pública aumenta más rápido que la capacidad de pago, provoca que los bonos respondan, y si se pierde la credibilidad o coherencia del banco central, los bonos reaccionan.
El precio de un bono, fundamentalmente, es un "barómetro de confianza", que cuantifica no solo el riesgo financiero actual sino la credibilidad general del emisor, incluyendo su capacidad de pago, estabilidad política, la calidad de sus instituciones y la consistencia de su política económica. Así que cuando un bono cae, lo que baja no es solo un activo en pantalla; lo que se deteriora es la percepción del futuro, y con ello, la estabilidad del sistema que depende de esa confianza.
Cuando un bono se deprecia, las pérdidas aparecen inmediatamente en las carteras de quienes ya poseen uno. Sin embargo, los efectos son desiguales. Los más frágiles son el caso de los inversores institucionales porque no están para especular, sino para actuar como fiduciarios. Este mecanismo está lejos de ser neutral: transforma una señal de mercado en presión real sobre las finanzas públicas.
Cuando ese emisor tiene que refinanciar vencimientos, la depreciación del bono empuja a pagar tasas más altas, lo que a su vez eleva los costos de servicio de la deuda y disminuye el espacio presupuestario para inversión social, infraestructura o subsidios.
A partir de ese momento, la caída del precio no es tanto una función del riesgo como un impulsor del mismo. Y el verdadero problema allí es que las pérdidas visibles son una mera formalidad. El riesgo invisible es el paso silencioso e indirecto del choque a través del resto del sistema financiero.
Y es que cuando los bonos caen, no es solo una caída de precio. En realidad las garantías se reconfiguran, los balances se deterioran, las condiciones de crédito se endurecen y se activa una maquinaria automática que puede acelerar una crisis sin que la persona común lo note a tiempo.
Los fondos de pensiones, aseguradoras y bancos no pueden "huir" como un especulador. Estos existen para proteger la inversión estable y cumplir con sus obligaciones futuras. Así que cuando el valor de los bonos cae, la base de activos de la que dependen las pensiones, pólizas y depósitos se erosiona. Frecuentemente, tales instituciones se ven obligadas a reorientar carteras, disminuir la exposición al riesgo y ser más líquidas, lo que significa vender activos en tiempos difíciles y que a su vez puede agravar la caída del mercado en general.
Para los bancos, la depreciación de los bonos podría reflejarse directamente en su solvencia. Si una gran parte de su cartera está apalancada pública o corporativamente, una caída dramática reduce los valores de sus activos y presiona sus métricas de capital. Para que no tengamos dudas solo pensemos en el Silicon Valley Bank (SVB) – Estados Unidos, marzo 2023, acumuló una enorme cartera de bonos del Tesoro y MBS de largo plazo durante 2020–2021, cuando las tasas estaban en mínimos. Cuando la Reserva Federal subió las tasas agresivamente en 2022–2023, el valor de esos bonos cayó drásticamente, generando pérdidas no realizadas muy grandes y erosionando su capital económico, ya que al vender los instrumentos para disponer de liquidez se generaron pérdidas.
Cuando esto ocurre la reacción predeterminada no es "tomar más riesgos" sino lo contrario: endurecer el crédito, elevar tasas, controlar condiciones y salvaguardar la liquidez. El resultado final es que la economía real, léase las empresas y hogares que conforman un sistema económico, paga el precio de una caída que comenzó en el mercado de deuda.
Cuando un bono pierde valor el futuro es más caro, el crédito se contrae y la estabilidad disminuye. La relación precio-rendimiento es estrecha y dura. Cuando el precio de un bono cae, su rendimiento sube. Con esto se le presenta un grave problema, ya que le resultará más costoso obtener nueva deuda.
El impacto se extiende rápidamente a nivel fiscal y social: tasas de interés más altas, tensión del gasto público, recortes a programas sociales, aumento de impuestos y menos inversión pública en infraestructura y servicios. Como tal, lo que podría decirse que es una variación técnica en el mercado secundario en realidad afecta la vida cotidiana de las personas en esta sociedad, incluso aquellas que nunca podrían ser compradores de bonos o mirar una pantalla financiera.
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