Cuando los resultados educativos son insatisfactorios, el debate publico suele buscar un culpable. En la Republica Dominicana, ese culpable case siempre termina siendo el docente. Sin embargo, esa explicación es incompleta, por tanto, impide resolver el verdadero problema. La calidad de la educación depende de la gobernanza del sistema, de las políticas públicas, del liderazgo institucional, de las condiciones sociales y/o familiares y del trabajo de los propios centros educativos. Responsabilizar únicamente al docente es tan injusto como ineficaz.
Cada vez que se publican los resultados de las Pruebas Nacionales o de las Pruebas PISA, el debate público sigue un patrón predecible. Se comparan los puntajes, se concluye que el desempeño es insuficiente y casi de inmediato, las criticas recaen sobre quienes están frente al aula. El Docente aparece como el principal responsable del fracaso educativo, mientras otros factores apenas reciben atención.
Esta narrativa resulta cómoda porque simplifica un problema extraordinariamente complejo. Es más fácil señalar a un actor visible, que analizar el funcionamiento del sistema en su conjunto. Sin embargo, los sistemas educativos con mejores resultados del mundo muestran una realidad distinta: el aprendizaje de los estudiantes es consecuencia de múltiples factores que interactúan entre sí.
El primero es la gobernanza educativa, cuando una misma institución concentra las funciones de diseñar políticas, ejecutarlas, supervisarlas, evaluarlas y al mismo tiempo, juzgar sus propios resultados, se reduce los mecanismos de control, aprendizaje institucional y mejora continua. Los sistemas educativos más solidos distribuyen esa responsabilidad entre distintas instancias para fortalecer la transparencia y la rendición de cuentas.
También influye la estabilidad de las políticas públicas, los centros educativos necesitan continuidad, prioridades claras y coherencia institucional. Sin embargo, con frecuencia reciben programas, iniciativas y requerimientos que se superponer al calendario escolar, todo esto compite entre si y consumen tiempo que debería destinarse al aprendizaje. En ocasiones, lo urgente desplaza a lo importante y las prioridades nacionales terminan fragmentando la gestión escolar.
A ellos se suman los factores sociales que ningún docente puede controlar por si solo. El nivel educativo de las familias, las condiciones económicas de los hogares, la nutrición o la falta de ella, la seguridad del entorno, el acceso a recursos tecnológicos y las oportunidades culturales influyen significativamente en el desempeño académico. Pretender que un docente compense todas las desigualdades únicamente con su esfuerzo desconoce la realidad en la que trabajan los miles de centros educativos públicos del país.
Ahora bien, hay que reconocer que los docentes no son los únicos responsables de los resultados educativos, eso no significa eximirlo de su obligaciones y responsabilidades, porque las tienen, como también tienen los directores, los técnicos, las familias, las autoridades educativas y la sociedad en su conjunto. La diferencia es que la responsabilidad debe analizarse de manera proporcional y compartida. Un sistema no mejora porque un solo actor haga mejor su papel, mejora cuando todos los componentes funcionan de manera articulada. La sociedad espera profesionales preparados, comprometidos, éticos y en permanente actualización. La calidad de la enseñanza, la planificación de las clases, la evaluación de los aprendizajes y el acompañamiento a los estudiantes forman parte de su responsabilidad profesional. Sin embargo, también es legítimo exigir que esa responsabilidad vaya acompañada de condiciones institucionales que permitan ejercer la docencia con calidad. La excelencia docente y la buena gobernanza no son alternativas; son condiciones complementarias para lograr mejores aprendizajes.
Existe además un fenómeno porco discutido, cuando los resultados son positivos, suelen atribuirse a las políticas implementadas en la sede central, pero cuando son negativos, la responsabilidad se desplaza hacia los centros educativos y particularmente hacia los docentes. Esa lógica rompe el principio de corresponsabilidad que debería orientar cualquier política pública.
La sociedad civil y los medios de comunicación también tienen un papel importante, es legítimo exigir mejores resultados, pero el debate gana calidad cuando evita explicaciones simplistas y examina las causas estructurales. Culpar exclusivamente al docente puede genera titulares llamativos, pero difícilmente conducirá a la transformación que el país necesita.
La pregunta no es quien debe cargar con toda la responsabilidad, sino como construir un sistema donde cada actor asuma la parte que le corresponde. Ese cambio de enfoque conduce inevitablemente al tema de la gobernanza educativa y la capacidad del estado para organizar responsabilidades, coordinar instituciones, asegurar la continuidad de las políticas y crear las condiciones necesarias para que lo centros puedan cumplir su misión.
Porque cuando un país insiste en buscar un único culpable, normalmente deja intactas las causas que originan el verdadero problema y mientras la discusión siga centrada en señalar personas en lugar de transformar el sistema. Repito, La transformación educativa no llegará señalando a un solo actor, sino construyendo un sistema donde el Estado, los centros educativos, los docentes, las familias y la sociedad compartan responsabilidades y rindan cuentas por igual. Solo entonces dejaremos de administrar los mismos problemas y comenzaremos a construir soluciones duraderas.
Compartir esta nota