Hace poco, los antiguos ajuares del tradicional correo de la hidalga se desplazaron. Un vetusto transporte de mudanza y acarreos se los llevó. Por casi un siglo estuvieron en el edificio de corte neoclásico y sobrio que se construyó en el mismo ombligo de la ciudad, una reminiscencia de principios del siglo pasado. Por sus espacios, buzones y estafetas que les dieron vida, volaron sueños e infaustas noticias, expresados en cartas y telegramas. Con esta mutación ejecutada en un santiamén —cual entierro de pobre— se extinguió una época.
Al ser testigo de excepción de este adiós, la nostalgia me invadió. Evoqué mi niñez, adolescencia y temprana adultez. Parte de nuestra vida. Visitarle era como entrar en un mágico y solemne templo. Con frecuencia lo hacía, al igual que muchos de ustedes. No olvidaré jamás el fascinante ritual que esto entrañaba: al mandar cartas, los sellos que había que comprar antes; la saliva que le hurtaba a la lengua para pegarlos en la parte superior del sobre. Luego, la alegría de fiesta que nos causaba al depositarla en el resquicio del buzón.
Más tarde, era otro momento de éxtasis el que experimentaba. Le precedía la expectativa de: ¿si habría llegado la paloma mensajera enviada?, ¿la reacción que ella generaría en su destinatario?, ¿cuándo recibiría la contesta?, ¿si el cartero la entregaría en mi casa o tendría que ir a procurarle en el correo? Esto último pasó muchas veces. Allí gestionaba su recepción. Nos embrujaba cuando la recibía, al comprobar nuestro nombre como destinatario. A seguidas, presuroso, solía abrirla y con avidez leerla.
En nuestro imaginario estará siempre esta edificación: el correo. Era el sutil atajo para atravesar desde la intersección de las calles Del Sol a la San Luis, o viceversa. Lo visitaba usualmente, pues era el mensajero de la tienda de mis viejos, situada próxima. También, por las amistades que forjamos de diferentes latitudes del orbe a través de estos intercambios epistolares. Además, este local era el destino por excelencia que otros escogían para eludir las indiscretas miradas, al entrar sigilosamente en el Apolo, vecino teatro de acceso restringido por su habitual cartelera.
El correo, igualmente, nos remonta inexorablemente a los personajes de su entorno, que formaban parte de su folclor: al legendario Ñico, el paletero, con sesenta y un años en el lugar, a quien le prometí una copia de este artículo; a Moisés, el chinero y vendedor de mabí; a Euclides, el vendedor de long plays; a Javier, quien pintaba camisetas con motivos del país; y a los mellizos, canjeadores de divisas, que te acosaban con fajos de dólares en la cara, entre otros.
Este espacio era el ecosistema no solo de los que lo visitábamos por esos motivos, sino por otros: para recibir los chelitos en divisas por medio de money orders, mandar telegramas en el telégrafo que estaba en su segundo nivel, o los aficionados a la filatelia. Aquí, en fin, convergían pobres y ricos.
Más aún, no puedo darle un delete a este lugar de mi disco duro emocional, ya que era aquí donde solía ir para enviar o recoger las cartas de mi amada, mi novia, luego esposa, que duraba temporadas por los "países". Hoy ella confiesa que estas epístolas impregnadas de colores, olores, amores y poesía fueron parte del aliciente que incidió en su retorno definitivo al terruño y sellaron nuestra relación de más de cuatro décadas.
Para entonces, no reparábamos en saber: ¿cuándo se había construido esta mole grande? Mucho menos conocíamos que allí estuvo antes la sede de la prestigiosa sociedad cultural Amantes de la Luz. ¿Quiénes la habían diseñado y construido? Sería mucho después cuando supimos que este es uno de los iconos arquitectónicos de Santiago de los Caballeros y el país. Que se edificó en 1928. Que el arquitecto boricua Fidel Sevillano tuvo a su cargo su diseño. Que el catalán Mariano Turull Riera la construyó. Que, por el decreto número 172-91, integra el centro histórico de la ciudad. Que el amigo e ilustre munícipe, Dr. Ramón Ant. Veras (Negro), trabajaba allí como matasellos temporero para los diciembres de comienzos de la década del 60.
No hace tanto supimos que la mudanza del correo de este lugar dará paso a otro destino: que aquí funcionará el Museo Historia y Tradiciones de Santiago Alejandro E. Grullón E.
Ojalá que dentro de este promisorio nuevo espacio cultural de la "Ciudad Corazón" se destine alguna área siquiera para evocar este correo, rescatar sus historias, esta imborrable estampa de este pueblo que la modernidad del internet desplazó.
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