Existe una vieja costumbre, casi un ritual: cuando alguien cumple una larga condena, ha estado privado de libertad por treinta años, y finalmente sale para intentar reconstruir su vida, creemos que todavía nos debe algo. No sabemos qué, pero "algo": más vergüenza, humillación. Un poco más de sangre simbólica para calmar un hambre que nunca se sacia.
Y aquí está la verdad que nadie quiere admitir: el grupo que exige un castigo adicional a quien ya pagó su deuda con la sociedad, lo que opera no es moralidad. Es miedo. Es trauma. Es morbo. Es proyección. Es la necesidad desesperada de un villano que sostenga la identidad del grupo para que este pueda sentirse "bueno".
En muchas comunidades, la cohesión no se construye alrededor de valores, sino de enemigos. Cuando ese enemigo sale de prisión, se quedan sin su punto de unión. Entonces lo reciclan. Lo mantienen vivo, lo convierten en un personaje necesario para sostener la narrativa colectiva. No es justicia. Es dependencia emocional.
Cada día vemos personas con una moral tan elevada que termina convertida en espectáculo.
La indignación moral se ha vuelto entretenimiento. Un reality show comunitario donde la gente vigila, comenta, exige, señala. No para proteger a nadie, sino para sentirse superior.
La psicología lo explica con precisión:
- Proyección. No quiero ver mis sombras, así que las coloco en ti. No quiero enfrentar mis culpas, así que te las atribuyo. No quiero admitir mis impulsos, así que te convierto en mi espejo roto.
- El placer oscuro de castigar: Hay algo que nadie quiere decir en voz alta: castigar produce placer. La ciencia lo ha demostrado. La dopamina no miente.
Por eso algunos disfrutan:
- recordarle su crimen
- vigilarlo
- humillarlo
- deshumanizarlo
Esto no es justicia. Es adicción.
El monstruo que evita que miremos hacia adentro
Aceptar que alguien puede rehabilitarse obliga al grupo a enfrentar una verdad aterradora: cualquiera de nosotros, bajo ciertas condiciones, puede quebrarse.
En la República Dominicana, los resentimientos se heredan como si fueran parcelas. Los conflictos se eternizan. La culpa se recicla. El perdón se usa como arma, no como proceso. Por eso la idea de "cumplió su condena" no encaja. No sabemos soltar.
Cuando se insiste en castigar a quien ya cumplió años de prisión, lo que está operando es:
- miedo
- trauma no procesado
- morbo
- proyección
- necesidad de un villano
- fragilidad emocional colectiva
El individuo ya cumplió. El grupo, no.
El insistir en recordar, en desenterrar los porqués, es clavarle una segunda condena y empujarlo, otra vez, fuera de la sociedad que la justicia ya le devolvió.
Con este escrito no justifico el hecho de que algo lleve a alguien a cometer un acto delictivo; solo recordar que para juzgar están ¡la justicia y Dios!
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