El capitalismo puro, en su máxima explotación, no existe desde hace un siglo. El movimiento obrero que inició a fines del siglo XIX y la Gran Depresión de 1929 forzaron un cambio significativo.

El capital dejó de ser rey absoluto y tuvo que aceptar mejores condiciones para los obreros y un Estado más interventor y redistributivo. De ahí surgió el llamado Estado de Bienestar en los países del capitalismo desarrollado, sistema que se mantuvo vigente desde la década de 1940 a la de 1970, reduciendo la desigualdad.

Ante la inflación y la crisis fiscal en los años de 1970, el capitalismo se reinventó otra vez. Surgió la globalización neoliberal en los años de 1980, rubricada en el llamado Consenso de Washington.

Esta nueva modalidad del capitalismo promovió el flujo de capital hacia las economías de bajos salarios en busca de menores costos de producción, lo que trajo un declive del sindicalismo y la pérdida de muchos empleos industriales en las grandes economías capitalistas.

China fue la gran beneficiaria de la globalización neoliberal. Con una inmensa población en necesidad de trabajo y un régimen autoritario para disciplinar, el gran capital productor se movió hacia allá (también a México, el Caribe y países del sudeste asiático).

La globalización neoliberal inundó el mundo de mercancías a relativo bajo precio, sobre todo, a la economía de Estados Unidos que dejó de producir para consumir, y consumir barato.

La caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, unido al creciente capitalismo de Estado en China, sedimentaron el triunfo del capitalismo como sistema económico en el siglo XX, y motivó un inmenso fluyo migratorio de los países más pobres a los más ricos.

Los cambios tecnológicos y la mecanización también contribuyeron al declive de la antigua clase obrera industrial, y, con la desindustrialización, se amplió la economía de servicios. La posibilidad de consumir ayudó a encubrir la precarización del trabajo.

Esos cambios, unidos a una estrategia del capital de reducir impuestos a las corporaciones y a los más ricos, han generado una inmensa desigualdad en el corazón mismo del capitalismo. Es lo que el economista Peter Atwater ha llamado la economía en forma de K, donde los ricos tienen cada vez más en relación con los demás.

La inflación pospandémica fue la gota que derramó la copa. Se ha generalizado un descontento con el alto costo de la vida, ante el cual, el capitalismo parece no tener respuestas actualmente, más allá del populismo nacionalista que encarna la ultraderecha en contra de los derechos democráticos.

En síntesis: la globalización neoliberal aumentó las expectativas de consumo, la inflación limita el consumo, los ricos no quieren pagar más impuestos y los gobiernos toman prestado o imprimen moneda (que genera más inflación) para sustentar el consumo.

El proteccionismo arancelario y la reubicación de factorías a las economías desarrolladas es una respuesta económica que promueve ahora Estados Unidos, pero aumenta los costos y los precios.

El capitalismo está atascado y necesita reinventarse. El tiempo dirá si lo hace de manera relativamente pacífica o violenta.

Rosario Espinal

Socióloga

Autora de los libros “Autoritarismo y Democracia en la Política Dominicana” y “Democracia Epiléptica en la Sociedad del Clic”, y de numerosos artículos sobre política dominicana publicados en revistas académicas en América Latina, Estados Unidos y Europa. Doctora en sociología y profesora en Temple University en Filadelfia, donde también ha sido directora del Departamento de Sociología y del Centro de Estudios Latinoamericanos.

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