Los “therian” como reflejo de una época donde la búsqueda de identidad desafía las estructuras que sostienen la vida en común.
Las sociedades no sobreviven solo por producir riqueza. Sobreviven porque comparten un marco común de sentido. Cada época ha tenido sus grandes luchas, y esas luchas, aunque dolorosas, otorgaban dirección.
El siglo XX estuvo marcado por confrontaciones existenciales: las guerras mundiales, el enfrentamiento ideológico entre capitalismo y comunismo, la tensión permanente de la Guerra Fría. El mundo estaba dividido, sí, pero sabía por qué estaba dividido. Había narrativas claras, proyectos colectivos y enemigos definidos.
La historia muestra que las civilizaciones se estructuran en torno a amenazas y desafíos. El Imperio romano se cohesionó mientras expandía fronteras; cuando dejó de expandirse, comenzó a fragmentarse internamente. La Europa posterior a la Reforma protestante encontró cohesión en medio del conflicto religioso. Incluso los grandes Estados modernos se consolidaron a través de guerras y disputas externas.
Cuando la presión externa disminuye, la energía social no desaparece; se transforma.
El filósofo Friedrich Nietzsche habló del “nihilismo” como consecuencia de la caída de los grandes relatos que daban sentido a la vida. Más tarde, Francis Fukuyama planteó que el “fin de la historia” podía traer no solo estabilidad, sino también una lucha por el reconocimiento.
Hoy no vivimos una ausencia total de conflictos, pero sí una mutación. Las grandes disputas ideológicas del siglo pasado han cedido espacio a conflictos sobre nuestra propia identidad. Ya no discutimos tanto cómo organizar la economía mundial; discutimos cómo redefinir al individuo.
En ese terreno emergen fenómenos que, más que anomalías aisladas, son síntomas de una época. La identidad se convierte en el nuevo campo de batalla. Y cuando la identidad se vuelve el núcleo de la política, el debate deja de girar en torno a proyectos colectivos y comienza a girar en torno a percepciones individuales.
Aquí surge una tensión delicada: el respeto a la diversidad frente a la estabilidad del orden común.
Respetar la dignidad humana es incuestionable. Pero cuando toda autopercepción aspira a convertirse en categoría normativa, el marco social empieza a ponerse tenso. La ciencia opera con evidencia; la ética regula el trato; la política organiza la convivencia. Confundir estos planos puede convertir la compasión en dogma o la racionalidad en frialdad excluyente.
La pregunta no es si debemos respetar. Eso es obvio. La pregunta es hasta dónde puede expandirse la redefinición individual sin destronar los patrones compartidos que hacen posible la vida en común.
La historia nos ha enseñado que ninguna civilización se sostiene solo sobre el deseo. Se sostiene sobre límites. Roma cayó no cuando dejó de tolerar diversidad, sino cuando perdió cohesión interna y claridad de propósito. Las sociedades que diluyen completamente sus marcos normativos no se vuelven más libres; se vuelven más frágiles.
Las redes amplifican la fragmentación, crean comunidades de validación instantánea y reducen el punto crítico que antes imponían las instituciones tradicionales. Lo excepcional puede adquirir apariencia de normalidad estadística. Y en ausencia de grandes desafíos colectivos, la energía humana busca de manera interna sus respuestas.
Cuando se acaba la pelea externa, comienza la pelea interna.
No estamos ante un quid quo pro o un simple debate cultural, estamos ante una pregunta sobre la civilización:
¿Puede una sociedad expandir indefinidamente el margen de redefinición individual sin comprometer su coherencia estructural?
El equilibrio es incómodo. Pero sin orden no hay libertad.
Y sin libertad el orden se convierte en prisión.
Porque cuando una civilización se cansa de evolucionar, el péndulo regresa. Y cuando regresa sin cohesión, sin propósito y sin un marco común, no volvemos al inicio del progreso… volvemos al origen de la dispersión: a un estado primario, fragmentado y elemental, como si la complejidad que tardamos siglos en construir se disolviera otra vez en su forma más elemental, regresando al origen de la vida, cuando todo era apenas el despertar disperso de millones de microbios, sin orden, sin dirección y sin un propósito compartido.
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